9 TENALTA, EL MONARCA
«No es la especie más fuerte la que sobrevive,
ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio».
Playa d’en Bossa, discoteca Eclipse, Ibiza. España.
Franc Tenalta.
F rancisco «Franc» Tenalta había nacido en Málaga hacía treinta y cinco años. Creció a las afueras, en un pueblito de la sierra llamado Montejara. Allí los vecinos se conocían de memoria los gritos de cada madre llamando a sus hijos para cenar.
Su padre argentino le inculcó una disciplina férrea desde pequeño. Hacer la cama recta como en un cuartel, levantarse temprano incluso en verano o respetar estrictos horarios fueron algunos de los aspectos fundamentales que forjaron, en parte, su personalidad.
De igual modo, de su madre heredó el carácter cálido y la preocupación por aquellos que depositaban en él su confianza.
A pesar de todo, aquella tierna infancia, junto con una juventud marcada por el mundo de la noche, hizo de Franc una persona perspicaz y astuta, con una personalidad forjada sobre firmes principios.
De niño, destacaba por ser el que más rápido corría en las carreras improvisadas por las calles del pueblo, pero también el que más problemas atraía.
Estos surgieron a raíz de haber metido al hijo del alcalde en un contenedor.
Lo cierto es que aquel dichoso crío tenía como pasatiempo ser el abusón personal de Juanillo, mientras que daba imagen de santurrón frente a su ingenuo padre.
Eso fue así hasta que los valores de Franc lo obligaron a defender al débil.
Así comenzó la gran amistad entre Franc Tenalta y su inseparable amigo Juanillo.
Por otro, la reputación de Franc se vio perjudicada y comenzó a ser visto como un niño travieso y falto de educación.
Por suerte, nada de aquello le importó, y aquel niño de mirada vivaz que se inventaba retos imposibles siempre fue querido por quienes se tomaron el tiempo de conocerlo de verdad.
Una calurosa tarde de junio de 1998 tuvo lugar un suceso que causó un gran revuelo entre todos los niños de Montejara, entre ellos Tenalta.
Un niño llegaba desde los lejanos Estados Unidos para pasar el verano en casa de sus abuelos.
Ni el mismísimo Bill Clinton habría tenido un recibimiento tan caluroso.
Tanto fue así que, cuando el abuelo del niño abrió la puerta para que bajara de aquel destartalado coche, el chaval tardó casi diez minutos en salir.
Al contrario que los chiquillos de su edad, el americano no gozaba de una facilidad innata para relacionarse.
El americano, como le conocían en Montejara, era demasiado tímido y le resultó todo un reto abrirse a los demás.
Durante toda la primera quincena, lo más lejos que llegó fue al jardín de la casa de don Antonio y doña Elvira, sus abuelos.
Doña Elvira no tardó en presionar, aunque fuera con sutileza, a su nieto para que se hiciera amigo del hijo de los vecinos.
«Francisquín», lo llamaban cariñosamente, no era precisamente el modelo a seguir entre los niños de su edad, pero la abuela de Andrew tenía la impresión de que su nieto era, en palabras de la difunta señora, demasiado «paradito».
A medida que avanzaban las semanas, doña Elvira pensó que un poco de Francisquín a la mezcla espabilaría a su nieto.
Lo cierto es que nunca tuvo claro si Francisquín consiguió malearlo lo suficiente, pero gracias a la buena voluntad de su abuela, Andrew tuvo un amigo durante todos los veranos que pasó en España.
Franc, por su parte, se dejó influir por el buen hacer de Andrew y, juntos, acabarían desentrañando uno de los mayores misterios del mundo antiguo.
Se podría decir que, muchos años después de su propia muerte, la decisión de aquella adorable anciana permitiría a su ya adulto nieto recurrir a Franc en el momento más difícil de su existencia, cuando su propia vida corría peligro y no quedaba nadie a quien recurrir.
Un día, Francisquín se empeñó en enseñarle lo «mejor» del pueblo: una gran higuera que crecía al borde de un terraplén y cuya copa se inclinaba peligrosamente sobre el cauce seco del río. Según él, aquel árbol era el trampolín secreto de todos los chavales de la zona.
Cuando los dos chiquillos se arrimaron a las inmediaciones del árbol, Franc, en un alarde por ser un buen anfitrión, le dijo a Andrew con una sonrisa que transmitía de todo menos confianza:
—¡Andrés, va a ser increíble! Desde aquí saltamos todos —añadió con una sonrisa pícara—. Si no saltas, no pertenecerás a este pueblo.
Andrew, que no entendía ni una palabra de «saltar desde una higuera», lo siguió porque algo en su interior le invitaba a confiar en aquel chico.
Si bien es cierto que le costó sudor y lágrimas que no lo llamase Andrés.
Tras dedicarle una mirada de indiferencia, Franc trepó ágil hasta una de las ramas gruesas, balanceó las piernas y se lanzó al aire con un grito que resonó por todo el cauce.
