Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 7 DESCANSO
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7 DESCANSO

«Rectificar es de sabios».

ANÓNIMO

Nadia Al-Hassan

L a doctora, tras acudir al apartamento de Andrew, le había proporcionado toda la información que disponía de la investigación de Plunder.

El profesor, en un desesperado intento, le pidió que lo acompañara en la búsqueda del experto y de las tablillas.

Sin embargo, solo recibió su negativa. No debía aceptar a la primera, así que aprovechó para organizar sus pensamientos.

Tenía que meditar sobre cómo y hacia dónde la llevaría su actual trabajo.

Nadia salió del apartamento de Andrew con paso firme, pero al cruzar el umbral de la puerta la seguridad que había mostrado se fue deshaciendo en su interior como arena entre los dedos.

El taxi la dejó frente a su hotel, un moderno edificio de catorce plantas con fachada de cristal azulado que, durante el día, reflejaba el cielo como si fuera una extensión de la bóveda celeste.

Al entrar en la habitación, dejó la tarjeta magnética sobre la mesilla de noche y se descalzó sin siquiera encender la luz.

Se dejó caer en la cama todavía vestida, sintiendo por un instante la frescura de las sábanas como un bálsamo contra la tensión que arrastraba.

Pasó varios minutos boca arriba, con la mirada perdida en el techo, repasando una y otra vez los pasos que había dado hasta ese momento y los que aún quedaban por dar.

Luego, en un gesto casi automático, se levantó, se sirvió una copa de champán y encendió el televisor, cambiando de canal sin detenerse en ninguno.

El murmullo de voces ajenas la ayudaba a no pensar demasiado, a no escuchar el ruido de su propia conciencia. Tras ello, fue al baño.

Un baño revestido de azulejos blancos con tonalidades marrones de distintas intensidades.

Una tenue luz azulada provenía del espejo circular que estaba situado sobre un lavabo de mármol, con acabados de madera de olivo que aportaba cierta calidez a la estancia.

A la izquierda, una bañera bastante espaciosa, equipada con chorros de hidromasaje, sería la encargada de hacer posible su íntimo momento de relajación; su cielo en la Tierra.

Asió el bote de champú y lo vació por completo dentro de la bañera. Acto seguido, hizo lo mismo con el gel de ducha. Se quedó unos instantes observando las formas que la espuma creaba en una caótica danza sobre la superficie del agua transparente.

Poco a poco fue desprendiéndose de la ropa, mientras su mente viajaba a instantes pasados en compañía de aquel extraño profesor de arqueología.

Se quitó primero las botas, luego los calcetines y continuó con los pantalones.

Su trasero respingón, que simulaba dos gotas de agua contiguas, quedó al descubierto.

Por último, se desvistió de cintura para arriba.

No supo por qué lo hizo en ese orden. Contempló su reflejo en el espejo unos instantes y primero vio su cuerpo.

Un cuerpo lleno de cicatrices, testigo de su paso por duros y tristes momentos de su vida.

Después contempló su rostro, liderado por aquellos ojos, como un par de mudos testigos que han visto más de lo que habrían deseado.

Introdujo las manos en el agua caliente y humedeció sus pezones con el tibio regalo de la vida.

Seguidamente masajeó sus tersos pechos con las manos desnudas mientras su imaginación volaba libre, permitiéndole fantasear con aquel friki de la universidad.

«¡No!», le atravesó el pensamiento como dardo envenenado.

«No es suficiente para alguien como yo. Es solo trabajo, y así tiene que seguir siendo».

Su parte racional y su parte emocional eran dos planos diferenciados que, por lo general, trabajaban al unísono.

Sin embargo, en ocasiones como aquella eran dos caras de una moneda que no debían ponerse de acuerdo.

Su mente no podía ocultar la verdad tras su gusto.

Luchó con todas sus fuerzas para evitarlo, pero estaba demasiado cansada como para no sucumbir.

Se introdujo en la bañera de forma automática, con la mirada perdida, como si viera más con la memoria que con los ojos. Una memoria que le brindaba recuerdos de momentos con aquel profesor, capaces de hacerla disfrutar.

Comenzó a estrujarse los pechos mientras se mordía el labio inferior.

Mantenía los ojos cerrados, como si aquel gesto potenciara su concentración y, con ello, avivara los recuerdos.

La otra mano fue directa a su entrepierna y la masajeó delicadamente para ponerse a tono.

Cuando estuvo demasiado excitada le llegó el turno a sus danzarines dedos.

Al principio fue lento, pero poco a poco la intensidad en la tarea fue creciendo al ritmo de sus recuerdos.

Gimió una y otra y otra vez. Gemidos tan placenteros que habrían hecho temblar los cimientos de la mismísima Babilonia.

Terminó y disfrutó varias veces hasta que su descanso resultó ser máximo, tanto a nivel mental como físico.

Al salir, se enfundó un albornoz blanco y se sentó junto a la ventana panorámica.

