Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 5 UN COMPROMISO INELUDIBLE #2
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5 UN COMPROMISO INELUDIBLE #2

La suite era descomunal: techos altos con molduras geométricas de color blanco, una pared entera de vidrio templado que mostraba la ciudad en todo su esplendor y las cortinas de terciopelo gris antracita aportaban solemnidad, al tiempo que bloqueaban la luz solar.

Había dos niveles: en el inferior, un salón con sofás de piel, mesas bajas de mármol negro y una chimenea de gas encendida que brindaba la calidez; frente a ella, una isla de madera maciza con tonos azul noche, equipada con todo tipo de licores de colores vivos que iluminaban el ambiente.

La descomunal cristalera y los focos aumentaban la sensación de amplitud.

Por otro lado, en el nivel superior, un escritorio de ébano lucía imponente junto a una silla ejecutiva de cuero.

En la pared, un televisor OLED de setenta y dos pulgadas.

A la izquierda, un muro de agua caía en una cascada finísima, emitiendo un siseo apenas audible.

Junto al bar, un hombre sostenía una copa de coñac y una sonrisa calculadora.

Su complexión seguía siendo fuerte y su postura firme, recuerdo del físico imponente de antaño.

El cabello oscuro, corto y con un peinado engominado hacia atrás, estaba salpicado de mechones blancos que teñían su negro pelo como una inexorable muestra de experiencia vital.

Su rostro mostraba arrugas y algunas manchas recientes, además de una cicatriz en el pómulo derecho, producto de un corte de navaja que a punto estuvo de sacarle el ojo.

Aquella herida de guerra descendía hasta el labio superior, que debió quedar partido cuando recibió semejante tajo.

De pómulos marcados y mandíbula cuadrada, se mostraba casi siempre afeitado, salvo por una pequeña perilla bajo el labio, su sello personal.

Sus ojos marrones, penetrantes y lacerantes, parecían observarlo todo con desconfianza y autoridad.

Su gran porte se acentuaba por el traje gris grafito que vestía de tres piezas, confeccionado en vicuña a medida por un sastre de Florencia.

Andrew no pudo evitar fijarse en la autoridad que desprendían las rudas facciones de aquel varón.

Pero lo que más le llamó la atención fueron dos aspectos: la mirada, capaz de transmitir amenaza y miedo, además de parecer que conocía hasta el último y truculento secreto de quienes tenían la fatal suerte de estar frente a él, y, por otro lado, las grandes y trabajadas manos, prueba de que aquel hombre no había nacido entre algodones, sino que se había forjado a sí mismo, superando lecciones duras y dolorosas.

Todas aquellas características bailaban al unísono para convertirlo en una figura que inspiraba respeto y admiración. De ascendencia armenia, pero criado en Moscú, aquel hombre tenía fuertes convicciones… y ansias de poder aún mayores. «Sin duda, se trata del señor Arakel», pensó Andrew.

—Bienvenido, señor Summons —dijo, con un inglés impecable pronunciado sin acento anglosajón—. Por fin nos conocemos...

Los guardaespaldas se apartaron hacia la pared, como desaparece el humo en el aire, dejando la conversación en relativa intimidad.

Seis hombres más permanecían de pie en sitios estratégicos de la habitación.

Personal de seguridad con experiencia militar y a todas luces armados.

Una conjetura que, tras unos instantes, Andrew pudo verificar: una pistola asomaba debajo de la chaqueta de uno de ellos.

No se sentó hasta que Vartan le señaló el sofá bajo un control disfrazado de cortesía. Había cruzado demasiadas puertas como para fingir que aquella aún podía cerrarse desde fuera. Si Vartan Arakel quería algo de él, huir no lo convertiría en invisible, tan solo en prescindible.

—Veamos, señor Summons, ¿cómo dicen en occidente?

Ah, sí, iré al grano —comenzó Vartan, dejando la copa—.

Soy una persona con muchos recursos y aún más inquietudes.

Pondré todos los medios de que dispongo a su servicio.

Tanto económicos como materiales. Todos los equipos, permisos, seguridad y discreción que necesite.

A cambio, como ya sabe, solo pido que continúe el trabajo del doctor Plunder, y con resultados…

Andrew sostuvo la mirada. La sensación de estar haciendo algo inevitable dejó de resistirse y se sentó a su lado.

—Señor Arakel —comenzó diciendo—, estoy dispuesto a continuar con la investigación del señor Plunder. No obstante, no lo haré a menos que me explique su relación con él, así como su paradero.

Vartan sonrió y una línea de dientes asomó, oscureciendo aún más su semblante. Caminó hasta el ventanal y contempló su propio reflejo sobre la ciudad, como si se tratara de un ente superior a los cientos de miles de almas que la habitaban.

—Mucho me temo, señor Summons, que desconozco por completo su paradero, y créame cuando le digo que estoy más que interesado en dar con él. Digamos que el doctor Plunder se ha apropiado de algo que me pertenece y que es más preciado que toda la riqueza que poseo…

La sonrisa de Arakel se desvaneció y su rostro se tornó serio, duro. Al profesor no le cupo duda de que Vartan sentía un odio atroz hacia Plunder.

