6 MEMENTO MORI #2
—Es aquí —susurró por primera vez en toda la noche.
El comandante se acercó al VIP.
—Hemos llegado, señor. El guía indica que es en la puerta de esa fachada.
El VIP asintió sin decir nada. El comandante hizo una señal al guía y este llamó a la puerta. Tras escasos minutos, un sonido pesado y metálico indicó que se estaban retirando los pesados goznes que mantenían la puerta cerrada a cal y canto.
Cuando un hombre enjuto asomó la cabeza para ver quién llamaba a su tienda a esas horas, un culatazo le golpeó la nariz con tal fuerza que cayó de espaldas a más de metro y medio de la entrada.
Los rusos entraron como fantasmas y llevaron a cabo un registro del lugar de forma metódica y totalmente coordinada.
Ninguna amenaza: todo estaba en orden. Cuando todos entraron, el último de los soldados cerró la puerta sin producir el más leve sonido.
El dueño del establecimiento estaba de rodillas sobre una bonita alfombra persa, que ya había comenzado a mancharse con la sangre del desdichado.
A pesar de la gran cantidad de alfombras y de diversos aparatos electrónicos desmontados que se encontraban por toda la tienda, la estancia conservaba cierto orden.
El VIP hizo un gesto al guía para que se acercara y le sirviera de traductor.
Se desconoce qué o cómo interrogó Vartan a aquel pobre diablo, pero los soldados vieron cómo señalaba hacia la trastienda con una mano.
Con la otra trataba de cubrirse la nariz, de la que brotaba un continuo chorro de sangre.
Vartan sacó una Makarov PM que llevaba bajo la chaqueta y, con la calma con la que se unta la mantequilla en una rebanada de pan de molde, efectuó un disparo en la cabeza del dueño de la tienda.
Acto seguido, se dirigió a la trastienda que le había señalado quien, en ese momento, no era más que un cadáver.
En aquella trastienda había generadores funcionando, té reseco cuyo olor inundaba la estancia y cajas de auténtica chatarra apiladas.
Vartan se acercó directamente a un armario.
Dentro encontró una caja de madera cuarteada, de aspecto antiquísimo.
Presentaba una cerradura cuya moldura estaba presumiblemente hecha de oro y con una forma tan peculiar que al VIP se le antojaba extraña.
Necesitaría una llave que encajara a la perfección para poder abrirla.
Así que se giró sobre sus talones, gritó algo en ruso y uno de los Spetznats le pasó una navaja.
Vartan la introdujo en la hendidura que separaba ambas mitades del compartimento e hizo palanca.
Temió no poder abrirla, pero cedió sin resistencia.
Fuera lo que fuese, era evidente que se trataba de un objeto antiquísimo.
Vartan observó que, en el fondo, oscurecido por el inexorable paso del tiempo, contenía tres tablillas envueltas en una tela gastada de preciosos detalles.
Había cuñas de tierra antigua solidificada en los ángulos de aquella misteriosa caja.
La tienda de alfombras quedó atrás, envuelta en un silencio tenso.
El VIP, protegido por el comandante ruso, avanzó hacia la salida.
El comandante Ivanov había dado la orden mucho antes de tener hombres apostados en un radio de seguridad para cubrir la salida del VIP en caso de que las cosas se pusieran feas.
Era una de las estrategias bien ensayadas, y acertó de pleno.
Cuando el VIP y el comandante salieron de la tienda, desde las esquinas surgieron marines estadounidenses apuntando hacia ellos y emitiendo órdenes en un tono nervioso, marcado por el miedo.
—¡Manos arriba! ¡Suelten las armas! —gritaban los americanos con voces carentes de ardor guerrero. Los dos hombres obedecieron cual autómatas, hasta que Ivanov pronunció.
—No se pongan nerviosos, la tranquilidad es lo que más se valora .
Aquella era la señal. El primer disparo rompió el silencio de la noche como si de un trueno se tratara.
En un instante, la calle se convirtió en un infierno de fogonazos, arena levantada y casquillos rebotando contra los muros.
Algunos de los marines que tuvieron tiempo de detectar de dónde provenía la amenaza y buscar una cobertura segura pudieron responder con fuego. Pero los rusos respondieron con precisión quirúrgica.
Situados en los flancos de su retaguardia, habían tomado posiciones elevadas con la ventaja estratégica que aquello les brindaba.
El tiroteo duró apenas unos minutos. Cuando el eco de las ráfagas se extinguió, todos los marines yacían en el suelo, salvo uno.
Lo redujeron a golpes, lo arrastraron y lo pusieron de rodillas en medio de la calle, bajo la débil luz de un farolillo de una de las fachadas.
Aquel joven soldado respiraba con dificultad, con la frente pegada al polvo y la mirada fija en el suelo, como si buscara allí una improbable salvación divina.
Vartan Arakel pasó junto a él con la serenidad de un hombre que ni siquiera reconocía humanidad en su enemigo.
Desenfundó su inseparable pistola Makarov en un movimiento seco y, sin detener el paso ni reparar en aquel soldado, apretó el gatillo.
El disparo sonó seco, definitivo. El cuerpo del joven marine se desplomó como un saco vacío, mientras una mancha oscura se esparcía rápidamente sobre la arena.
Ninguno de aquellos soldados volvería a su tierra cuando, ese mismo año, Estados Unidos retirara sus tropas de Irak.