9 TENALTA, EL MONARCA #3
—¡Eh, no digas tonterías, chaval! Para eso están los amigos. Tú asegúrate de que me pagas un buen desayuno. ¡Camarera! —llamó aquel granuja con la mejor de sus sonrisas por bandera.
Si algún don poseía Juanillo, ese era, sin duda, un carisma y una agilidad mental infalibles.
Su rapidez le permitía anticiparse y colocarse en las situaciones más ventajosas, en los momentos más oportunos.
Una vez ahí, sabía cómo moverse para sacar ventaja frente a los demás.
Para lograrlo, no dudaba en recurrir a las diferentes estratagemas que considerase convenientes.
Los dos amigos apenas habían pegado el ojo, pero brindaron con un buen zumo de naranja que les ayudó a recuperar las tan necesarias fuerzas.
** *
10 de mayo de 2027 a las 12:45 horas.
Lugar desconocido.
Mujer desconocida.
Llevaba varios días encerrada en aquella habitación.
De casi siete metros cuadrados y forma rectangular, la cama, por llamarla de alguna forma, estaba situada en el lado de la habitación más largo.
A la izquierda del camastro, un desvencijado mueble de madera servía de mesilla de noche.
Sobre él, una pequeña lámpara le ayudaba a mantener la calma cuando la oscuridad se volvía demasiado densa.
Había también un armario de aglomerado que simulaba madera de veta clara.
Le faltaba la puerta derecha y su interior había servido en múltiples ocasiones de nido inmundo para diferentes insectos.
Las paredes presentaban numerosos desconchones por la humedad y se apreciaba a simple vista que no habían recibido una mano de pintura en décadas.
El suelo, de azulejo anaranjado, presentaba un aspecto deplorable.
Varias piezas estaban rotas y dejaban ver el irregular cemento que se ocultaba debajo.
El color original, que en otro tiempo había irradiado calidez, se presentaba ahora desgastado, apagado y manchado.
Todo en aquella habitación contribuía a mantener un ambiente tétrico, sucio y lúgubre.
La luz entraba por un pequeño agujero entre los periódicos antiguos que cubrían una ventana vieja y de reducidas dimensiones. Para colmo, uno de los cristales presentaba un amplio orificio y el aire frío de la noche se filtraba por él, dificultándole enormemente entrar en calor.
Entre las muchas instrucciones que había recibido a lo largo de su estancia, había una referente a aquellos periódicos.
—Que no se te pase por la cabeza quitarlos de la ventana —le había dictado aquella voz sin rostro que la inquietaba.
No obstante, sus captores la habían tratado con gran respeto y educación.
Cada día le proporcionaban tres comidas de calidad aceptable, acompañadas de un botellín de agua.
La habitación tenía lavabo y retrete, aunque fue capaz de apreciar la existencia previa de dos paredes en un ángulo de noventa grados.
Era evidente que las habían derribado para dejar toda la estancia diáfana, convirtiéndola en algo muy parecido a una celda.
Aquella mañana se encontraba algo mejor, tanto física como mentalmente. Había llorado de forma desconsolada bastantes días seguidos, pero desde la víspera había logrado controlar el llanto y su negatividad.
«Si hubiesen querido matarme, ya lo habrían hecho». Ese pensamiento le dio fuerzas y le permitió continuar.
Se encontraba mirando a través del pequeño agujero en el periódico, preguntándose por qué alguien querría hacerla pasar por aquel mal trago, cuando escuchó el sonido férreo de la llave al girar.
En varias ocasiones había intentado entablar conversación con aquel tipo que le daba las instrucciones, pero cada vez que coincidía con él en la habitación, este enmudecía como una tumba.
Siguió al pie de la letra las pautas del invisible contrato que había acordado con su captor.
Tomó rápidamente el antifaz, se sentó en la cama con la espalda apoyada en la pared y se lo colocó en los ojos.
Aquella vez, sin embargo, quien no cumplió el acuerdo fue la otra parte. La voz comenzó a hablar:
—Hoy va a ser diferente. Quítate el antifaz —dijo con un tono más frío de lo habitual.
La mujer comenzó a temblar. Como todo ser humano, era un animal de costumbres.
De un modo casi incomprensible, había empezado a acostumbrarse a aquella situación, pero la imposibilidad de prever lo que ocurriría la aterraba.
Aun así, acató la orden sin rechistar. En esa ocasión, era el hombre quién llevaba un pasamontañas que le cubría el rostro .
—¿Por qué me hace esto? —preguntó de pronto, sorprendida al oír su propia voz. Las palabras salieron de su boca sin su consentimiento, pero con una inesperada valentía, como si gozasen de vida propia.
—¡Soy yo quien hace las preguntas! Ahora haz lo que yo te diga.
El hombre, que tenía una tablet encendida, se sentó a su lado. Era un tipo bastante corpulento y pesado; tanto que, al sentarse, los muelles del catre chirriaron con un sonido estridente, como si el peso de aquella mole les causara dolor.
—Vas a recibir una video llamada…
El sentimiento de incertidumbre que invadió a la desdichada mujer fue más desgarrador que mil agujas candentes sobre la piel.