Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 4 EL ÁNGEL DE LA MUERTE. #2
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4 EL ÁNGEL DE LA MUERTE. #2

De familia humilde, hija de un revisor de tren, Svetlana fue el gran amor de su vida, aunque la desgracia no tardó en alcanzarla. Fue una férrea luchadora contra un cáncer terminal, localizado tras el lóbulo frontal que la devoró poco a poco y prácticamente por completo.

Vartan estuvo cada minuto de su tiempo a su lado y destinó gran parte de su fortuna a combatir la dolencia de su querida esposa.

Fueron numerosos los especialistas a los que acudieron en busca de un milagro, pero lamentablemente la respuesta siempre era la misma: un cáncer terminal y agresivo acabaría con Svetlana.

Fueron arduos meses llenos de dolor, esperanza, amor y… más dolor.

Finalmente, Vartan Arakel se vio en la obligación de tomar una decisión que lo empujaría a atravesar los milenios para conquistar la esperanza y con ello, poder salvar a su alma gemela .

Por desgracia, Svetlana no había dado a Vartan herederos que lo acompañasen en la oscura soledad que se había venido sobre él. Hasta poder hallar una cura, aquella maldición privaba a Vartan de la compañía de su amada esposa y al poderoso niño soldado de Grozni de tener a quien dirigir su ira.

En cuanto a Dimitri, aunque su mujer también murió, resultado de un atentado perpetrado por una mafia rival, él sí tuvo descendencia. Dos mellizos que fueron el amor de su vida y su último pensamiento al mirar a los gélidos ojos de la muerte. Un niño llamado Yaroslav y una niña llamada Zlata.

Él, rubio, de ojos verdes y lleno de vida, era pura energía y siempre llevaba a cabo las fechorías que su hermana maquinaba.

Ella, por el contrario, morena y de ojos oscuros, tenía facilidad para desenvolverse con diferentes personas y resultar encantadora.

Ellos realmente eran su alegría de vivir.

Disfrutaron de una vida plena y repleta de lujos, pero lo que más les gustaba era ir a pescar al lago Torbéyevo con su padre y con su «tío», como consideraban a Vartan.

Mientras los empleados de Dimitri preparaban la comida en la casita del lago, los cuatro se dedicaban a pescar.

Los hombres de Vartan tenían presente que, cuando estaba en el lago con sus sobrinos, nadie podía molestarlo, bajo ningún concepto.

Tristemente, cuando los mellizos contaban con tan solo trece años, la desgracia se cernió de nuevo sobre Vartan Arakel y sus dos sobrinos.

Un helador 13 de enero, Dimitri y su chófer se dirigían a una reunión en Tosno, en un BMW 530 de alta gama.

Llegaban justos de tiempo, cuando Dimitri urgió a su chófer a llegar cuanto antes.

Sin siquiera percatarse, el vehículo se orilló al lado derecho de la carretera y pasó sobre una placa de hielo.

Hielo que resultó ser una combinación fatal con la velocidad de doscientos veinte kilómetros por hora, lo que provocó que el eje derecho del vehículo perdiera tracción mientras el izquierdo seguía aferrado al asfalto.

El resultado fue inmediato y mortal: el coche se desvió bruscamente hacia la derecha, como si alguien tirara de él con violencia.

El conductor reaccionó girando el volante para corregir la trayectoria, pero a esa velocidad, el más mínimo movimiento se amplificaba como un latigazo.

El vehículo entró en sobreviraje, derrapando de atrás.

En segundos, el coche se convirtió en un proyectil.

Con su lado derecho, golpeó primero los separadores de cemento que dividían los carriles, levantando chispas y doblando la carrocería.

Seguidamente, rebotó hacia el otro carril con una fuerza e inercia descomunales.

Giró casi de costado y dio varias vueltas de campana antes de quedar hecho un amasijo de metal, plástico y combustible.

Aquel fatídico día tuvo lugar el accidente de tráfico en la autopista M-10, en sentido San Petersburgo, que le arrebató la vida a la persona más allegada a Vartan Arakel y más querida por sus mellizos.

***

18 de enero de 2006 a las 10:00 horas.

Cementerio Novodévichi, Moscú. Rusia.

Vartan Arakel.

