Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 8 UNA DECISIÓN DIFÍCIL
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8 UNA DECISIÓN DIFÍCIL

«Conocemos el verdadero carácter de un hombre

cuando toma una decisión que lo enfrenta a todo lo demás».

Pub frente al Hotel Meridian Aster.

Nadia Al-Hassan y Andrew Summons.

S e había terminado el quinto café hacía ya tanto rato que el camarero la miraba con cara de pocos amigos.

Estaba pensando que, si no había novedades, no le quedaría más remedio que levantarse y pedir otra consumición.

En ese preciso instante vio al profesor Summons salir de aquel descomunal edificio.

Quiso salir corriendo del bar y dirigirse hacia él, pero prefirió tantear la situación y esperar al momento idóneo.

Por fin vio cómo los escoltas se daban la vuelta y entraban en el hotel.

Por fin podía salir del local y hacerle señas para que se acercase.

Andrew se acercó a Nadia con paso decidido, aunque sus andares eran nerviosos, casi paranoicos. Miraba hacia atrás una y otra vez, hacia la puerta del hotel.

—No se imagina lo mucho que me alegra verla —dijo en cuanto la tuvo enfrente, con una mezcla de alivio y sorpresa—. ¿Cómo es que está aquí? —preguntó, incrédulo.

Nadia sostuvo su mirada, seria, aunque en sus labios temblaba una leve sonrisa.

—No fui capaz de dejarle colgado. Volví al apartamento, pero por suerte para usted no tardé ni cinco minutos.

Cuando mi taxi llegó a las inmediaciones, le vi escoltado por dos gorilas.

¿Se puede saber quién era esa gente? No tienen aspecto de ser el tipo de personas con las que se relacionaría alguien como usted.

—Por suerte, hasta ahora no me he codeado con esta clase de gente.

Es más, pensaba que solo aparecían en las series malas de las plataformas de streaming…

Da igual —añadió Andrew, mirando hacia atrás por enésima vez—.

Aquí no estamos seguros. Si alguien de Vartan nos ve juntos, usted también estará en problemas, doctora.

Será mejor hablar en un lugar más tranquilo —pronunció mientras doblaban la esquina lo más rápido que podían.

Cuando estuvieron a una distancia prudencial, Nadia abrió su bolso, sacó el móvil y marcó un número.

En pocos minutos apareció Michael, el taxista que previamente le había entregado su tarjeta.

Tenía cuarenta y tres años, el cabello algo encanecido y un humor que se adivinaba en las arrugas de sus ojos vivaces.

Un tipo curtido en turnos de noche y en las confidencias de los múltiples pasajeros que habían pasado por sus asientos.

—¡Por suerte, señorita, aún estaba bastante cerca! —exclamó con la mejor de sus sonrisas.

—¿A dónde vamos?

—¡Al pub The Big Window! —respondió Andrew antes de que Nadia llegara incluso a abrir la boca.

El trayecto les llevó casi media hora. Al detenerse frente al local, Michael le guiñó un ojo con complicidad

—Recuerda, señorita, tienes mi tarjeta. Cualquier cosa, no dudes en llamarme.

—Gracias, Michael. ¡Te debo una!

—Le acaba de conocer y ya se tutean… —expresó el profesor con cierto sarcasmo nada más bajar del taxi.

—¿Celoso, Summons? —rio Nadia. Cuando se dio la vuelta y vio el local, no pudo evitar sorprenderse—. Vaya, doctor, me sorprende que alguien como usted frecuente este tipo de locales.

Andrew arqueó una ceja y, con una media sonrisa, replicó:

—¿Ah, sí? ¿Y por qué le sorprende tanto, doctora Al-Hassan? —cuestionó, marcando el tono al pronunciar su título y nombre.

—No sé, quizá porque muestra usted una imagen que nada tiene que ver con estos entornos tan jóvenes.

—Tampoco usted da la impresión de alguien que lleva a cabo seguimientos sigilosos cuando viaja en taxi.

Nadia se quedó sin palabras. No era fácil dejarla fuera de juego, pero aquella respuesta fue como un dardo inesperado.

The Big Window hacía honor al nombre. Se trataba de un local de moda cuya fachada presentaba una enorme cristalera que daba a la calle, iluminada con neones azulados que contrastaban con la penumbra interior.

Era uno de los locales nocturnos más refinados de la ciudad.

