4 EL ÁNGEL DE LA MUERTE.
«La muerte llegará de todos modos,
pero el hombre sabio no la teme».
Ciudad de Grozni, Rusia. Conflicto ruso-checheno.
Vartan Arakel.
D entro del territorio, muchos creían que la guerra había sido consecuencia directa de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que llevó a Chechenia a declarar su independencia de Rusia.
Otros, sin embargo, vieron aquello como una traición y una sublevación, y sintieron la necesidad de recuperar el territorio mediante la fuerza militar.
Con el paso de los años, quién tuviese realmente la razón o cuál fuese el verdadero motivo del detonante de la guerra carecía de importancia. Lo único que verdaderamente tenía valor era el número de vidas inocentes que se perdieron, ya fuera a manos de la muerte o de la locura.
La cálida noche había caído sobre las afueras de Grozni.
La tenue claridad y el suave viento estival creaban una calmada atmósfera que parecía preceder a la tempestad.
El taller industrial que servía como almacén provisional de munición y armamento se alzaba como un bloque oscuro en mitad de la noche.
La misión de aquel destacamento era clara: proteger aquel punto crítico con sus propias vidas.
El joven Vartan Arakel tenía apenas dieciocho años. Por aquel entonces era más que un simple soldado dentro de un destacamento de nueve hombres que compartían el mismo miedo mal disimulado.
El mando del grupo, que apenas tenía unos pocos años más que Vartan, fue el primero en morir cuando las tropas separatistas chechenas se les echaron encima.
Un proyectil de 5,45 × 39 mm, con toda seguridad disparado de un Kalashnikov, le perforó la sien izquierda.
El primer fogonazo iluminó la penumbra y las ráfagas comenzaron a silbar.
Aquellos niños soldado comprendieron que estaban rodeados.
No tuvieron más opción que intentar repeler el fuego enemigo.
El ataque checheno fue rápido y brutal. En apenas media hora, los compañeros de Vartan fueron cayendo uno tras otro, hasta que solo quedaron él y Dimitri Smirnov. Dimitri era un recluta de veintidós años que temblaba más de lo que disparaba.
Arakel se encontraba en una cubierta de hormigón.
Disparaba su ametralladora ligera PKM, con proyectiles destructivos de 7,62 mm: disparaba, se cubría y volvía a disparar.
Tenía un arma potente, pero no poseía ni la fuerza ni la pericia suficiente para manipularla.
Además, el enemigo les superaba en número y aprovechaba el manto de la noche para cambiar de posición a una más estratégica.
La cadencia de los disparos que recibía no disminuía.
El ruido era ensordecedor: un estruendo continuo que, por momentos, parecía más peligroso que las propias balas.
Vartan abrió fuego contra una cubierta en la que se encontraban dos, puede que tres soldados enemigos.
No podía identificarlos. El enemigo atacaba desde las sombras, como un leopardo camuflado que ha esperado pacientemente el momento idóneo para saltar sobre su presa.
De pronto, una granada rodó por el suelo.
Dimitri estaba encogido, con las manos apretadas contra las orejas y los ojos fuertemente cerrados.
Las lágrimas le corrían por las mejillas.
Vartan reaccionó por puro instinto: lo agarró y lo empujó hacia el interior del edificio. Acto seguido, saltó tras él.
La granada no los alcanzó, pero la puerta por la que habían saltado daba acceso a una escalera descendiente de diez peldaños. Ambos rodaron escaleras abajo.
Cada golpe les proporcionó cardenales en muchas partes del cuerpo.
Se pusieron en pie como pudieron y corrieron a través de aquel monstruo de hierro y hormigón hasta dar con una sala de mantenimiento oscura y tétrica, donde permanecieron escondidos apenas unos minutos.
El olor a hierro oxidado y gasoil se les introducía hasta el último alvéolo de sus pulmones, mientras las botas enemigas resonaban en los pasillos.
De pronto, un soldado checheno empujó la puerta de la sala de calderas y entró con calma, como un cazador al olfatear a su presa. El haz de su linterna barrió la estancia hasta detenerse sobre Dimitri, encogido tras unas estanterías. El checheno rio con desprecio y masculló.
—Cerdo…
Fue entonces cuando Vartan, agazapado en las sombras, se lanzó hacia adelante con un impulso desesperado.
La hoja se hundió torpemente junto a la carótida del checheno y la sangre le salpicó la cara como un baño de realidad, provocándole unas náuseas horrendas.
El enemigo, que emitió un alarido de dolor agonizante, se revolvió y provocó que Vartan cayera de rodillas.
Se quedó aterrorizado viendo lo que acababa de hacer.
Había apuñalado a alguien que le miraba aterrado, mientras se desangraba como un cerdo en una matanza.
No era un héroe de película. No era una sombra elegante ni un cuchillo que rebanaba un cuello en silencio para después lanzarse contra otro enemigo.
Aquello no era Hollywood y él no era ni mucho menos un héroe.
