2 LA EXPERTA
«Una buena compañía en un viaje
hace que el camino parezca más corto».
Universidad Brice, Houston, Texas.
Andrew Summons.
«¡P or fin un poco de suerte!», pensó victorioso. Se había hecho con el último sándwich de pastrami de la máquina autoservicio cuando escuchó una voz grave a su espalda.
—Profesor Summons, le sugiero que se dé prisa… —le recomendó el rector, que buscaba un determinado producto en la misma máquina. El joven levantó la vista sin comprender lo que escuchaba.
—¿Cómo dice?
—La doctora Nadia Al-Hassan lleva veinte minutos esperando en la puerta de su despacho.
Andrew casi se atraganta.
—¿Ve… veinte minutos? Pero si nadie me ha informado. ¿Y ya ha llegado?
—Y con muy pocas ganas de estar aquí. Por cierto, la universidad correrá con todos los gastos de desplazamiento, alojamiento y manutención de la doctora Al-Hassan, así que espero que el gasto merezca la pena.
—¡Por supuesto, señor rector! Lo valdrá, se lo aseguro —respondió mientras recogía sus cosas la mayor rapidez que le permitían sus nerviosas manos.
—Una última cosa, profesor Summons. Esto ha sido un favor personal del rector Winters, a quien considero un gran amigo. Todo deberá salir a pedir de boca. Por su bien… —hizo una breve pausa—. ¡Anda, ha encontrado usted mi sándwich!
Davis lo dijo con una ironía implacable, justo antes de arrebatarle el sándwich de la mano. Acto seguido, giró sobre sí mismo y se alejó con paso firme.
Andrew, incapaz de creer lo que acababa de ocurrir, salió corriendo por el pasillo mientras murmuraba para sí.
—¡Genial! Me odia y, encima, me roba el sándwich.
Al llegar a su despacho se detuvo un instante para recuperar el aliento. Luego abrió la puerta con una sonrisa que rozaba lo desesperado. Nada más entrar se dio de bruces con una mujer cuya elegancia encajaba mejor en zonas de guerra que en bibliotecas.
Medía alrededor de un metro setenta. Era delgada y fibrosa, casi musculada.
De hecho, al profesor le sorprendió lo atlética que parecía su figura.
Su rostro era anguloso, de facciones finas y rasgos que rozaban lo oriental.
Sobre unos ojos negros, intensos, descansaban finas cejas y unas pestañas extraordinariamente largas que acentuaban aún más su mirada.
La nariz, sutil, se dibujaba sobre un par de labios carnosos y rosados, formando un conjunto de proporciones armoniosas y perfectas.
La mujer mantenía una expresión seria y cansada, como si hubiese visto demasiado y, aun así, estuviera dispuesta a seguir mirando .
Aquella mañana, Nadia Al-Hassan vestía una camiseta de manga corta verde oscuro y unos pantalones vaqueros muy ajustados, combinados con botas negras de montaña. Llevaba el cabello recogido en una coleta que dejaba al descubierto un cuello estilizado.
Andrew no esperaba encontrarse con una mujer así. La había visto en fotos de excavaciones que no le hacían justicia; en ellas parecía una persona completamente diferente. Desde luego, la mujer que se hallaba ante él poseía una belleza imponente, peligrosa y difícil de ignorar.
—¿Doctora Al-Hassan? Bienvenida a la Universidad Brice —dijo con entusiasmo exagerado—. Es un auténtico honor tenerla aquí.
Nadia, de pie junto a la ventana con los brazos cruzados, le dirigió una mirada que podría haber congelado el río Tigris.
—Espero que así sea, profesor Summons. Tuve que cancelar una barbaridad de trabajo para venir a ayudarle con lo que sea que esté haciendo…
Andrew tragó saliva. Aquella mujer irradiaba tanta seguridad en sí misma que le provocaba una extraña mezcla de terror y admiración.
—Sí, sí, y se lo agradezco infinitamente. Créame, no suelo pedir este tipo de favores.
—Me alegra oírlo, porque yo no suelo hacerlos —respondió, lacónica.
—Entendido —respondió Andrew con una sonrisa nerviosa, haciendo un gesto hacia la mesa repleta de documentos—. ¿Qué tal fue el vuelo? Espero que transcurriese sin imprevistos.
—Atropellado y caótico, pero bien.
—He oído que van a incrementar la financiación destinada a su departamento…
—No me han notificado nada.
—¿No? Qué raro, juraría que la semana pasada leí un artículo…
—Vaya al grano, doctor Summons. Me encuentro demasiado cansada y hambrienta.
—¡Claro! Si le parece, puedo empezar explicándole lo que nos acontece…
—Adelante —dijo Nadia, mientras tomaba asiento, sin perder ese aire de he visto cosas peores… pero pocas.
Andrew respiró hondo. «Perfecto, ahora solo tengo que explicarle que el motivo de su estancia, a miles de kilómetros de su casa, es una auténtica farsa», pensó.
Nadia se sentó al otro lado del escritorio, cruzó las piernas y lo observó fijamente, como si estuviera preparada para comenzar un interrogatorio del FBI. Saber que allí mandaba ella era un aspecto que gustaba mucho a su otra yo
Él, por un instante, se olvidó de respirar. Su tan ansiada visita tenía unas facciones delicadas y serenas, casi esculpidas, y unos ojos oscuros y profundos que daban la inquietante sensación de estar viéndolo todo. Incluso aquello que el profesor tratase de ocultar.
