Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 3 TRABAJO EN EQUIPO
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«Si quieres ir rápido, ve solo;

si quieres llegar lejos, ve acompañado».

PROVERBIO AFRICANO.

Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.

L os días pasaron demasiado lentos para el profesor Summons. Había tratado de contactar de nuevo con su antiguo colega, pero no lo había conseguido. Además, la doctora le había prometido que contactaría y sin embargo, no había vuelto a tener noticias de la enigmática mujer hasta esa misma mañana.

El portero automático sonó dos veces. Andrew se tragó a toda prisa el último bocado del sándwich vegetal que estaba terminando. Se dirigió a la puerta y un vuelco en el corazón lo sacudió al oír la voz de la doctora Nadia Al-Hassan.

—Soy yo, profesor, Nadia. Ábrame, si es usted tan amable.

—¡Sí, sí, claro!

En el breve lapso de tiempo que tardó la doctora Al-Hassan en subir desde la calle, Andrew se había arreglado la camisa al menos unas diez veces y se había peinado el flequillo otras tantas.

Los nervios provocaron que se golpease la rodilla con la mesa, lo que le provocó un dolor de mil demonios.

No tenía claro si la ansiedad que sentía provenía de las ganas de conocer los avances de la investigación o de tener cerca a alguien como ella.

Sea como fuere, cuando la mujer apareció ante la puerta, Andrew ya intentaba recomponerse.

—Buenos días, doctora.

—Buenos días. Tiene algo de lechuga entre los dientes.

Mientras entraba al apartamento precedida por una leve y cortés inclinación del profesor, él se limpió rápidamente con el dedo, a la vez que sentía como la vergüenza recorría ya sus pómulos hasta alcanzarle la propia frente.

Tras aquella embarazosa bienvenida, ambos se dirigieron a la sala de estar.

A Nadia le gustó aquella habitación. Era una estancia moderna, de líneas limpias y colores neutros.

El suelo de madera de roble claro tenía color miel suave que brillaba con la luz natural que entraba por los amplios ventanales.

Un sofá reclinable gris antracita, de diseño escandinavo, ocupaba el centro de la sala frente a una mesa cristal templado sobre una alfombra gris con detalles en blanco y negro.

Una estantería flotante de metal negro y madera de haya albergaba una abundante selección de libros sobre arqueología, historia antigua, teoría política y algunos títulos en lenguas muertas.

Nada sobraba. Todo estaba ordenado con una precisión casi quirúrgica.

Era evidente su trastorno obsesivo-compulsivo.

La iluminación procedía de una lámpara de techo de estilo industrial y color negro, complementada por una lámpara de pie metalizada.

Sobre la mesa auxiliar reposaba un portátil ultraligero en el lugar donde, en cualquier otra vivienda, habría un jarrón.

—Bueno, doctor —dijo Nadia—. He podido estudiar el material del doctor Plunder a fondo y creo que tengo algo.

Sacó unas notas escritas a mano y fue leyéndolas mientras Andrew seguía palabra por palabra sin perder detalle.

— Empecemos por lo más complicado: las inscripciones —continuó—. Esta es una versión arcaica del… —Echó un vistazo a sus apuntes—. Enûma Elish —consiguió pronunciar, sin apartar la vista de los archivos que tenía consigo—. No es idéntica a la versión estándar, pero el esquema es reconocible.

Había algo curioso en el modo tan literal de explicar de la doctora, detalle que llamó sobremanera la atención de Summons. No obstante, entendió que no todos los eruditos exponían su sabiduría de igual modo. Aun así, el profesor no pudo evitar interrumpir.

—No soy un entendido en la materia, ni mucho menos, pero conozco un poco el relato.

—¿Puedo continuar? —preguntó Nadia un tanto condescendiente.

—¿Eh? ¡Por supuesto! Disculpe, doctora…

—De acuerdo. Como otras cosmogonías mesopotámicas, comienza con el caos.

Andrew se inclinó ligeramente, procurando no meter la pata de nuevo.

—Como sabrá, se trata del mito babilonio sobre la creación del mundo y su destrucción —explicó Nadia.

Hizo una pequeña pausa y, de manera casi inconsciente, su mirada se desvió hacia la ventana. Segundos después volvió al asunto.

—Según esto, antes de que existiera el cielo o la tierra, solo había agua —Aprovechó para dar un par de sorbos a la botella que tenía delante—.

Dos grandes fuerzas. Por un lado, Apsû, el agua dulce, y Tiamat, el agua salada.

De su unión nacieron los primeros dioses.

Pero como suele pasar en estos mitos, los hijos empezaron a molestar.

—¿Molestar a quién?

—A Apsû. El viejo padre quería destruirlos para recuperar la calma. Pero Ea, el dios de la sabiduría, se adelantó. Mató a Apsû y construyó su palacio sobre él.

Andrew asintió, con los ojos abiertos de par en par, siguiendo el relato como si escuchara una historia alrededor de una hoguera.