Encendió un pitillo. «Ese profesor será mi juguete», pensó traviesa.

Fuera, la ciudad seguía con su ritmo caótico; luces de coches, sirenas lejanas, gente que iba y venía sin detenerse.

Ella observaba esa corriente de vida mientras apoyaba la frente contra el cristal frío, preguntándose en qué momento terminaría todo aquello, en qué momento podría volver a ser ella misma.

Llevaba demasiado tiempo sintiéndose alienada.

Durante horas llevó a cabo pequeños rituales que no conseguían despejarla del todo: hojeó un par de páginas web y algunas redes sociales, observando a gente que fingía vivir una vida que no era la suya.

«Qué ironía», pensó. La verdad es que no hacía nada más allá de esperar a que el tiempo avanzara.

La calma, sin embargo, se fue transformando en una especie de molesta ansiedad.

Pasadas casi cinco horas desde que había entrado en la habitación, cerró el portátil, apagó la televisión y se miró en el espejo del baño, todavía empañado.

Dibujó con la yema del dedo un círculo sobre el cristal y se vio reflejada con una determinación que no había sentido al salir del apartamento.

Se vistió de nuevo, recogió su bolso y se quedó unos segundos con la mano apoyada en la manilla de la puerta y respiró hondo; debía enfundarse, de nuevo, en la piel de su otra yo.

Abrió y salió del hotel, decidida a regresar al apartamento.

Pidió un taxi que tardó unos veinte minutos en llegar.

Tenía tiempo y la situación estaba controlada.

El vehículo olía a pino barato y plástico nuevo.

El conductor, un hombre de mediana edad con gorra, ajustó el retrovisor y, tras escuchar la dirección de boca de Nadia, se dirigieron al apartamento del profesor.

Llegaron al edificio y la calle de Andrew apareció con su repetición de portales y farolas.

Justo entonces, Nadia observó un sedán negro de alta gama que se detenía ante el portal del profesor.

Atinó a ver que Andrew salía del portal escoltado por dos hombres corpulentos, con pinta de asesinos a sueldo.

Uno de los hombres habló, él asintió y la puerta del sedán se abrió con un suspiro eléctrico.

Nadia vio su perfil durante un instante, la espalda al inclinarse para entrar, la puerta cerrándose con un golpe blando que sonó decisivo.

—Siga a ese coche —le indicó al taxista, sin apartar la vista.

—¿Persecución? —intentó bromear, ya metiendo la primera.

—Sin perderlo y sin que nos vean.

—A la orden, señorita.

El sedán tomó la avenida con naturalidad.

El taxi se mantuvo a una distancia prudente, pegándose a una furgoneta de reparto cuando el semáforo se ponía en rojo y cubriéndose por una pick-up cuando el tráfico se estiraba.

Cruzaron el puente. Las luces se dividieron en dos filas, como un libro al abrirse, y las letras del hotel iluminaban la noche: The Meridian Aster Hotel.

El sedán aparcó junto a la entrada principal y los hombres y Andrew desaparecieron tras las puertas de la entrada principal del hotel. Nadia tocó el hombro del taxista.

—Déjeme aquí. ¿Cuánto es?

—Treinta y cinco dólares, señorita. Aquí la dejo. ¡Tome! Esta es mi tarjeta. Si necesita algo, por insignificante que sea, llámeme.

—Muchas gracias… —Leyó la tarjeta—. Michael.

Bajó del taxi y su primer impulso fue cruzar la calle y entrar en el hotel.

Empezó a hacerlo y casi lo consigue, pero su cerebro se llenó de alarmas.

¿Y si no calculaba bien el tiempo y Andrew la veía y delataba su posición?

No. Ella era una pieza fundamental en todo aquello y tenía que mantenerse firme y paciente.

Esperaría fuera hasta que él saliera; no tenía otra opción.

La decisión sobre cómo actuar la tomó justo cuando estaba a punto de entrar por la puerta del hotel. Tanto fue así que el botones la saludó y se quedó extrañado al verla darse la vuelta y alejarse rápidamente hacia el otro lado de la calle.

—¡No puedes cagarla así! —se recriminó a sí misma—. Tengo que andar con cuidado. Necesito ser la profesional que finjo ser.

En la esquina había un bar desde el que podía controlar la salida del hotel.

Pidió un café sin perder de vista aquella maldita puerta, se sentó junto a la cristalera y disfrutó cada sorbo de aquel mágico momento.

Aquel café le recordó a cuando la vida era más sencilla.

A cuando su padre y su tío los llevaban a ella y a su hermano de pesca.

Allí se contaban cómo les había ido el día en el colegio o qué les gustaría hacer antes de regresar a casa, mientras su padre dejaba su ajetreado trabajo de lado para disfrutar con sus hijos.

Aquel café la transportó a una etapa dulce de su vida, una vida tranquila y corriente que, tristemente, no volvería a vivir.