Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 10 BON VOYAGE
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10 BON VOYAGE

«Volver al origen no es retroceder,

sino ir hacia adelante».

Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.

H abían tomado un coche para dirigirse al apartamento de Andrew. Un Uber, en esta ocasión. El conductor era un hombre caucásico que rozaba los cincuenta años: callado, serio y respetuoso. «Nada que ver con Michael», pensó Nadia.

—Bueno, Andrew, ¿me vas a contar ya lo de España? —le preguntó al profesor con curiosidad.

—Claro, claro, Nadia. Perdona, estaba pensando en mis cosas…

—respondió mirándola, haciéndole un gesto para evitar que se sintiera incómoda por la espera—.

Mis padres son originarios del sur de España.

A mi padre lo trasladaron por trabajo a Estados Unidos.

Poco a poco fue convirtiéndose en una pieza fundamental de la empresa, así que le mejoraron las condiciones y decidieron quedarse a vivir en este continente .

El profesor hizo una pausa, mientras su vista se perdía en el horizonte a través de la ventanilla del vehículo. Tras un breve instante, continuó hablando.

—Aunque me he criado aquí, pasé los veranos con mis abuelos en un pueblito al sur de España, hasta que primero murió mi abuelo y, finalmente, mi abuela, cuando yo tenía veintinueve años.

Después de aquello, la casa se vendió y no volví a España.

Recuerdo esos tiempos con mucho cariño. Aquellos veranos me lo pasaba en grande en casa de mis abuelos. Los echo tanto de menos…

Hizo una pausa más larga, era evidente que rememorar tiempos pasados le provocaba profunda nostalgia.

—Entre otras cosas, conocí a mi mejor amigo, que lo siguió siendo desde mi infancia.

Cuando tuve problemas, siempre estuvo ahí para echarme una mano.

Siempre que lo necesitaba podía contar con él.

Aunque he de decir que, en estos últimos años, hemos mantenido el contacto mucho menos de lo que me habría gustado.

—Ah —respondió Nadia, sin dejar de prestarle atención—. ¿Entonces vamos a España a visitar a tu amigo? No parece el mejor momento, ¿no crees?

—Sí, bueno, mi amigo no es lo que definiría a una persona del montón. Digamos que es el tipo de persona que te gustaría tener cerca si te encuentras con problemas serios. Y, si no me equivoco, ese es justo el tipo de problemas que tenemos tú y yo, ¿no?

—Visto así, me daré por convencida. Además, siempre me ha llamado la idea de conocer España. ¿Qué mejor momento que cuando hemos dado esquinazo a una persona como Vartan? —añadió con cierta ironía—. ¿Cómo se llama tu amigo?

—Francis… ¡Franc! Se llama Franc —respondió con una leve carcajada.

Se apearon del coche con un alto nivel de angustia y congoja, como viajeros que llegan tarde a coger un avión. Sin embargo, ellos no iban a coger un avión, al menos no en ese momento.

Andrew no atinaba a abrir la puerta de su bloque. Nadia, por su parte, vigilaba los alrededores por si veía a alguno de los matones de Vartan. Parecían un par de ladrones patosos a los que se les resistía la cerradura.

—¿Te cuesta meterla, Andrew? —bromeó Nadia.

—Muy graciosa. Cambiaron la maldita cerradura hace poco y todavía no he… —Un clic indicó que la cerradura había cedido al fin, y entraron apresuradamente en el edificio.

Una vez en el apartamento, el silencio parecía más pesado que de costumbre.

Andrew dejó las llaves sobre la mesa y, casi de inmediato, sacó su teléfono.

Entró en el apartado de contactos, encontró el número de Franc y, con cierto temor, pulsó para llamar.

Hacía mucho tiempo que había perdido contacto con su amigo. Demasiado.

Más de mil veces había pensado en escribirle, en preguntarle qué tal se encontraba, pero su trabajo y, por qué no decirlo, su vida había dejado pasar los días.

Los días se convirtieron en meses, y estos dieron paso a los años.

Estaba seguro de que Franc le guardaría algo de rencor, pero, por otro lado, su amigo tampoco había hecho grandes esfuerzos por mantener el contacto. Ese fue el que terminó de darle valor.

Marcó el número. Esperó. Nada. Volvió a intentarlo, con idéntico resultado. Así durante varios intentos, sin respuesta. Decidió entonces mandar un mensaje. Ni siquiera apareció el tic de confirmación.

Miró a Nadia con una expresión de auténtica desilusión.

—Le he llamado y escrito varias veces —dijo, impotente—. Nada, es como si se lo hubiera tragado la tierra.

La doctora se dejó caer en el sofá, cruzando las piernas con parsimonia y con un sentimiento de inevitable derrota.

—¿Y estás seguro de que te contestaría?

Reflexionó por un instante. Incluso su yo más profundo desconocía la respuesta. Levantó los hombros con resignación.

—Era mi idea, pero no sé ni dónde está ni cómo encontrarlo. Y la verdad es que se me están acabando las opciones. —Se pasó una mano por el pelo.