Un sitio donde se mezclaban personas de muy diversas clases sociales, como ejecutivos buscando desahogo tras largas jornadas, jóvenes artistas en busca de inspiración, turistas con ansias de vivir la noche local y algún que otro clandestino que prefería pasar desapercibido entre la multitud.

El nombre provenía de la época en la que aquel edificio fue una vieja imprenta: la cristalera era el ventanal por el que se mostraban los periódicos recién impresos de máquina.

El dueño, con exquisito criterio, conservó el espíritu de aquel negocio y lo exprimió con gusto.

Andrew y Nadia eligieron una mesa alejada de la barra y con vistas a la puerta. Aunque sabían que no había nadie siguiéndolos, la sensación de estar vigilados no terminaba de disiparse. Él apuró de un trago la cerveza tostada antes de hablar .

—Me he reunido con Vartan Arakel —confesó en voz baja—. Es un magnate de los negocios, además del sociópata que contrató a Plunder para buscar las tablillas sobre los Jardines.

Nadia abrió los ojos de par en par.

—¿En qué estaba pensando para reunirse con un tipo así?

Andrew soltó una carcajada amarga.

—Únicamente pensaba en encontrar al doctor Stephen Plunder, ya que cierta doctora me dejó claro como el agua que tenía otras prioridades.

Nadia bajó la mirada. Le había marcado el segundo tanto; no le gustaba, pero tampoco pudo replicar. Andrew continuó con tono sombrío.

—Tengo menos de veinticuatro horas para volver a reunirme con Arakel y seguirle el juego. Si no lo hago, soy hombre muerto. Se ha asegurado de dejármelo transparente. ¡Vaya! Una expresión que viene muy al caso —añadió con tono sarcástico.

En un arrebato impulsivo, bebió de un solo trago lo que quedaba de su copa y comenzó a levantarse dispuesto a marcharse. Nadia, sin embargo, le sujetó del antebrazo con firmeza.

—¿Está loco? ¿De verdad piensa trabajar para él? ¡Ni hablar, Summons! No he decidido ayudarle para venir aquí y encontrarme con que su única solución es lanzarse de cabeza a las redes de ese maníaco. Lo haremos por nuestra cuenta, ¿me oye? Pero que quede claro: mi prioridad es encontrar a Plunder.

Los ojos de Andrew brillaron de esperanza, aunque esa luz se apagó tan rápido como había llegado.

—Ya podía haberlo dicho en mi apartamento. ¡Ya es tarde! Vartan me lo dejó claro: mañana debo contactarle o…

Nadia le interrumpió, mirándolo fijamente.

—Andrew —dijo. Su voz era grave, pero cálida al mismo tiempo—, no te conozco muy bien, pero algo me dice que eres mucho más de lo que aparentas.

No sé qué va a ser de nosotros, pero te aseguro una cosa: no vamos a caer sin pelear.

Yo cuidaré de ti y tú cuidarás de mí, así que juntos encontraremos a ese estúpido de Plunder.

Se sorprendió al oírse, casi se había convencido a sí misma.

Durante un breve instante había creído sus propias palabras.

Andrew no supo por qué lo hizo. Tal vez fue la seguridad de aquella mujer, su capacidad demostrada o la atracción que comenzaba a despertar en su interior.

Fuera como fuese, le apretó la mano con fuerza.

—Lo haremos juntos. El único problema… —vaciló— es que no disponemos ni de fondos ni de medios.

Nadia le devolvió el apretón y, con un guiño cómplice, le respondió con fingida solemnidad:

—No se preocupe, señor Summons. Recuerde que su universidad cubrirá todos mis gastos para asistirle en lo que precise —matizó mientras sonreía y mordía la punta de su lengua en un gesto que maravilló a Andrew. Este soltó una risa resignada y se encogió de hombros.

—De todos modos, en cuanto Davis descubra que todo es una mentira, se encargará personalmente de que no vuelva a impartir clase ni en colegios de primaria… ¡Hagámoslo! —añadió, levantando la voz con cierta teatralidad.

—¡Genial! Ahora solo nos queda decidir nuestro próximo paso —respondió con un fingido entusiasmo.

Ambos guardaron silencio un buen rato hasta que, de pronto, Andrew tomó la iniciativa. Sabía que solo había una persona que podía ayudarle a lidiar con mafias, conspiraciones y peligros. Aunque no sabía cómo dar con él.

—¿Todos los gastos pagados has mencionado?

Creo que tengo un plan. ¡Vayamos a España! —exclamó con una expresión de total ilusión y frenesí.

Nadia, en cambio, arqueó exageradamente las cejas. Aquello la pilló fuera de juego.

