5 UN COMPROMISO INELUDIBLE
«Nada tengas, pero nada debas».
ANÓNIMO
Andrew Summons.
L a doctora había acudido al apartamento de Andrew y le había contado todo cuanto sabía sobre la investigación de Plunder.
Andrew, en un intento desesperado, le pidió que lo acompañara en la búsqueda del experto y de las tablillas, con toda la fe de su corazón.
Por un momento creyó que ella aceptaría; sin embargo, la experta dejó claro tener otras prioridades.
La puerta se cerró tras ella con un clic suave, que a Andrew le pareció definitivo.
Se quedó un momento en el pasillo, refrenando el impulso de ir tras ella.
En el apartamento siempre reinaba la calma. Tanto que aquel silencio le estremeció. En la mesa seguían abiertas las fotografías de las tablillas, y Andrew no sabía si dolía más la certeza de saber que se encontraba solo o el miedo que le generaba su siguiente paso.
Lo miró y allí estaba: su portátil. Aquel tedioso aparato electrónico frente al que había invertido interminables horas, ahora lo aterraba.
Con cierta intranquilidad se acercó al portátil y recordó el correo que lo había cambiado todo, el que Plunder le envió a deshora con archivos adjuntos y una advertencia escrita a toda prisa.
El correo cuyos archivos imprimió antes de borrar, y que yacían encima de su mesa.
Ocultos entre las imágenes, como si no quisiesen ser localizados, había dos datos que hasta entonces no había mirado con suficiente atención: un número de teléfono y un nombre, V. Arakel.
Abrió el correo, leyó dos veces el número para fijarlo en su mente y se dispuso a marcarlo.
Los dedos le bailaban, sin la firmeza ni la seguridad que habría deseado.
Las manos le sudaban y aquel sentimiento de inseguridad le generó una extraña sensación en el estómago, como si tuviera un nudo.
Sus pupilas no conseguían enfocar bien los números y el corazón latía demasiado rápido, pero pulsó la llamada.
Una serie de pitidos le indicó que se estaba estableciendo la conexión telefónica. Tras un breve lapso de tiempo, Andrew estuvo a punto de finalizar la llamada cuando escuchó un ruido al otro lado. Vartan Arakel había descolgado.
—Señor Summons. —La voz sonó limpia, profunda y educada, con un acento del este de Europa que susurraba las erres, aunque cuidaba la gramática inglesa—. Me alegra saber que finalmente ha tomado la decisión correcta.
—¿Es usted Vartan Arakel? —pronunció, con la duda propia de alguien que no confía en la tarea que está llevando a cabo—. La persona que se introdujo en mi ordenador, que me espió…
Hubo un silencio casi pactado, con la exactitud de quien ya esperaba esa respuesta.
—Yo no espío, señor Summons. Tengo gente a mi cargo que se encarga de, digamos, recopilar información —replicó Vartan, resaltando el significado de aquellas palabras a través de un tono serio, pero calmado a la vez—.
De todos modos, deduzco que no ha contactado conmigo para acusarme de espionaje, ¿no es así?
—sentenció el magnate con total seguridad y arrogancia.
Andrew meditó unos segundos en silencio. Notó un impulso irrefrenable de finalizar aquella conversación. Sin embargo, luchó con todas sus fuerzas hasta que, en última instancia, escupió una a una las palabras.
—Le llamo para trabajar con usted y poder así localizar a mi antiguo profesor, Stephen Plunder.
—Magnífico, señor Summons —respondió—, pero como hombre de negocios, conversaremos en persona. Soy dado a creer que, para contratar a alguien, primero he de conocerlo. Le enviaré a dos de mis hombres de confianza y le trasladarán hasta aquí. Luego podremos pactar las condiciones de nuestro acuerdo.
Andrew se mantuvo en silencio, como si su cerebro le brindase la última oportunidad para sopesarlo y desistir de trabajar con el señor Arakel. No lo escuchó.
—De acuerdo —respondió el profesor.
—Una última cosa, señor Summons…
—Dígame, señor Arakel.
—Usted trabajará para mí, no conmigo. Y su mayor prioridad será concluir la investigación del doctor Plunder, no su hallazgo. Tenga eso muy presente —sentenció Arakel, y la llamada finalizó tan abruptamente que Andrew ni siquiera tuvo opción de réplica.
Apoyó el móvil junto al teclado y respiró hondo dos veces, tres.
Aquella conversación había sido, con total seguridad, una de las más tensas que el profesor había mantenido con alguien en toda su vida.
Tenía un temblor involuntario en las piernas y una sensación manifiesta de inquietud y algo en su interior había tratado de prevenirle de aquella decisión y él había hecho caso omiso.
Tras unos instantes de tempestad interna, poco a poco brotó la calma. Con más decisión y seguridad en sí mismo, recogió las fotos del material recibido por su colega Plunder y las introdujo en su bolso.
