6 MEMENTO MORI
«Del caos y la oscuridad, nacen las almas fuertes».
ANÓNIMO
Vartan Arakel
E l sol estaba comenzando a descender. La noche ganaba ya mucho terreno al día, pero el calor seguía siendo asfixiante en la ciudad de Bagdad.
El aire era denso y pastoso, impregnado de polvo caliente y gasolina vieja.
La tierra, cuarteada; los insectos zumbaban en los matorrales resecos.
A lo lejos, edificios semiderruidos otorgaban a la ciudad de un halo pos apocalíptico.
Leila, de catorce años, avanzaba despacio, descalza, guiando a sus tres cabras con chasquidos de lengua y la vara que sostenía en la mano.
Su hermano Qasim, de diez, empujaba con un palo una rueda de neumático que rodaba ladera abajo, riéndose cada vez que la atrapaba antes de que se perdiera.
Esa vez, la rueda se le escapó a lo largo de cincuenta metros, rebotando hasta detenerse contra una piedra.
Leila alzó la voz para que no se alejara más, pero sus gritos fueron ahogados por un estruendo que, tristemente, ambos conocían demasiado bien.
Qasim, con el neumático ya entre los brazos, dio la vuelta.
Leila no miraba hacia él, miraba al cielo, cubriéndose los entornados ojos de los despiadados rayos del sol.
Primero fue un temblor en el suelo, luego el batir grave y repetido de hélices que ondulaban el calor como si arrugaran el aire.
La máquina voladora, como él la conocía, apareció enorme: un helicóptero ruso Mil Mi-26T2 negro descendió hasta posarse a unos treinta metros.
La nube de polvo levantada le azotó la cara y le llenó la boca de tierra, obligándole a escupir ante el sabor amargo de sus partículas.
Al soltarla, la rueda giró sobre sí misma hasta quedar tendida en el suelo, inmóvil.
De manera inevitable, las cabras balaron, espantadas.
La compuerta se abrió y bajaron ocho hombres.
Un comandante ruso al frente, seis soldados con equipo táctico detrás, y protegido por todos ellos, un hombre de traje táctico, muy diferente al de los soldados: el VIP. El comandante se dirigió hacia él.
—Debe ser alguien realmente importante si la cúpula del mismísimo Kremlin le ha asignado un destacamento Spetsnaz para escoltarlo hasta el mismo corazón de Irak y protegerlo con sus vidas. Más aún sabiendo que la zona está plagada de tropas estadounidenses.
El VIP ni parpadeó.
—Limítese a conseguir que sus hombres lleven a cabo la misión con éxito. Sigamos.
Ese era el problema: tenían que alcanzar el centro de Bagdad, y los norteamericanos estaban por todas partes.
Apenas tocaron tierra, uno de los Spetsnaz vio a Qasim entre el polvo. Giró el cuerpo, alzó el arma y se oyó nítido el chasquido metálico de la PP-19-01 al montarse. El cañón quedó apuntando directo al pecho del pequeño. El mundo de Qasim se redujo a ese círculo oscuro.
—¡Baje el arma! —tronó el VIP sin titubear.
El soldado clavó los ojos en el traje, vaciló una fracción de segundo y obedeció. El VIP se volvió hacia el resto:
—Las armas se emplean solo contra amenazas hostiles. ¿Está claro?
Los soldados lo miraron: no pertenecía a su destacamento, pero era evidente que allí mandaba él.
Leila corrió entonces, tropezando en la tierra blanda.
Llegó hasta su hermano, lo abrazó con fuerza y rompió a llorar, con polvo pegado a sus mejillas húmedas.
El sabor de tierra mezclada con lágrimas le llenó la boca.
Le cogió de la mano y tiró de él, casi arrastrándolo.
Las cabras, desbandadas, cruzaron como sombras pálidas entre los soldados, y los dos hermanos, atemorizados, huyeron hacia las montañas sin mirar atrás ni una sola vez.
Otra cruda experiencia más en aquella tierra inhóspita y desolada, tristemente sacudida por la guerra.
Esperaron a que la noche cubriera la ciudad, escondidos tras un edificio sin tejado.
Se trataba de una estructura que parecía haber sido algún tipo de granja, de la que solo quedaba un triste esqueleto de hormigón y ladrillos.
Era evidente que había sido objetivo de algún proyectil de gran calibre.
Atisbaron a lo lejos a un hombre que provenía de la ciudad.
Se acercaba cabalgando directo a su posición sin siquiera imaginar que cinco miras AIM-OP estaban apuntando a diversas partes de su cuerpo.
El jinete se detuvo a una distancia aproximada de doscientos metros.
Los soldados eran auténticos profesionales. Permanecían ocultos en silencio cuando pudieron verse unas diminutas ráfagas de luz provenientes de aquel inconsciente a caballo.
—Esa es la señal —dijo el comandante con un tono lo suficientemente audible para sus hombres.
Los Spetznats se desplegaron en cuña, como un cuchillo que cortaba la noche, adelantándose con precisión aprendida.