—¿Y qué pasó con la madre, Tiamat?

—Enfureció. Buscó venganza.

La doctora intercalaba la lectura de sus notas con breves miradas en dirección a Andrew. Aunque daba la sensación de haberlo ensayado, el profesor disfrutó cada palabra del relato. La doctora continuó la explicación:

—Según se expone, Tiamat engendró monstruos y seres imposibles. Después, entregó el mando de su ejército a su nuevo consorte, Kingu, a quien confió el control de su ejército de monstruos. Pero, en fin… Como te he dicho, no deja de ser mitología.

—Estudié las mitologías de la antigua Mesopotamia hace años, en la universidad y la tenía olvidada, pero he de reconocer que es bastante poética.

Nadia lo miró fijamente y dio otro trago al agua, ya templada.

—Poética… Ya. En cuanto a la segunda tablilla, trata principalmente sobre Marduk.

—¿Marduk? Sí, ese me suena más. Es otro dios, ¿no?

—Así es, Summons. Marduk era un dios joven y, al igual que la mayoría de los jóvenes, era arrogante. Pero, según el contenido escrito en estas tablillas, también era fuerte y ambicioso. Marduk propuso un trato a los demás dioses: si lo proclamaban rey supremo, él enfrentaría a Tiamat.

—¿Y aceptaron?

—Claro. No tenían opción. La guerra divina había empezado. Según se menciona en estas tablillas, Marduk ejecutó a Kingu, el general de Tiamat, y usó su sangre para crear a la humanidad.

—Luego atrapó a Tiamat, la partió en dos y con su cuerpo creó el mundo.

—Vaya… Ahora me pregunto por qué en la Antigüedad había tantos conflictos familiares —bromeó el profesor, soltando una profunda risotada, que fue ap agándose cuando comprobó que solo se reía él.

La doctora continuó, haciendo caso omiso a la broma, y se recostó en la silla, aún con el gesto pensativo.

—Está claro que todo esto no es más que mitología. Pero lo más curioso no es eso —añadió en voz baja—. Esta versión, esta tablilla, incluye información que no aparece en las copias tradicionales.

Dice así:

«… y del corazón abierto de la Madre surgió la fuente que solo los reyes beberían.

Sucedió entonces que Marduk ordenó al rey de reyes, Nabucodonosor II, la construcción de una estructura ajardinada, sublime en su arquitectura y sustento de las flores y árboles más bellos y exóticos.

Una gran flora digna de beber del mágico elixir de dioses.

A través de la mencionada construcción se elevaría la sangre de los dioses hacia los cielos y se paliaría la sed de las grandes y longevas casas reales mesopotámicas.

Y sucedió que los reyes bebieron, prolongaron su vida y perduraron, permitiéndoles vencer a sus enemigos y a los herederos de aquellos».

—¿Y eso tiene alguna relevancia? —cuestionó él.

—Por sí solo, no, pero puede que en combinación con esto sí tenga sentido.

—Nadia pasó los dedos sobre la última línea—.

Se menciona que «las aguas» eran el mayor tesoro de las familias reales.

Un tesoro que pasaba de generación en generación hasta llegar al último rey babilónico que bebió de esa agua.

Según el texto, fue conocido como Ezär-Dumuzi…

y fue quien selló su destino. Después afirma que sobre su linaje cayó un castigo sin nombre.

Andrew permanecía completamente inmóvil, escuchando cada palabra.

—Aparte de eso, menciona que sus sacerdotes más leales recogieron su historia en siete tablillas cuneiformes y fundaron un culto en torno a Marduk para proteger ese secreto. Apuesto que estas son tres de las siete tablillas.

Dejó el cuaderno con sus apuntes sobre la mesa y se apoyó lentamente en el respaldo de la silla.

—Eso significa que debería haber otras cuatro tablillas, que, por desgracia, no tenemos —dijo con cierta desilusión—. Esta termina justo a mitad de una frase, como si lo realmente importante estuviera en la parte que falta.

—Comprendo…

—En cuanto a las indicaciones de Plunder, ¿ha sacado algo en claro, doctor?

—Nada. Por más vueltas que le he dado, no he podido averiguar nada.

—Yo tampoco. No encuentro ningún sentido a sus indicaciones y no sé por qué escribió lo que escribió, ni a qué se refiere cuando menciona el Edén. Además, he llevado a cabo unas cuantas indagaciones y solo tiene una casa. Así que lo de su segundo hogar debe ser también algo metafórico.

—Stephen y sus malditos acertijos…

—En cuanto al mapa… —retomó Nadia.

Abrió la mochila donde llevaba los documentos, sacó la hoja con el mapa impreso y las anotaciones de Plunder y las extendió sobre la mesa para permitir a Summons que lo ojease mientras hablaba.

—Hay varias anotaciones de Plunder y, por alguna razón, tiene señalado el río Éufrates, así como diversas canalizaciones de regadío —murmuró al fin.