El reloj de la pared dejaba claro que el día avanzaba. Andrew caminaba de un lado a otro como un león enjaulado y, en más de una ocasión, el nombre de Vartan se le cruzó por la cabeza como una sombra tentadora. Nadia, observándolo con calma, dejó caer una sugerencia.

—Pues tendremos que ponernos en marcha, ¿no?

Él se detuvo, parpadeando, confundido, nervioso y asustado.

—¿A qué te refieres?

—Al pueblo de tu infancia —respondió con una media sonrisa—. Quizá sea un buen momento para regresar…

El profesor captó el mensaje y, tras asentir nervioso, agarró de nuevo el móvil.

Por una milésima de segundo dudó, pero un pensamiento despreocupado y feliz le atravesó la mente como un rayo.

Con dedos ágiles buscó vuelos hacia España.

Sus ojos se iluminaron un instante cuando encontró dos plazas disponibles esa misma noche rumbo a Madrid.

Introdujo los datos con rapidez, hasta llegar al pago…

Se detuvo y miró la tarjeta dorada que descansaba sobre la mesa: aquella visa que el rector Davis le había dado a Nadia «para gastos esenciales».

Con un resoplido, la tomó y empezó a teclear los números.

Pero, antes de confirmar, una mano femenina y firme le arrebató el teléfono.

Nadia arqueó las cejas con fingida gravedad.

—¿Turista? ¿De verdad crees que vuelo en turista?

No le dio tiempo a protestar. En cuestión de segundos, Nadia había cambiado la selección y confirmaba dos asientos en clase business.

—¡Ahí está! —exclamó satisfecha, dejándole el teléfono sobre el pecho con un movimiento rápido y casi afectuoso.

Andrew no tuvo otra opción que llevarse las manos al pecho para sostenerlo; de otro modo, habría caído al suelo. Se quedó estupefacto al mirar la pantalla, donde parpadeaba el mensaje de compra confirmada. Tenía la expresión de alguien que acaba de firmar su sentencia de muerte.

—Genial… —murmuró con un tono entre resignado y cómico—. Cuando el rector vea el extracto de la tarjeta, va a pensar que nos hemos ido de crucero por el mar Mediterráneo.

La doctora soltó una carcajada breve y elegante. Lo que había comenzado como una vida que no era la suya se estaba convirtiendo en un gran pasatiempo.

Andrew, preocupado y bastante inquieto, pero incapaz de evitar una sonrisa torcida, se desplomó en el sofá a su lado. «Lo que daría porque Franc contestara a uno de mis malditos mensajes», pensó.

El teléfono, como si le escuchara, vibró sobre la mesa. Andrew se lanzó hacia él, esperanzado, solo para descubrir que era un correo no deseado ofreciendo préstamos rápidos.

—Perfecto —dijo con sarcasmo—. Justo lo que necesitaba: un banco que me presta dinero en veinte minutos.

Nadia no pudo evitar reír otra vez, mientras este se dejaba caer de nuevo contra el respaldo.

—España, entonces —dijo ella, como quien anuncia un plan inevitable.

Andrew suspiró, con mezcla de alivio y preocupación.

—España… —repitió, saboreando la palabra como si le devolviera un poco de aire.

Se pusieron en marcha. Él organizó su equipaje de mano: productos de aseo personal y una muda para unos pocos días. Consideró que sería más fácil comprar lo que necesitara durante el viaje.

—¿Listo? —le inquirió Nadia.

—Eh, sí… Estoy listo. ¡Vámonos!

Podría decirse que, en aquel preciso momento, comenzó el viaje de Andrew y Nadia.

El curioso par de aventureros se dirigió sin demora a coger un avión con destino a España.

Aquel enigmático país constituía la primera parada en la larga y peligrosa aventura hacia la localización de la misteriosa maravilla del mundo antiguo.

Un periplo en el que el peligro acechaba desde los rincones más oscuros de la mente y del corazón.

***

16 de mayo de 2027 a las 20:15 horas.

Aeropuerto Intercontinrental, Houston. Texas.

Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.

Tardaron cierto tiempo en llegar al aeropuerto. El Uber los dejó en la zona de salidas y, como disponían de tiempo, decidieron tomar algo en una cafetería cercana a la puerta de embarque.

Andrew se quedó mirando el billete de avión: de Houston a Paris-Charles de Gaulle. Air France, leyó por último, calculando que, para llegar a España, tendrían por delante unas quince horas de viaje. Sería agotador, pero algo lo impulsaba a seguir hacia delante.

Tras unos momentos, alzó la mirada y vio a Nadia en una tienda de ropa para mujer. No solo la vio: la observó.

Vestida con una camiseta de manga corta verde, unos ajustados pantalones vaqueros y botas de tacón, sus largas y fibrosas piernas se estilizaban aún más.

De repente, se inclinó y su trasero se marcó de un modo que a Andrew le sorprendió.

Durante un breve lapso de tiempo, fantaseó con lo que sería poder verla inclinada delante de él.

Le bajaría suavemente los pantalones para ver asomar su ropa interior.

«Sigue soñando» se recriminó.

Nadia lo llamó, sacándolo de un plumazo de sus ensoñaciones.

Le costó unos segundos reaccionar, pero para cuando volvió en sí, su cerebro captó la imagen de la experta con una chaqueta en cada mano.