Dos en vanguardia, otros cubriendo los flancos y el comandante hablando por la radio con frases cortas.
Alcanzaron el punto donde estaba el jinete, quien se apeó del jamelgo y levantó la mano en gesto de paz.
—Este es Youseff. Será nuestro guía —le dijo el comandante al VIP, quien asintió con la cabeza.
La columna se puso en marcha en dirección a la ciudad.
Tras ellos, el helicóptero despegó como una gran sombra en la noche y se alejó con rapidez hasta que el polvo volvió a asentarse.
De nuevo, solo quedó el zumbido de los insectos y el tintineo lejano de un cencerro.
La luna se encontraba cubierta casi por completo por las nubes.
Daba la impresión de que el astro no deseaba presenciar lo que estaba ocurriendo en aquellas sombras.
En las calles estrechas de las afueras de Bagdad, todo permanecía en silencio. Los pasos del grupo fantasma pasaban inadvertidos gracias a los ruidos propios de la nocturna cotidianeidad.
El guía iraquí caminaba por delante. Era un hombre delgado, con barba corta y cara seria.
Se movía rápido, pero sin correr. Sabía por dónde moverse sin llamar la atención.
Tras él venían los seis soldados rusos, bien armados y en formación.
El VIP, cuyo nombre respondía al de Vartan Arakel, avanzaba en el centro, cubierto con un pañuelo oscuro.
El comandante cerraba el grupo, vigilando todo con un pequeño visor en la mano.
Después de caminar varios minutos por callejones oscuros, el guía levantó la mano y todos se detuvieron.
Desde una esquina cercana se escuchaban voces.
El comandante alzó el puño para indicar que permanecieran quietos.
Se acercaron con cautela: al otro lado había un grupo de soldados estadounidenses apoyados en un vehículo militar.
Charlaban entre ellos sin saber que, a unos metros, había enemigos letales.
Apenas quedaban soldados estadounidenses en suelo iraquí y los que todavía se encontraban en aquel país no tenían una misión oficial de combate.
Su tarea consistía principalmente en apoyo logístico, asesoramiento y formación de las fuerzas de seguridad iraquíes contra el reducido número de células del Estado Islámico que aún se encontraban operativas.
Uno de los Spetsnaz levantó su arma, pero el comandante lo frenó en seco.
No estaban allí para entrar en combate. El guía les hizo una seña y señaló una escalera de hierro que subía por un muro lateral.
Sin mediar palabra, comenzaron a subir con la habilidad propia de los gatos.
Una vez en el tejado, los soldados observaron a varios niños en los tejados del otro lado de la calle.
Eran decenas de menores de diversas edades, ninguno mayor de quince años.
No emitían ni un solo ruido. Estaban descalzos, vestidos con harapos y con una desolación patente en la mirada.
Se limitaban a observar cada uno de sus movimientos sin perder detalle y a susurrar entre ellos.
Vartan los observó atentamente durante unos instantes. La forma en que aquellos muchachos analizaban cada uno de sus movimientos le transmitía una inquietante sensación de inseguridad. En más de una ocasión había sido testigo de cómo la crueldad iba enmascarada tras la apariencia de la inocencia.
Los soldados cruzaron a hurtadillas por encima del puesto militar. Desde arriba se escuchaban risas y alguna frase suelta en inglés. Nadie notó nada.
Cuando llegaron al otro lado, descendieron por otra escalera igual de vieja y siguieron su camino.
Avanzaron por una zona de casas bajas de adobe, muchas de ellas abandonadas o en ruinas.
A lo lejos se veían algunas luces encendidas.
Un perro ladró en la lejanía, pero no fue más que un eco.
El guía tomó un desvío por una calle sin asfaltar.
Pasaron por una puerta rota, cruzaron un patio con una fuente seca en el centro y flores y setos marchitos.
Era el lúgubre recuerdo del místico lugar que una vez había sido.
Subieron unas escaleras interiores hasta una azotea.
Desde allí contemplaron el skyline del centro de Bagdad: cúpulas, cables colgando y carteles escritos en árabe sobre edificios deteriorados por el tiempo y la guerra.
Miles de puntos de luz, estáticos y dinámicos, mostraban la vida latente de aquella ciudad. El guía se giró y señaló un punto entre los edificios.
Bajaron de nuevo y continuaron por calles más estrechas.
Se escuchaban motores a lo lejos y también algún helicóptero girando en círculos.
Había gente durmiendo en colchonetas, basura en las aceras y olor a gasóleo quemado y estiércol de diversos animales.
Las moscas campaban a sus anchas y las ratas salían de los agujeros en busca de un bocado que llevarse al hocico.
Había niños que podían ser los mismos de los tejados, o tal vez no, pero mostraban la misma curiosidad por aquellas sombras armadas.
Finalmente llegaron a una calle más ancha. Era un pequeño zoco, aún iluminado con luces tenues. Un poco más adelante, en un callejón, se encontraba una pesada puerta de madera. El guía continuó hasta ella y se detuvo.