El timbre sonó una hora y media después, con puntualidad calculada. El sonido de aquel aparato le indicó que el momento había llegado y, sin más preámbulos, abrió.
Se dio de bruces con dos hombres corpulentos que abarcaban prácticamente toda la puerta.
Trajes oscuros y compactos, hombros anchos y cuellos cortos pero robustos.
Sus rostros tenían los rasgos característicos de alguien de Europa del Este: pómulos altos, narices rectas y ojos estrechos que evaluaban sin curiosidad.
Pieles claras y salpicadas de tonalidades oscuras, no seguían patrón alguno.
El primero tenía la cabeza rapada y una cicatriz pálida que dibujaba un gancho en el mentón.
El segundo mostraba una mandíbula cuadrada y llevaba un reloj negro del tamaño de una brújula.
Además, las orejas como coliflores y la ausencia de ciertos dientes delataban la elevada experiencia de aquellos gorilas en peleas.
Su acompañante era más delgado, pero lo que perdía de musculatura lo ganaba en altura.
Más alto y fibrado que el hombre rapado, tenía pelo negro y pequeños ojos oscuros que, en comparación con su amplio mentón, no parecían sino dos pequeños cristales de mirada fría y calculadora.
—¡Venga con nosotros! —dijo el de la cicatriz.
Andrew sintió un destello de reconocimiento que le atravesó el estómago, ya los había visto unos días atrás.
Eran los ocupantes del coche oscuro de alta gama con cristales tintados que vio el otro día bajo su casa.
«Entonces, Vartan llevaba tiempo controlándome…
», caviló. Aquello le provocó un nuevo estado de alerta máxima.
No sentía miedo de que fueran los mismos tipos; lo que de verdad le aterraba era no haber hecho caso a su intuición. ¿Y si erraba de nuevo?
Antes de siquiera abandonar el apartamento, uno de los hombres, el más alto le palpó cada centímetro de sus ropas y le privó de sus llaves y teléfono móvil.
—No necesitas esto ahora. —bufó con desprecio.
El pasillo y la escalera del edificio presentaban el mismo olor a detergente barato y metal de siempre, pero las sensaciones eran nuevas.
Bajaron en silencio.
El aire fresco de la calle le golpeó en la cara de tal modo que lo transportó a aquella mañana en la que un coche oscuro le había dado muy mala espina.
Pero, a diferencia de entonces, Andrew no se montaría en su destartalado coche, sino en aquel preciso vehículo.
La situación se le antojó un maquiavélico plan urdido por alguna mente lunática.
El sedán negro, que se encontraba aparcado a escasos metros de su vivienda, se iluminó cuando los tres varones se aproximaron, como un saludo programado.
El trayecto transcurrió como una sucesión de lúgubres diapositivas: luces de gasolinera, el reflejo del río, un mural descolorido, una curva que ensanchó de golpe el horizonte…
***
15 de mayo de 2027 a las 21:56 horas.
The Meridian Aster. Gulf Horizon Avenue, Houston, Texas.
Andrew Summons.
El hotel apareció de un momento a otro con la elegancia propia de un edificio de última generación. «The Meridian Aster» decían las letras altas, clavadas en una fachada acristalada con detalles en negro ónix.
Los botones desempeñaban su función ataviados con guantes blancos y trajes tradicionales de color azul noche.
La puerta, de cristal de doble hoja simétrica y marcos de madera de roble con tiradores de acero inoxidable, otorgaba gran amplitud y permitía vislumbrar el lujo que reinaba en aquel lugar.
Cuando se dispusieron a entrar, uno de los botones procedió sin demora a abrirles el acceso con una reverencia bien ensayada.
En el centro del amplio y llamativo vestíbulo se encontraba un mostrador negro brillante con detalles dorados.
Tras él, una recepcionista elegantemente trajeada mostraba su mejor sonrisa.
Luces led de baja intensidad, dispuestas a lo largo de la estancia, creaban un ambiente relajante que indicaba que el astro rey había cedido su lugar a la noche.
Varios metros a la derecha del mostrador, un amplio ascensor panorámico permitía a los adinerados huéspedes y a sus voluminosos equipajes moverse entre las diferentes plantas, como un corazón que bombea sangre a los distintos órganos.
Subieron en ascensor y la ciudad, vibrante y llena de vida, se desplegó ante ellos, como el colorido plumaje de un pavo real.
El pasillo del último piso olía a madera cara y cítricos; la alfombra amortiguaba cada pisada y un silencio sepulcral inundaba la estancia.
La elegante puerta doble de la habitación servía de tarjeta de presentación para la lujosa suite de régimen superior.
Aquella frontera a la sofisticación más elitista se abrió antes de que llamasen.