—Bien. Me han informado de que se va a organizar un campeonato interestatal sobre culturas mesopotámicas y que yo estoy aquí para ayudarle. Estoy casi segura de que nuestros respetados rectores se deben más de un favor —añadió—. En fin, explíqueme cómo quiere enfocar la preparación del campeonato.
Andrew parpadeó como si acabaran de sacarlo de un sueño con una bofetada.
—¿La… programación del campeonato? —balbuceó.
—Sí —replicó Nadia, arqueando una ceja, con aspecto airado—. El simposio que, según su rector, va a preparar para mejorar las notas del cuatrimestre. ¿Cómo piensa organizarlo? Se supone que para eso estoy aquí…
El arqueólogo tragó saliva y notó cómo le temblaban los dedos. Por unos momentos sus ojos trataron de evitar cualquier contacto, por fugaz que fuese, con aquellos espejos negros con los que la mujer lo escudriñaba.
—Verá, doctora, yo… —se aclaró la garganta. Estaba tan ab sorto pensando en cómo pedirle ayuda con la investigación de Plunder que se había olvidado por completo de la absurda mentira que le había contado al rector—. En realidad, ese no es el verdadero motivo por el que está usted aquí.
Se hizo un silencio pesado. Nadia parpadeó una vez. Después se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Perdón? —susurró con una voz tan afilada que podría haber cortado granito—. ¿A qué diablos se refiere con que ese no es el verdadero motivo?
Andrew se removió en la silla como si tuviera un resorte bajo el asiento.
—Es que recibí unas imágenes de un amigo que ha desaparecido. Puede estar en problemas. Incluso podría haber muerto.
—No me lo puedo creer… —comenzó con una indignación teatral—.
¡No es de mi incumbencia lo que haya recibido o que la persona que se lo envió se encuentre en peligro!
—espetó Nadia, con frialdad calculada, a la vez que se ponía en pie, de golpe—.
Tengo una pila de trabajo más grande que esta universidad, artículos que entregar y alumnos que supervisar.
¿¡Y me ha traído hasta aquí para decirme que la estupidez que me contaron no era el verdadero motivo!
? Se lo advierto: voy a hacer todo lo que esté en mi mano para arruinarle la carrera.
Cada vez estaba más seria y furiosa. Desde luego se sentía poderosa dentro de aquella máscara.
Andrew se sintió más intimidado por aquella furibunda mujer que por mil rectores juntos. La doctora lo fulminó con una mirada llena de reproche y totalmente desprovista de cualquier sentimiento, salvo una fría y despiadada venganza.
—¡Tendrá noticias mías, doctor! Se lo aseguro.
Recogió su bolso y la carpeta en varios rápidos y marcados movimientos, y se dirigió hacia la puerta. El profesor bajó la cabeza en silencio, con un nudo en la garganta.
—Supongo que Plunder puede haber muerto para nada… —murmuró con una voz triste, apenas audible.
La doctora Al-Hassan se detuvo en seco. El profesor Summons no alcanzó a verla, pero al escuchar ese nombre, ella abrió los ojos de par en par, en un gesto que mezclaba sorpresa y una extraña sensación de alivio.
La puerta se quedó entreabierta. Ella permaneció inmóvil durante varios segundos, apenas respirando.
Lentamente giró la cabeza y lo miró con una incredulidad cuidadosamente fingida.
—¿Plunder? —preguntó—. ¿El doctor Stephen Plunder es su amigo en problemas?
Andrew levantó la mirada y asintió despacio, con un brillo triste en los ojos. Tras un profundo suspiro que revelaba la lucha interna entre su furia y su compasión, la doctora Al-Hassan cerró la puerta. Acto seguido dejó el bolso sobre la silla y se sentó sin decir una sola palabra.
—Explíqueme todo —dijo al fin, mucho más seria, aunque con un matiz de desconcierto y pesar en la voz.
Andrew, todavía en pie, la miró con una mezcla de incertidumbre y curiosidad. Se sintió como un niño que desconfía del payaso en la pista del circo, pero que aun así no puede evitar mirarlo.
—¿Lo conocía en persona? —preguntó Andrew.
La doctora Al-Hassan lo contempló con calma y, por primera vez desde que había entrado en el despacho, pensó que quizá Andrew Summons no era tan insustancial como le había parecido en un principio.
—Así es —respondió—. Ahora explíquese.
El arqueólogo respiró hondo, tomó asiento frente a ella y, con un hilo de voz, empezó a hablar.
—Hace unas noches recibí un correo electrónico con varias imágenes y un vídeo adjuntos.
Provenían del doctor Plunder, quien afirmaba estar en serios problemas —hizo una breve pausa para asimilar sus propias palabras—.
Yo no tengo ni idea de lo que pueden significar esos archivos ni de qué quería que viera en ellos.
Lo único que sí sé es que el trabajo de Plunder debía ser lo bastante valioso, o lo bastante peligroso, como para que alguien quisiera verlo desaparecer. O incluso muerto.