Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 2 LA EXPERTA #3
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2 LA EXPERTA #3

—Traeré café —propuso Andrew, mientras se le escapaba una risilla pícara, como la de un niño que pretende hacer alguna travesura.

—Me refería a días, profesor. Da igual. ¡Y algo para comer! No he probado nada decente desde que salí de mi maldita casa.

—¡Yo me encargo! —exclamó mientras se dirigía hacia la puerta del despacho en busca de comida.

Tomaron unos sándwiches de aspecto industrial, acompañados de ensalada y un par de refrescos.

No era precisamente un manjar, pero el hambre pudo más que sus escrúpulos y no tuvo más opción que devorar su ración.

En aquel momento su hambre era más fuerte que sus principios.

Más tarde, después de comer, Andrew se recostó en una de las sillas mientras la doctora Al-Hassan estudiaba meticulosamente los documentos sobre el escritorio del profesor.

No pudo evitar fijarse en un pequeño marco que reposaba sobre la mesa.

Lo agarró y observó la fotografía: mostraba al profesor de joven, junto a un amigo en bañador y sin camiseta, posando frente a un pequeño lago durante una soleada tarde de verano.

Pasó un largo lapso de tiempo y ella continuaba escudriñando los documentos en un silencio absoluto.

El profesor pensó en interrumpirla en varias ocasiones, pero decidió no hacerlo.

Lo correcto era mantener la calma y tener paciencia…

y la tuvo. Tanta, que a punto estuvo de no percatarse de que su clase comenzaba en cinco minutos.

— ​ ¡Maldita sea!

—¿Qué demonios ocurre?

—Tengo que dar clase y empieza en cinco minutos. ¡Con todo este embrollo casi se me olvida! Estaré fuera aproximadamente hora y media— expresó a la vez que ojeaba el reloj. —Ni que decir tiene que tiene mi despacho a su total disposición.

A Nadia la interrupción le vino mejor de lo que dejó ver.

—No se preocupe, doctor, vaya a impartir esa lección. Estoy segura de que sus alumnos le esperan con impaciencia.

El tejano profesor no era muy hábil en lo concerniente a las relaciones sociales, pero detectó la ironía en las palabras de la mujer y la encajó con una sonrisa de complaciente pasividad.

Se apresuró a recoger todo el material necesario y cuando estuvo a punto de franquear la puerta giró sobre sus talones.

—Si lo precisa, puedo llamar al profesor Staunton. Es lo más parecido a usted que tenemos en la universidad y aunque no tiene su nivel, podría ayudarla …

—¡No es necesario! Creo que podré apañármelas yo sola. —le interrumpió ella de manera brusca.

—Claro, disculpe. Me voy ya.

El profesor salió pitando de la estancia y su nueva colaboradora pudo entonces continuar con sus labores, sin tener al profesor vigilando cada uno de sus movimientos.

Tras casi dos horas Andrew irrumpió en su despacho como quien vuelve de una batalla en la que claramente ha resultado perdedor. Depositó sus libros en la estantería de la entrada y sintió un gran alivio al comprobar que la doctora aún seguía allí.

—Me alegra saber que no ha escapado de esta locura de universidad, doctora. Hay alumnos que no sé en verdad por qué se encuentran matriculados en mi clase. En fin… ¿Ha descubierto algo de entidad?

—Esta información no está registrada—murmuró.

—¿Perdón?

La mujer le indicó que tomara asiento.

—Verá, he revisado prácticamente todos los catálogos de tablillas conocidas, incluidos los privados y los digitalizados por el Museo británico y el Louvre —respondió Nadia sin levantar la vista de sus notas, como si estuviera leyendo en voz alta—.

Y esta no está en ninguno de ellos. Ni siquiera en colecciones no declaradas.

No es un texto ordinario. No es un inventario o una crónica proveniente de un templo. Es una advertencia.

—¿Una advertencia?

—Entre otras cosas —sugirió Nadia—. La doctora le explicó de forma escueta el significado de algunas anotaciones manuscritas de Plunder, los pasos previos de este y unas pinceladas de la procedencia de las tablillas, y su contenido a grandes rasgos.

—Mucho me temo que voy a necesitar unos cuantos días para poder traducirlas y analizar los documentos como es debido. Para eso y para sacarle partido al hotel de cinco estrellas que la Universidad Brice va a costearme gracias a usted, buen profesor…

—Puede tutearme —dijo Andrew, sin estar seguro de cómo se había dirigido hacia ella desde que la había conocido.

—Tal vez lo haga —respondió la doctora con una sonrisa pícara y un guiño de ojo que provocó al profesor un temblor de estómago.

—Antes de que lo pregunte, no sé cuánto tiempo tardaré, así que no me llame. Yo contactaré con usted tan pronto tenga el material de Plunder bien mascado.

Acto seguido, recogió sus efectos personales, los archivos de Plunder y salió del despacho.

«Muy bien Andrew. Consigues traer a una experta de Harvard hasta tu puerta y tienes que interrumpir la maldita reunión para dar clase a unos cuantos niñatos distraídos ¡Genial!»

Ahora solo cabía esperar a que la doctora Al-Hassan volviese a contactar con él. El profesor no podía siquiera imaginar que aquello no era más que el comienzo.