Por un segundo pareció que iba a estrellarse contra las piedras, pero cayó sobre el único charco de agua que quedaba en el río, salpicando barro y hojas por todas partes .
Cuando llegó el turno de Andrew, subió torpemente, dudó y resbaló. Por puro instinto, Franc corrió y lo empujó en el último segundo en la dirección correcta. El americano acabó igual de embarrado, pero ileso.
Ambos salieron del agua riéndose a carcajadas, aunque esa misma noche sus padres los castigaron a limpiar las zapatillas y a no volver a acercarse a la higuera durante semanas.
Aquel salto fue la primera prueba de amistad: peligrosa, absurda, pero inolvidable.
Andrew sabía hablar español desde pequeño.
Aunque con su padrastro se comunicase en inglés, el español era el idioma que utilizaba con su madre en la intimidad del hogar.
Sin embargo, Franc y el resto de los niños siempre le enseñaban expresiones coloquiales, frases hechas del día a día que se utilizaban en la calle y que les brindaban múltiples oportunidades para reírse de él cuando no las usaba bien.
Verano tras verano y anécdota tras anécdota, Andrew forjó una gran amistad con chavales del pueblo como Juan, a quien conocían como el Juanillo, o Enrique. Sin embargo, la amistad con Franc fue templándose como el acero: nadie podía doblarla y mucho menos romperla.
Pocos años después, Franc comenzó a destacar por su disciplina en el combate y el ejercicio físico.
La combinación de estas actividades, junto con una genética portentosa, hizo que alcanzara cotas que para muchos eran simples sueños.
Comenzó practicando karate, hasta el punto de que se convirtió en el eje central de su vida.
Mientras iba a la escuela, hacía los deberes, limpiaba su cuarto o realizaba cualquier otra actividad, él solo pensaba en entrenar.
Con el tiempo, mucho esfuerzo, lágrimas e incluso sangre, ganó campeonatos en diferentes disciplinas como el kickboxing, boxeo o jiu-jitsu brasileño.
Su estilo de lucha evolucionó hacia una mezcla de boxeo callejero y lucha reglada que, poco a poco, lo catapultó hasta las ligas de las artes marciales mixtas, donde el talento se mezclaba con la brutalidad.
Con veintinueve años, estuvo a punto de firmar un contrato que, con toda seguridad, le habría supuesto una gran oportunidad para demostrar su talento.
Una promotora de cierto calado en artes marciales mixtas había puesto sus ojos en él.
Sin embargo, el destino se encargó de quebrarlo en un segundo.
Durante un combate de preparación sufrió una lesión SLAP en el hombro derecho, con inestabilidad crónica.
En términos sencillos: se rompió gravemente el anillo cartilaginoso que rodeaba la cavidad donde se articula el húmero.
Los médicos fueron claros: debía pasar por quirófano.
La operación se prolongó durante varias horas, seguida de un lento y doloroso proceso de rehabilitación. Más de un año de fisioterapia, ejercicios repetitivos y sesiones que parecían eternas para recuperar la movilidad.
Los especialistas no fueron optimistas: el hombro no volvería a ser el mismo.
Siempre existiría el riesgo de luxación y el dolor sería su compañero de por vida, aunque eso no le importaba. Estaba hecho para sufrir dolor siempre que aquel fuese producido por un golpe.
La promotora, con fría lógica empresarial, rescindió el contrato y sus sueños se derrumbaron en un instante.
Franc se vio de nuevo caminando a ras de suelo, sin pareja, sin futuro y con la certeza de que la cima se había convertido en un espejismo.
Por si fuera poco, con el paso del tiempo se perdió la comunicación con su amigo Andrew Summons.
Quizá la culpa fue suya o quizá de su fiel compañero de la niñez, pero sus caminos se mantuvieron separados durante años.
Sintió un dolor más profundo que mil peleas juntas, por no haber contado con el apoyo de Andrew en aquel pasaje oscuro de su vida. Incluso llegó a plantearse mudarse a Estados Unidos de haber contado con ese respaldo, pero nunca se llegó a dar el caso .
Por suerte, siempre tuvo a su amigo Juan, quien se mantuvo a su lado cuando todo era oscuridad y no había más luces a su alrededor.
Juan Molina Palacios, alias el Juanillo, era el amigo de la infancia de Franc y compañero de innumerables fechorías.
Aquel diablo se ganaba la vida trabajando en el mundo de la noche y disfrutando de la vida entre los brazos de un gran número de mujeres y en las redes de un número aún mayor de drogas.
Cuando Franc Tenalta buscaba un trabajo bien remunerado, no dudó recomendarlo a Víctor Fonte, un «empresario» con negocios de todo tipo repartidos por gran parte de España.
—Ganarás buenas sumas de dinero —le había asegurado.
El hombre que había vivido para pelear se convirtió en personal de seguridad del pub Eclipse, en playa d’en Bossa, Ibiza.
Su físico imponente, sus reflejos y su aura de peligro lo convirtieron en el guardián perfecto para locales frecuentados por turistas ricos, políticos con vicios caros y magnates que no querían testigos incómodos.