1 UN ENIGMA EN LA NOCHE #5
—Haga el favor de cerrar al salir —ordenó sin siquiera levantar la mirada de sus papeles, justo cuando el profesor estaba a punto de abandonar la estancia.
Al cerrar tras de sí, Andrew sintió que se le formaba un ligero nudo en el estómago: acababa de mentir nada menos que al rector de su universidad, a su máximo jefe. A partir de ese momento tendría que andar con mucho cuidado.
** *
21 de abril de 2027 a las 13:18 horas.
Dpto. Estudios del Cercano Oriente, Universidad de Harvard.
Nadia Al-Hassan.
La doctora Nadia Al-Hassan se encontraba en silencio en su abarrotado despacho. Mapas de arcilla, fotografías de excavaciones y montones de artículos pendientes de revisión se amontonaban sobre la mesa, dejando apenas espacio para el portátil.
Permanecía absorta sobre unos apuntes escritos a mano, como si en ellos se ocultara una dificultad mayor de la que estaba dispuesta a admitir.
—Desde luego, este es el trabajo más complicado hasta la fecha… —pensó.
Fue entonces cuando percibió una presencia en la puerta entreabierta. Un asistente administrativo, un muchacho que difícilmente superaría los veinticinco años, asomó la cabeza con visible incomodidad.
—Doctora Al-Hassan, traigo un comunicado urgente del decanato.
El joven, nervioso e inseguro por la falta de respuesta, repitió el mensaje.
—Doctora Al-Hassan, siento molestarla, pero traigo un comunicado urgente del decanato.
Le costó alzar la vista, como si la interrupción la hubiese sacado de una concentración profunda. O quizá solo fingía que así fuera. Finalmente accedió a levantar lentamente la mirada y frunció el ceño.
—¿Es que no sabe llamar a la puerta? ¿Qué quiere?
—Mis disculpas, doctora… —respondió él, tensándose al instante—.
El rectorado me envía para informarle de que el máximo responsable de la Universidad Brice, en Houston, ha solicitado expresamente su colaboración.
Según consta en el escrito, debe asistir a un docente de di cha universidad.
Un tal… —bajó la vista al papel— Andrew Summons.
Nadia dejó el bolígrafo sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—¿Cómo dice? Me encuentro demasiado atareada. Tengo artículos que corregir y un simposio que preparar. No puedo cruzar medio país por un simple capricho académico.
El asistente tragó saliva.
—Lo entiendo, doctora, pero se trata de una solicitud directa del rectorado. Es una colaboración institucional—. Hizo una pausa, incómodo.
Nadia arqueó una ceja, pero se ciñó a su cometido.
—En ese caso, explíqueme al menos por qué debería trasladarme a Texas. ¿Qué se supone que voy a hacer allí?
El joven se apresuró a tenderle una hoja con el mensaje oficial. Nadia la tomó con brusquedad y la leyó en silencio.
«…se requiere su asistencia para asesoramiento inmediato en materia de escritura y simbología mesopotámica con fines académicos…».
Dejó escapar una leve carcajada, extrañamente cercana a una celebración, y posó el papel sobre la mesa.
—¿Debo viajar a otro estado por un simple campeonato? En fin… ¿Cuándo sale el vuelo?
—Mañana a las siete de la mañana.
Nadia alzó las cejas.
—Magnífico. Encima me obligan a madrugar. ¿Y si me niego?
El asistente evitó su mirada.
—Lo siento, doctora, no sabría decirle. No soy más que el mensajero…
Nadia permaneció en silencio unos segundos.
Después se puso en pie con una lentitud deliberada.
Rodeó la mesa sin apartar los ojos del muchacho, sin realizar gesto brusco alguno.
No le hizo falta. Había algo en su manera de avanzar, firme y contenida, que bastó para que el asistente retrocediera un paso.
Luego otro. Hasta que terminó apoyando la espalda contra la pared .
Nadia se detuvo a escasos centímetros de él.
—Un mensajero que no llama a la puerta… Escúcheme bien —dijo en voz baja.
El muchacho apenas respiraba. —La próxima vez que entre en mi despacho sin llamar, procure hacerlo con la educación suficiente como para no irritarme antes de abrir la boca.
El asistente asintió de inmediato.
—Sí… sí, doctora.
Ella sostuvo su mirada un instante más, como si quisiera comprobar hasta qué punto podía quebrarlo sin tocarlo siquiera.
—Deje el documento sobre la mesa y salga de aquí.
—Sí, doctora. Ahora mismo.
El joven obedeció con torpeza y abandonó el despacho casi tropezando al cerrar la puerta tras de sí.
Cuando volvió a quedarse sola, Nadia se giró lentamente hacia el espejo que colgaba junto a una de las estanterías.
Durante unos segundos contempló en silencio el rostro que le devolvía el cristal.
Aún había una mínima rigidez en sus facciones, un resto de inseguridad que la irritó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Recordó el día en que Winters la recibió por primera vez en la universidad.
Aquella leve vacilación inicial. Aquella sensación incómoda de no hallarse todavía del todo asentada en su nueva posición. Hacía mucho que no se sentía así.
Sin embargo, allí, en medio de la tensión, en el terreno de juego, todo le resultaba más sencillo. Más natural.
Inspiró hondo.
—Tú eres Nadia Al-Hassan —se dijo a su propio reflejo—. No debes dudar. Lo harás bien.