Andrew procesó la información y alzó la mirada, dubitativo.

—¿Crees que lo contrataron para encontrar esas aguas de las que hablan las tablillas?

—No puedo afirmar con certeza qué estaba buscando Plunder ni por qué —respondió ella.

Hizo otra pausa que no hizo más que añadir suspense a la situación—.

Pero tengo una teoría —arriesgó a decir—: estoy segura de que la estructura ajardinada descrita, que guarda relación con las aguas mencionadas en estas tablillas, está relacionada con los Jardines Colgantes de Babilonia.

Andrew se inclinó hacia delante. Aquello realmente lo cogió por sorpresa.

—¿De veras cree que Plunder estaba tras los Jardines Colgantes de Babilonia? ¿Qué lo contrataron simplemente para hallar unas ruinas?

Ante la ausencia de respuesta y tras varios segundos, el profesor abrió más los ojos cuando su mente analizó un poco más la información recibida.

—No creerá que su cometido se basaba en hallar esas misteriosas aguas que mencionan las tablillas, ¿verdad?

Nadia por fin levantó la mirada. Sus ojos, antes fríos e irritados, tenían ahora un brillo distinto, severo, pero cargado de algo parecido a respeto.

—No lo sé. No tengo respuestas para esas preguntas —admitió—. Lo único que puedo decirle es que si el doctor Plunder está desaparecido o en problemas, es porque se acercó demasiado a algo que no consta en los libros de Historia.

—Doctora Al-Hassan —pronunció por fin, con una voz algo más firme de lo que esperaba—, le agradeceré siempre que haya venido. Lo que ha traducido… es increíble.

Ella no respondió; simplemente asintió levemente, con los ojos aún fijos en el portátil.

Andrew inspiró profundamente antes de continuar.

—Sé que esto puede sonar precipitado, incluso descabellado, pero creo que deberíamos buscar el resto de las tablillas.

Nadia alzó la mirada con lentitud.

—¿Cómo dice? —preguntó. Aunque, en realidad, no era una pregunta. Su tono ya dejaba entrever que no compartía su entusiasmo.

—Sí —prosiguió Andrew, dando un paso hacia ella.

Sus palabras brotaron con nerviosismo, pero al mismo tiempo iban cargadas de intensa pasión—.

Si lo que Plunder nos dejó es cierto, si el resto de las tablillas existe de verdad, podrían conducirnos a lo que él encontró. Y quizá también a su paradero.

Nadia lo escuchó con atención, sin interrumpirlo, pero su expresión se volvió cada vez más seria. Se levantó con calma, tomó su abrigo del respaldo de la silla y lo acomodó sobre el regazo.

—Profesor Summons —dijo con tono grave, pero no agresivo—.

Le agradezco su entusiasmo, de verdad, pero no puedo unirme a usted en esa búsqueda.

Tengo un departamento que dirigir y compromisos ineludibles.

No puedo permitirme abandonar mi trabajo para seguir indicios dispersos hacia tablillas que posiblemente conduzcan a callejones sin salida.

Lo sensato sería informar de la desaparición del doctor Plunder a las autoridades y dejar de perseguir sueños imposibles.

Andrew bajó la mirada ante la negativa de la doctora. Aun así, se obligó a responder.

—Lo comprendo de veras, doctora —dijo con voz apagada, intentando mantener la compostura—. Ha hecho mucho más de lo que podía pedirle.

—Ha sido un placer colaborar con usted —añadió ella mientras recogía su bolso—. Espero que, si decide seguir adelante, tenga cuidado.

Se dirigió hacia la puerta con paso firme, sin mirar atrás. Ya en el umbral, se giró levemente.

—Cuídese, profesor.

Y salió.

La puerta se cerró con un golpe seco, breve, que dejó en el aire un silencio más profundo que antes. Andrew se quedó solo con las fotografías sobre la mesa, las manos temblorosas y la amarga sensación de que, de nuevo, alguien acababa de marcharse dejándolo atrás.

«Qué ironía, Sarah se marchó por no arriesgarme. Nadia, porque estoy dispuesto a hacerlo demasiado»

Sin embargo, mientras observaba el símbolo que Plunder le había enviado, una idea empezó a tomar forma en su mente. Silenciosa. Obstinada. A pesar de toda su inseguridad, lo susurró.

—No pienso dejar esto incompleto…

En ese momento, un recuerdo fugaz atravesó su mente como un destello: el mensaje de Vartan y aquel número de teléfono. Aquel nombre no le inspiraba la menor confianza, pero, sin duda era el último recurso que le quedaba.

Andrew tragó saliva y, por primera vez, se preguntó si había llegado el momento de marcarlo.

Se sentía como un náufrago perdido en medio de un océano de dudas, misterios y conspiraciones.

No le quedaba otra opción y comprendió algo con una claridad incómoda: si quería descubrir qué se ocultaba en lo más profundo de todo aquel asunto, tendría que adentrarse en la oscuridad.