—¿España? —pronunció perpleja.

***

Viernes, 18 de abril de 2027 a las 15:00 horas.

Lugar desconocido.

Una mujer desconocida.

Varios días antes de que el profesor Andrew Summons conociese a la ilustre doctora Nadia Al-Hassan, tuvo lugar un secuestro que, de algún modo, guardaba relación con el galimatías al que debían enfrentarse.

Despertó con un dolor de cabeza insoportable y, durante varios minutos, no fue capaz siquiera de abrir los ojos.

Se encontraba extenuada, mareada, y tuvo que darse tiempo para que su organismo se aclimatara a la sensación de vértigo que la invadía.

A punto estuvo de vomitar, de no ser porque no había nada en su estómago.

Aun así, las náuseas le sobrevinieron en varias ocasiones y le dejaron un regusto amargo en la boca y un ardor que le abrasaba por completo la garganta.

Tenía la boca reseca y pastosa, y le pareció más conveniente permanecer resguardada en aquella oscuridad.

Se palpó la cara y notó que tenía algún tipo de tejido alrededor de los ojos, casi adherido a la piel.

Trató de separar las manos, pero fue en vano: se encontraban atadas con demasiada vehemencia, tanto que las muñecas le dolían con cada intento de movimiento.

Lo mismo le ocurría con los pies; estaban unidos por una fuerte atadura que le impedía moverse.

Tumbada de lado, aquel camastro apenas servía de barrera entre su cuerpo y el frío suelo.

Se trataba de una cama desvencijada, con un colchón viejo y maltrecho.

Los condenados muelles se le clavaban y chirriaban con cada movimiento que aquella desdichada mujer hacía, como una alarma inherente al propio catre.

Se hizo varias preguntas, tal vez demasiadas para las escasas fuerzas que le quedaban por culpa de los narcóticos que le habían suministrado. No recordaba nada de lo sucedido. ¿Cómo demonios habían llegado a aquella situación? ¿Quiénes eran los responsables?

Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos vendados y acabaron empapando la tela que le impedía ver.

A medida que el efecto del narcótico desaparecía, iba recobrando la lucidez…

y con ella, aumentaba el miedo. Su ritmo cardíaco tomaba impulso y sus latidos resonaban como los cascos de un caballo desbocado.

—¿Hola? ¡Auxilio! Por favor… —trató de gritar, pero su cuerpo a duras penas respondía a las órdenes de su cerebro. En lugar de un grito, su petición de auxilio sonó como un leve y torpe balbuceo.

Un sonido seco y estrepitoso proveniente de una llave en la cerradura resonó en aquel silencio.

De forma instintiva, centró todos sus sentidos en ese ruido.

Su cuerpo entero entró en estado de alerta y el miedo se transformó en terror.

La mujer, atada y privada de visión, intentó pedir auxilio de nuevo.

Sin embargo, fue en vano. Una voz masculina, fría y autoritaria, le dio instrucciones con claridad.

—Nos vas a ayudar si quieres sobrevivir. Te iremos diciendo lo que tienes que hacer y, si quieres salir con vida de aquí, más te vale que lo hagas bien. Si lo haces como es debido, estarás en tu casa muy rápido. ¿Has entendido?

La mujer, presa de un miedo atroz, no pudo sino asentir con la cabeza, mientras lágrimas y mucosidad brotaban de sus ojos y nariz. Aquella voz habló de nuevo.

—Nunca te quites la venda de los ojos si estoy yo aquí. Cuando oigas la puerta, te la pones. Y, por tu bien, no me veas la cara. ¿Está claro?

—Sí —balbuceó.

—Buena chica. Ahora no te muevas —respondió de forma siniestra.

Quienquiera que fuera ese hombre, la sujetó con firmeza y cortó sus ataduras. La puerta se cerró tras él y escuchó cómo sus pasos se alejaban. Yació en aquel catre, llorando boca abajo, sola.

Aquella mujer había dedicado su vida casi por completo al trabajo.

Vivía sola, en una casa de un barrio residencial, y apenas conocía a sus vecinos.

Pasaba largas temporadas sin contactar siquiera con su anciana tía, la única persona a la que podía llamar familia.

Por eso, su desaparición apenas alteró nada, ni a nadie.

La cautiva mujer comprendió entonces, con una amargura insoportable, lo sola que había estado todo ese tiempo.

Y se prometió que, si lograba salir con vida de allí, debía cambiar sus prioridades.