Vartan no era más que un niño muerto de miedo, con los ojos inyectados en sangre y la vejiga vaciándose en los pantalones, mientras gritaba como un animal.
El ruido atrajo a un segundo enemigo, que irrumpió montando su arma. Vartan, torpe y aterrorizado, apenas pudo dar un salto que más parecía una caída para acurrucarse en la esquina, encogido y llorando, mientras las balas destrozaban la pared a su alrededor.
Dimitri, viendo que el checheno estaba centrado en su compañero, aprovechó para escapar por un ventanuco roto, abandonando a Vartan a su suerte.
El enemigo apretó el gatillo otra vez y el arma se encasquilló.
El silencio se hizo insoportable y la maldición del ruso llenó cada milímetro cúbico del aire de la estancia, como el agua llena los compartimientos de un barco que se hunde.
Aquel grito del atacante despertó en Vartan una furia ciega y casi animal.
Con un grito desgarrador, salió de la esquina, cuchillo en mano, y se abalanzó sobre el soldado. La hoja subía y bajaba una y otra vez: pecho, estómago, cuello, costillas… Cualquier parte del cuerpo al alcance.
Lloraba, sollozaba y gritaba como si cada puñalada pretendiese desgarrar no solo el cuerpo de aquel pobre diablo, sino también su alma.
Las pupilas de ambos se encontraron en medio de aquella carnicería: unas apagándose con cada latido, las otras encendidas por la rabia y el dolor.
El enemigo lo miró con los ojos repletos de lágrimas mientras la vida se le escapaba poco a poco con cada latido.
No era más que un muchacho, un año más o uno menos que Vartan.
Otro muchacho arrancado de su hogar para morir en un conflicto que ninguno de los dos había elegido.
Vartan sintió cómo se le partía el alma.
Aunque llevaban uniformes diferentes, eran dos caras de la misma moneda; dos personas que, en otro contexto, podrían haber sido amigos.
Se puso en pie. Tenía en la boca una mezcla de sudor, sangre y saliva que le supo a esfuerzo, a dolor y a muerte.
Nunca olvidaría aquellos ojos, que lo perseguirían en sus pesadillas más oscuras, recordándole que la primera vez que mató no fue como un soldado, sino como un niño acorralado por el miedo.
Salió de la estancia y escuchó cómo los refuerzos chechenos se acercaban, registraban las habitaciones una por una.
—¡Vamos, vamos! —oyó a Dimitri, que lo esperaba fuera. Le tendió una mano que Vartan no tardó en asir. Aquella mano se le antojó un salvavidas; sin Dimitri, el enemigo lo habría capturado, condenándolo a una muerte nada carente de sufrimiento.
Una vez afuera, ambos corrieron todo lo rápido que sus agotadas piernas les permitieron.
Tras de sí se oían las voces dando órdenes a gritos, además de algún que otro disparo.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, Dimitri cayó de bruces contra el suelo, como un saco de cemento.
El lactato se había apoderado de sus piernas, su pecho ardía y su boca era una pasta seca que demandaba saliva.
Se dio la vuelta y allí estaba su compañero, de pie, con la mirada perdida. Una mirada de alguien cuya psique estaba a punto de partirse en dos. De repente, ambos se miraron, y la voz de Vartan sonó como la del mismísimo diablo.
—Nunca más me volverás a traicionar. Estamos unidos por los lazos de la guerra, de la sangre. Somos camaradas de guerra. Si alguna vez me vuelves a fallar, sufrirás tú, pero antes haré que sufran los que más quieres.
Dimitri hundió la cabeza entre las piernas y lloró. Lloró durante una hora, hasta que el agotamiento lo sumió en un profundo sueño.
Atrás quedaría ese oscuro día. Fueron condecorados por el Estado Mayor.
Vartan desarrolló una carrera militar exitosa y empleó su formación en operaciones clandestinas tan peligrosas como lucrativas.
Por su parte, Dimitri demostró ser un genio de la informática, y Vartan financió íntegramente su formación académica.
Aquellos camaradas de guerra crearon un monopolio criminal imparable.
Arakel se convirtió en sinónimo de extorsión, secuestros, tráfico de armas y drogas, trata de blancas y demás actividades deleznables.
Mientras tanto, Dimitri empleó sus habilidades informáticas y contactos en Estados Unidos para el blanqueo de capitales provenientes del mundo criminal de Vartan.
Cuentas en paraísos fiscales y decenas de empresas fantasma avalaban su capacidad.
Así fue como dos niños soldado, unidos por el dolor, se convirtieron en dos de los hombres más ricos, poderosos e influyentes de toda la Madre Rusia.
Aunque una oscura sombra del crimen se había aferrado a sus almas, lograron compaginarla con vidas personales aparentemente normales.
Vartan contrajo matrimonio una vez con Svetlana Volkova.
Un gran amor que había conocido en la madre patria, cuando no eran más que dos niños con sueños e ilusión, antes de tener él que marchar al frente.