2 LA EXPERTA #2
Nadia lo miró en silencio. Durante unos segundos no dijo nada.
Pero, en lo más profundo de su mente, un recuerdo del pasado irrumpió con una fuerza repentina.
Un recuerdo de cuando pudo presenciar de primera mano, la extraña química que había unido al arqueólogo de renombre Stephen Plunder con la doctora Al-Hassan.
***
15 de agosto de 2026 a las 16:23 horas.
Zona de Raqqa, Siria.
Nadia Al-Hassan.
Cuando el reputado Stephen Plunder contactó con la doctora Al-Hassan, lo hizo movido por su prestigio. Lo que no podía imaginar era que acabaría impresionado también por todo lo demás.
El sol abrasador caía sobre las tiendas del campamento arqueológico.
El paisaje, surcado por multitud de grietas abiertas por la sequía persistente, era demasiado árido para que nadie en su sano juicio quisiera vivir allí.
El asfalto abrasador desprendía un vapor tembloroso que distorsionaba el horizonte al mirarlo de lejos.
El aire estaba viciado: olía a gasolina, a tierra seca y a diferentes especias que impregnaba las calles.
Un grupo de milicianos había tomado la zona y los investigadores se preparaban para evacuar en una camioneta. Con ellos viajaban tres mujeres completamente cubiertas con prendas tradicionales: hiyab y abaya.
En ese momento, varios de aquellos hombres armados con fusiles de asalto AK-47 rodearon la camioneta.
Los viejos fusiles de asalto de fuego selectivo y aspecto ajado, los apuntaban sin vacilar.
Nadia Al-Hassan sujetaba una caja cuyo contenido solo había visto el jefe de la expedición, Stephen Plunder.
La presencia de aquellos salvajes armados, el polvo espeso que flotaba en el ambiente y el calor asfixiante convertían aquella escena en un verdadero infierno.
Todo transcurrió como si la propia Nadia se contemplara a sí misma desde los ojos de alguna de aquellas mujeres sentadas en la camioneta.
Se trataba de mujeres completamente ocultas y que no emitían el más leve ruido.
Tan solo se limitaban a observar con atención.
Dos de ellas tenían tristeza en la mirada.
De repente, la doctora Al-Hassan escuchó una voz grave y tranquila.
—No piense en salir de aquí sin el contenido de esa caja, doctora. Si lo dejamos ahora, lo perderemos para siempre.
Se giró. Stephen Plunder, cubierto de polvo hasta las cejas, sonreía como si aquello fuera una excursión de domingo.
—¿Está usted loco? Nos están apuntando con fusiles automáticos… —susurró, incrédula.
—Eso les dará un valor incalculable. Créame, si alguien debe sacar esto de aquí, es usted. Yo cubriré la retirada —dijo, mostrándole un revólver que llevaba escondido debajo de la camisa.
—¿Cubrir la… retirada? No va a disparar a nadie, doctor Plunder.
—Con suerte, no —replicó encogiéndose de hombros—. Pero tras tanto esfuerzo para conseguirlo, nadie se va a llevar ese material sin tener que pelear.
Nadia apretó los labios. Después, sin comprender muy bien por qué, asintió.
—Está bien, pero si salimos vivos de esto, me invitará a un café.
Él sonrió de un modo que, pese a todo, a la arqueóloga le pareció entrañable.
—Dos, si además no me matan.
De repente, una explosión estalló a menos de cien metros. Los milicianos empezaron a correr hacia el lugar de la detonación. Fue entonces cuando el conductor de la camioneta pisó el acelerador y, con una sacudida brutal, sacó a los investigadores de la zona de guerra.
Se habían salvado por muy poco. Aquel café terminó convirtiéndose en largas sesiones de conversación y trabajo compartido.
Sesiones que, sin que aquellos eruditos siquiera se percatasen, eran observadas y analizadas al detalle por la mujer, cuyos ojos carecían de la tristeza de las dos mujeres sirias que con ellos escaparon en la camioneta.
Con el paso del tiempo, Nadia Al-Hassan se convirtió en una persona fundamental en la vida del reputado arqueólogo Stephen Plunder.
***
27 de abril de 2027 a las 09:38 horas.
Universidad Brice, Houston, Texas.
Andrew Summons y Nadia Al-Hassan.
De vuelta en el despacho, Nadia cerró por completo los ojos durante un segundo.
—Con que te lo envió y desde entonces está desaparecido… —murmuró al fin.
Andrew asintió. La mujer lo miró fijamente. Y por primera vez desde que había llegado, en su expresión no había ironía ni impaciencia; solo una seriedad templada y un leve destello de fingida tristeza.
—Está bien —dijo, inspirando hondo—. Empieza desde el principio. Enséñame las imágenes. Y no te atrevas a ocultarme nada…
El arqueólogo asintió, visiblemente aliviado, y colocó los archivos sobre la mesa.
Fue deslizando poco a poco las fotografías.
Nadia se inclinó hacia delante y tomó la primera con ambas manos.
Durante unos segundos la observó con absoluta concentración, como si alguna tablilla pudiera revelarle un secreto milenario.
Después, ojeó la segunda fotografía. El ceño se le frunció un poco más.
—¿Y qué dicen? —preguntó Andrew, incapaz de contenerse.
Nadia permaneció en silencio un poco más y dejó escapar un leve suspiro. Aquel hombre necesitaba respuestas mucho antes de lo que ella tardaría en obtenerlas.
—Necesitaré tiempo para examinar con detalle las fotografías y los archivos que Plunder le envió, profesor.