Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 9 TENALTA, EL MONARCA #2
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9 TENALTA, EL MONARCA #2

Franc se movía con la misma soltura en barrios marginales, donde los delitos de sangre, drogas y robos eran el pan de cada día, que en reservados de lujo donde se cerraban negocios turbios disfrazados de acuerdos financieros.

Era versátil, inteligente, pero de paciencia corta según en qué situaciones.

Una mezcla que lo convertía en un hombre imprevisible.

Y, aunque el dinero llegaba a su bolsillo, la verdad es que no peleaba ni por los billetes ni por expandir los negocios de su jefe.

Franc peleaba porque lo necesitaba, porque disfrutaba cada segundo y porque había nacido para ello.

En cuanto a Juan Molina Palacios, se había convertido en un pilar fundamental en la vida de El monarca.

***

20 de mayo de 2027 a las 00:05 horas.

Playa d’en Bossa, discoteca Eclipse, Ibiza. España.

Franc Tenalta.

Ibiza, una isla española con grandes oportunidades para la lujuria y la perdición. Bajo su cielo azul y sus aguas cristalinas ardía una vida que nunca dormía. Era un lugar donde los días se desvanecían entre playas secretas y las noches se consumían al ritmo de la música, el lujo y el exceso.

Entre murallas antiguas y callejones adoquinados, el pasado susurraba historias de conquistadores y piratas, pero en el presente la isla pertenecía a otros señores: magnates, artistas, buscavidas y almas perdidas que se dejaban arrastrar por la tentación.

Y, en medio de esa tentación, un nombre se mantenía en lo más alto: Víctor Fonte.

Víctor Fonte, un madrileño afincado en la isla y conocedor de las aptitudes de Franc, quiso tenerlo cerca. Gracias a unas condiciones laborales bastante suculentas y un secreto profesional adquirido bajo estrictas condiciones, Franc comenzó a trabajar para él. Aquello lo llevó a afincarse en Ibiza.

En Eclipse, como solía llamarse, la música retumbaba en las paredes como un corazón desbocado.

El aire estaba cargado de perfume caro y sudor de cuerpos apretados.

En la pista, luces de neón cruzaban como relámpagos y, en los reservados, hombres trajeados brindaban con botellas de champán que costaban lo mismo que un coche viejo.

Franc Tenalta vigilaba la entrada lateral.

Brazos cruzados, torso musculado y un traje negro ajustado que marcaba cada fibra de sus músculos.

Su mirada se deslizaba sobre la multitud con la calma de un depredador que no necesitaba moverse para ser temido.

Un toque en el hombro lo sacó de sus pensamientos.

Era Marco, jefe de seguridad de la discoteca: italiano, nacido en Nápoles, de casi cuarenta y grande como un oso.

A Franc le hacía gracia su forma de hablar porque, aunque dominaba muy bien el español, tenía un fuerte acento italiano y acostumbraba a introducir vocablos de su lengua materna.

—¡Eh, bambino! Il boss quiere verte en su despacho.

—¿Te ha dicho lo que quiere?

—¡Nah! Ya sabes, este no habla cuando no quiere, pero cuando nos invita a sus fiestas no calla, il stronzo —bromeó Marco, gesticulando con las manos.

—Ya te digo, hay veces que no calla, el cabrón —rio Tenalta a su vez—. Bueno, tío, voy a ver qué quiere el jefazo.

Atravesó el pasillo que llevaba a la planta superior, donde el ruido de la música quedaba amortiguado. Al llegar, dos hombres corpulentos, vestidos con traje oscuro, lo miraron de arriba abajo antes de abrir la puerta.

—¿Qué pasa, señores? —saludó.

—¿Qué pasa, Franc? Pasa, el viejo te espera. Mucha suerte… —bromeó uno de ellos mientras le abrían la puerta.

El despacho de Víctor era un contraste absoluto con el caos de la pista: alfombra persa, muebles de caoba, una colección de relojes de lujo en vitrinas y un ventanal que ofrecía vistas al Mediterráneo, iluminado por las luces lejanas de los barcos.

Detrás del escritorio estaba Víctor Fonte: un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el cabello rapado casi al cero para disimular los mechones plateados y un bronceado que hablaba más de yates que de playas públicas.

Usuario de escorts de lujo y drogas de gran pureza, vestía un traje azul marino de lana virgen italiana super 180 's, mezclada con un leve toque de seda y de corte impecable.

La chaqueta, entallada, se ajustaba como un guante y realzaba sus hombros.

En su muñeca izquierda llevaba un reloj que no solo marcaba la hora, sino también el estatus.

Fabricado en oro rosa de 18 quilates, tenía la esfera en gris antracita y un cristal de zafiro antirreflejos.

La correa, de piel de aligátor negra, dejaba claro que aquel hombre no era un simple encargado.

Fumaba un puro habano como quien respira oxígeno.