La nieve caía incesante sobre el camposanto, creando una suave cortina blanca y amortiguando cada paso.

El féretro de Dimitri descendió a la tierra húmeda mientras Yaro y Zlata, con apenas trece años, permanecían de pie con los ojos enrojecidos.

Vartan Arakel se acercó con paso solemne; primero posó una mano en el hombro de Yaro, luego en el de Zlata, y los atrajo hacia un abrazo que, más que calidez, transmitía una determinación casi quirúrgica.

—Lo siento mucho, mis niños —dijo con voz grave—.

Vuestro padre fue un hombre honorable en vida.

Ahora yo seré lo más parecido que tendréis a un padre y me encargaré de vosotros, pero tendréis que demostrar que sois dignos de continuar con su legado y con el mío.

Esa era su voluntad y yo seré su herramienta para hacerla realidad.

Hasta la mayoría de edad no disfrutaréis de un solo rublo, dólar, euro o cualquiera que sea la divisa que componga su herencia.

Él quiso que os ganáseis cada moneda con sudor y la valoréis con disciplina.

Las palabras de Vartan retumbaron en los dos huérfanos como un destino ineludible. Desde aquel día, sus caminos se bifurcaron.

A Yaro lo enviaron a la escuela premilitar de Berezovsk, una ciudad severa en los Urales.

Allí soportó inviernos intempestivos, marchas interminables con treinta kilos a la espalda y pruebas psicológicas diseñadas para quebrar a cualquier adolescente: combates hasta caer rendido, aislamiento en celdas oscuras, interrogatorios falsos con privación de sueño y ejercicios donde debía elegir entre obedecer órdenes o proteger a un compañero. Cada decisión lo templaba como acero.

Zlata, por su parte, ingresó en un internado elitista para señoritas, donde, entre otras muchas habilidades, aprendió estrategias de persuasión que no se limitaban al ámbito lúbrico o sexual.

Aprendió a prescindir de sus propios anhelos e inspiraciones para centrarse en estudiar a las personas y poder adecuar su comportamiento con el fin de lograr diversos objetivos, generalmente al servicio de intereses ajenos.

Al cumplir dieciocho, fue trasladada a un centro secreto de adiestramiento para mercenarios.

Allí perfeccionó el uso de armas cortas, la infiltración y el arte del engaño.

Su belleza y su intelecto se convirtieron en armas tan eficaces como cualquier fusil.

Pasaron los años y, cuando cumplieron veintidós años, los mellizos se reencontraron ante Vartan.

Los observó con una mirada fría y distante.

Tras someterlos a un riguroso examen físico y estratégico, les permitió acceder a una parte de la fortuna paterna, suficiente para vivir con holgura.

Pero la condición era clara: debían seguir demostrando ser dignos del legado de Dimitri Smirnov.

Desde entonces, Yaro se convirtió en un arma letal.

Dominaba el combate cuerpo a cuerpo con la precisión de un depredador y manejaba desde rifles de francotirador hasta cuchillos de asalto con igual eficacia.

Era un guerrero capaz de irrumpir en un campo de batalla abierto o desaparecer como una sombra entre ruinas.

Zlata, en cambio, se transformó en una mercenaria camaleónica. Podía seducir, engañar, manipular o ejecutar con la misma frialdad. Su hermosura era un disfraz, y su intelecto, el veneno que debilitaba a sus objetivos antes de dar el golpe final.

Así, poco a poco, los niños que una vez lloraron frente a la tumba de su padre fueron desapareciendo. En su lugar quedaron dos fantasmas: profesionales despiadados, capaces de asesinar a quien fuera necesario o mereciera morir.

A los veinticinco años, Yaro y Zlata finalmente accedieron a la fortuna multimillonaria de Dimitri. Para entonces ya eran piezas clave al servicio de Vartan Arakel, y sus nombres comenzaban a infundir respeto y miedo en las sombras donde se decidían las guerras que nunca salían en los periódicos.

Vartan había conseguido su propósito: adiestrar y transformar a aquellos niños. El dinero para ellos carecería de valor, pues sus vidas solo tendrían sentido en las operaciones clandestinas.

Puede que aquellos niños se convirtieran en meras marionetas al servicio de Vartan, pero ¿acaso tenía importancia que aquella no hubiese sido la verdadera voluntad de Dimitri?