—Los archivos que me envió… —murmuró Andrew, totalmente ensimismado .

—Exacto —expresó Vartan, interrumpiendo sus cavilaciones—.

Archivos que eran de mi propiedad y que me robó…

Intentamos interceptarlos, pero el muy traidor los envió cifrados, de modo que no pude recuperarlos.

Después, mis expertos examinaron meticulosamente su ordenador en repetidas ocasiones, sin éxito.

Lo que me hace pensar que usted ha eliminado el contenido. Una mala decisión, señor arqueólogo.

El tejano se encontraba perdido y no sabía qué creer en aquel momento.

Pero sí era consciente de una cosa: Plunder había recurrido a él en un intento desesperado por buscar ayuda, y debía aferrarse a ese hecho.

Aun así, mantuvo una expresión y actitud que no hiciesen saltar las alarmas de aquella gente.

Por lo poco que había podido comprobar, Arakel era de todo menos una víctima.

—¿Y cuál era el trabajo que le encomendó? —preguntó, tratando de dirigir la conversación lejos del rencor de Arakel.

—Dígame, señor Summons, ¿ha oído hablar de los Jardines Colgantes de Babilonia?

Andrew se dispuso a contestar, pero Vartan siguió hablando como si la respuesta de su «invitado» no le despertase la menor curiosidad.

—Como sabrá, los Jardines Colgantes de Babilonia son una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Se atribuye su construcción a Nabucodonosor II, quien, según la creencia popular, los habría mandado construir para su esposa Amytis de Media.

La mencionada reina añoraba las montañas y los paisajes verdes de su tierra natal.

Terrazas escalonadas cubiertas de los árboles más frondosos, las flores más bellas y las plantas más exóticas.

Como los describieron varios autores, un oasis verde en medio de la árida Mesopotamia.

Andrew Summons se quedó perplejo. Vartan Arakel era, con toda seguridad, un megalómano engreído y poderoso, pero también un hombre culto y astuto. Aquello lo convertía en un enemigo muy peligroso

—Esa es —continuó Vartan—, la definición oficial que tanto el mundo occidental como el oriental conocen, la que se estudia en los libros de Historia.

—Vartan hizo una pausa, con una expresión de fascinación, ilusión y esperanza—.

Pero ¿y si le dijera que los Jardines Colgantes no fueron un simple obsequio de un rey hacia su consorte, sino un misterioso recipiente?

—El profesor lo miró desconcertado. ¿Acaso un hombre como Vartan dedicaría tiempo y esfuerzo a una ilusión?

—. ¿Y si además le dijera que dicho secreto era tan poderoso y, a su vez, tan peligroso, que los antiguos dioses babilonios decidieron ocultarlo al resto de la humanidad?

Andrew no estaba seguro de si aquello era una pregunta retórica. Aun así, respondió:

—Le diría que yo únicamente conozco la versión oficial, es decir, ¿dioses?

—Midió al milímetro tanto las palabras como el tono.

No podía ser tan incauto como para incomodar a un tipo así—.

Con todo el respeto, señor Arakel, dudo que se trate de algo más que de mitología y leyendas.

Además, ¿por qué cree usted que los Jardines ocultaban un secreto?

—Andrew carraspeó e hizo una breve pausa antes de continuar—: ¿Y por qué no hay archivos históricos que avalan esa hipótesis?

El ruso lo leía como si lo conociera desde niño.

—Señor Summons, le recomiendo no caer en el error de catalogarme… —comentó con gran solemnidad, seguridad y, sobre todo, vanidad. Se dirigió al bar para servirse una copa.

—No he llegado a mi posición a base de verdades y sentimientos puros, Summons. Hay decisiones que se toman en despachos donde no hay actas ni testigos y los acuerdos millonarios están completamente manchados de mentiras y de sangre.

Andrew abrió los ojos de par en par. Varias semanas atrás leyó un artículo sobre un contrato multimillonario que el ejército de Estados Unidos había cerrado con RAWS, cuyas siglas querían decir Resilient Autonomous Weapons System.

Es decir, una de las mayores multinacionales dedicada a la Inteligencia Artificial aplicada al sector armamentístico.

Summons cayó en la cuenta entonces que ya había visto aquella cara y aquel nombre antes, en cierto artículo que leyó.

Vartan Arakel posaba junto al mismísimo ministro de defensa de los Estados Unidos.

La cara del profesor era un poema pero trató de parecer calmado con todas sus fuerzas.

—Leí un artículo sobre el acuerdo de RAWS con el gobierno de mi país hace no tanto. Usted es el CEO de la empresa, le vi en la fotografía—interrumpió el profesor luchando por mantenerse calmado.

—Me agrada oírlo. No obstante, esa es una sola de mis facetas. Diría que también me considero un filántropo...