En Ibiza, todos sabían quién era. Dueño de más de una veintena de propiedades, entre ellas locales nocturnos como el Eclipse, Víctor tenía un gran peso en contratos municipales bajo la mesa y, según se murmuraba, lazos tanto en el ayuntamiento como en los bajos fondos.

Nadie jodía a Víctor Fonte sin arriesgarse a quemarse.

—Francisco —dijo el jefe, incorporándose apenas de la silla con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—, pasa, siéntate.

Nadie, salvo su madre, le llamaba Francisco. Aquella forma de pronunciarlo no le hizo ninguna gracia, pero obedeció en silencio, clavando la mirada en el hombre que, en cierto modo, le daba de comer. Víctor apagó el puro en un cenicero de cristal y se inclinó hacia delante.

—Te jode, ¿eh? Se te nota en la expresión. En fin, escucha, tengo un asunto delicado entre manos. Se trata de un acuerdo importante, de esos que no se firman en mesas de juntas, sino en lugares donde los verdaderos hombres se prueban.

Franc no respondió, esperando que fuera al grano.

—Quiero que pelees por mí —dijo Víctor bajando la voz, propiciando una atmósfera misteriosa—. Una pelea clandestina. No hay árbitros, no hay asaltos, no hay reglas. Uno contra uno hasta que uno no pueda más… o no vuelva a levantarse.

Franc no movió un solo músculo, pero sus ojos brillaron con un destello de interés. Víctor lo notó.

—El motivo es sencillo —continuó—: existe un terreno en la costa que vale millones.

Un terreno en el que podría construir un recinto comercial que me generaría una buena suma, dándome una posición ventajosa frente a otros cabrones que andan en el negocio…

El dinero no es problema y su titularidad real está sujeta a papeleo interminable, pero su control, eso se gana de otra forma.

—Víctor se tomó su tiempo y, tras una profunda calada, continuó con la propuesta—.

Se da la problemática de que un maldito holandés anda detrás del terreno, y eso no es bueno.

Después de una interminable y tediosa reunión el jueves pasado, mi orgullo y su vanidad llegaron al acuerdo que te he planteado .

Franc apoyó los codos sobre las rodillas.

—¿Y por qué yo?

Víctor sonrió, afilado como una navaja.

—Porque, aunque estás lesionado como un coyote atrapado, todavía tienes el potencial de un luchador profesional.

—Franc apretó la mandíbula ante el comentario, sin disimular el malestar—.

Y lo mejor: no estás atado a las restricciones de uno.

Ningún contrato, ningún reglamento, ningún organismo que te ponga límites.

—No me gusta cómo ha sonado lo del coyote, Víctor.

—¡Es un cumplido, joder, nada más! —respondió, levantando las manos en un ademán para quitarle importancia—. Un coyote atrapado es más peligroso. En fin, la velada será el 26 de este mismo mes, en Bilbao. ¿Cuento contigo?

—¿Por qué en Bilbao?

—El cabrón tendrá una fiesta privada en el Guggenheim o alguna mierda así, no le presté mucha atención. ¿Y qué más da?

Franc miraba a Víctor con cierta desconfianza.

—¿El 26? Eso es la semana que viene. No me jodas, apenas me has dejado tiempo para prepararme. Entiendo que yo sacaré algo de todo esto…

—Por supuesto, amigo. Entonces, ¿tenemos un trato?

Ambos brindaron por una futura victoria. Lo único que quedaba por hacer era ganar.

Con apenas unas pocas horas en el cuerpo, decidió desayunar en la terraza de Le Petit Café, un pequeño establecimiento en la isla, decorado al estilo de una cafetería tradicional francesa, al que le había cogido el gusto poco después de llegar a Ibiza.

Se estaba tomando unas tostadas de jamón serrano, acompañadas de tomate casero con ajo sobre pan de centeno recién horneado, cuando pudo apreciar de soslayo a una persona que conocía demasiado bien.

El Juanillo entró en escena con unas gafas de sol que ocultaban unos ojos inyectados en sangre y cargados de fiesta, unos ojos que habían dormido aún menos que los de su amigo Tenalta.

—¿Debo felicitarte por la próxima velada? —preguntó el Juanillo mientras le robaba un pedazo de tostada a su Don Quijote personal.

Franc le dedicó la mejor de sus sonrisas y le invitó a sentarse.

—Pues no lo sé… Me parece que he dicho que sí demasiado rápido. Tengo el hombro hecho trizas…

—Has sido siempre demasiado agorero, amigo. Agorero y un puto llorón —bromeó—. Escucha atentamente, chaval: el hombro aguantará la pelea y tú ganarás la pelea de Fonte. Fonte ganará estatus y yo ganaré su confianza. Todos saldremos ganando — rio, victorioso.

—Bueno, bueno, que todavía tengo que pelear y vencer. De todos modos, escucha, te agradezco que hayas estado siempre apoyándome, compañero. No he tenido mucha suerte últimamente, ya sabes, con mi trayectoria, lo de mi padre… —se sinceraba cuando Juanillo lo interrumpió.