5 UN COMPROMISO INELUDIBLE #3
El adinerado anfitrión continuó, haciendo caso omiso a la interrupción.
La palabra «filántropo» salió de su boca con un filo doble, como un traje de gala que oculta un puñal.
Andrew supo que aquella no era la definición más exacta con la que Vartan se percibía a sí mismo.
Más bien se trataba de su máscara. La sonrisa ladeada de Vartan parecía disfrutar del momento.
Continuó con su monólogo mientras vertía un whisky muy caro en dos vasos on the rocks.
—Construyo «puentes» con museos, universidades, gobiernos que necesitan algo que yo puedo darles —prosiguió con naturalidad—. Y, a veces, cuando la burocracia se duerme, ellos demandan mis servicios para conseguir… cosas.
Vartan volvió hacia donde se encontraba su invitado, con un vaso en cada mano y unos andares seguros e imponentes. Andares propios de alguien que sabe exactamente a dónde va, qué quiere y cuándo lo quiere.
Se situó frente a Andrew y, con una inclinación que invadía su distancia personal, le ofreció el vaso de whisky con la mejor de sus traicioneras sonrisas.
Quizá se debía a la tensión a la que estaba sometido, pero Andrew tenía los cinco sentidos alerta.
Pudo casi saborear el olor a barrica de madera de roble que desprendía el caro elixir y, por supuesto, percibió el carísimo perfume que el señor Arakel se había aplicado hacía horas.
El olor cítrico de la bergamota se combinaba de manera sutil con la mezcla de azafrán y resina de benjuí, coronado con un toque casi imperceptible de vainilla negra y ámbar gris.
—Pero este asunto es personal. Única y exclusivamente por y para mí.
Cuando me encontraba en Irak de viaje de negocios —dijo Vartan, forzando la palabra—, un anciano se acercó y me pidió algo de comer.
Le entregué unos cuantos dátiles que tenía entre mis pertenencias y, en un gesto de amabilidad inconmensurable, el anciano me dijo que me contaría una historia acerca del secreto que ocultaban las arenas del desierto.
—Hizo una pausa y bajó la mirada, contemplando cómo el hielo danzaba en el whisky—.
—Aquel anciano confesó haber pertenecido a una antigua organización con gran poder en determinados e influyentes sectores dentro de diversos países de oriente.
El hombre admitió haber sido irreverente e indomable por lo que, con el tiempo, lo expulsaron.
Según me dijo, aquella sociedad secreta tenía el único objetivo de proteger un antiguo secreto, un líquido similar al agua que alargaba la vida de quienes lo injerían.
La expresión del magnate se endurecía por momentos.
—Recuerdo que lo que más dotaba de veracidad al relato no era lo que el anciano narraba, sino el sentimiento y la pasión empleados para ello.
Me contó que el elixir era tomado por los grandes Reyes y sus familias para prolongar la vida e imponerse a los enemigos a lo largo de los siglos, hasta que la desgracia se cernió sobre una de las casas reales.
Por último, y para mí sorpresa, confesó que aquel agua milagrosa se encontraba en las ruinas de una estructura escalonada, una vez repleta de vegetación exuberante y diseñada para elevar el agua sobre la vista de los hombres.
—Los Jardines Colgantes…—susurró Summons con tono misterioso.
—Estoy seguro, aunque él se refirió a ellos como el oasis de Marduk.
Al terminar, recuerdo que le comenté que era una bonita historia, pero que habría sido mejor de ser cierta.
El anciano juró por la vida de sus dos hijos que lo era.
Le advertí que tuviese cuidado pues en el lugar del que provengo los juramentos deben cumplirse.
No sé si fue porque la historia me gustó o porque detesto a los mentirosos, pero ordené al anciano que nos llevase, a mí y a mis hombres, a su casa.
Hizo una solemne pausa, como si una pequeña parte de él se arrepintiera de lo que iba a narrar.
—Llegamos a una choza que poco tenía de hogar.
Allí se encontraba una señora y dos chicos esbeltos de 18 y 22 años.
Recuerdo el miedo de la mujer al vernos entrar.
Atamos al hijo mayor a una silla, mientras el cuentacuentos, su esposa y el hijo menor observaban.
Aún recuerdo el terror impregnado en sus desdichados ojos.
En fin —dirigió su mirada a uno de sus hombres de la sala, Andrew también lo miró—, le ordené a Yaro que lo golpease hasta que su anciano padre admitiera que se trataba de un cuento.
El profesor no daba crédito. La historia que estaba escuchando no podía ser cierta. Por algún motivo, aquel chalado tenía que estar inventándosela, pero el tono y la convicción en sus palabras le conferían un alto nivel de credibilidad.
—Recuerdo que cuando el chico había perdido el conocimiento, le pregunté al anciano si la historia era cierta y, sorprendentemente, entre lágrimas, gritos y súplicas, volvió a jurar que sí.
Por lo visto, la historia pasaba de generación en generación en ciertas familias.
No tuve más remedio que ordenar a Yaro que matase a aquel chiquillo a golpes, delante de su miserable familia.
Incomprensiblemente, tras el interrogatorio el anciano no indicó la localización de su antigua orden ni de los supuestos jardines.
No tuvimos más remedio que acabar también con su vida.
Vartan no era ni mucho menos ajeno a las sensaciones que su invitado experimentaba en aquel momento.
—Estoy seguro de que me está viendo usted como un monstruo, señor Summons, pero debía hacerle ver al anciano que si la historia era cierta, solo habría perdido un hijo y perdonaría al resto.
—Vartan giró la cabeza y miró a Andrew con un semblante tan oscuro que este pudo observar la verdadera naturaleza depredadora de aquel lunático—.
Además, aquel buen hombre debía pagar el precio por la posibilidad de que la historia fuese falsa.
Andrew tenía la cara desencajada. Un sudor frío le recorría la nuca y el hielo del whisky repiqueteaba contra los bordes del vaso.
Era incapaz de controlar los temblores que le producía el terror que en aquel instante.
Un miedo que el señor Arakel olía como el tiburón blanco huele la sangre en el océano.
—Así pues —continuó narrando el sociópata—, desplegué a mis mejores hombres especializados en conseguir información delicada.
Estuvieron casi ocho meses recopilando datos sobre la historia que aquel anciano narró, hasta que encontraron una pista en Bagdad.
Cierta información indicaba que el dueño de una tienda de alfombras había alardeado de poseer la prueba de la existencia de los Jardines Colgantes de Babilonia y de su localización.
Pero lo más interesante: todo indicaba que también conocía el secreto que guardaban…
Vartan Arakel esbozó una sonrisa ladeada y sentenció:
—De modo que, como comprenderá, me surgió la urgente necesidad de tener que comprobarlo personalmente.
Y así, Vartan Arakel se internó en la oscuridad de la noche y manchó sus manos una vez más, para conseguir aquello que la propia historia había olvidado.