Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito 1 UN ENIGMA EN LA NOCHE #4
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1 UN ENIGMA EN LA NOCHE #4

Cuando por fin aparcó en la zona reservada para el profesorado, todavía quedaban un buen rato para el comienzo de su primera clase. Respiró hondo de nuevo antes de bajar del coche y cruzó el patio central, rodeado de edificios neoclásicos, hasta adentrarse en el edificio administrativo.

No pasó por su despacho. Se fue directo al ascensor y subió hasta la última planta. Allí se alzaba la imponente puerta que daba acceso al despacho del distante rector Davis.

El rector Edmond Davis era un hombre de cincuenta y siete años, de complexión robusta, piel oscura y mirada penetrante.

De familia extremadamente humilde, había crecido en un barrio duro del sur de Chicago y había ascendido paso a paso, a base de arduo trabajo, hasta ocupar el cargo más alto de la Universidad Brice de Texas.

Desde luego, se trataba de un hombre de férreos valores y valiosos contactos.

Un mago tenebroso se le habría antojado más accesible…

Andrew, nervioso como estaba, llamó a la puerta con demasiada suavidad.

Si pretendía convencer al rector, primero debía confiar en sí mismo.

—¿Sí? —se escuchó desde el interior, con aquella voz grave que parecía llenar la estancia sin necesidad de alzarla.

Andrew asomó la cabeza.

—Señor Davis, ¿tiene un momento?

Este lo observó con atención antes de asentir y señalar una de las sillas frente a su escritorio.

—Dígame, profesor Summons.

Se sentó, intentando sonar natural, calmado.

—Vengo para pedirle un favor.

—¿Un favor, dice? Soy el rector de la universidad, no el capo de una mafia. En fin, dígame qué quiere.

Andrew se aclaró la voz antes de hablar, tratando de liberar algo de tensión.

—Me preguntaba si podría ponerme en contacto con un experto en culturas mesopotámicas, más concretamente en la cultura babilónica. Necesitaría a alguien verdaderamente especializado.

Davis dejó el bolígrafo, levantó la cabeza y apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos sin apartar sus ojos oscuros de Andrew.

—¿Y por qué, exactamente, necesita algo así? Podría recurrir a cualquiera de nuestros profesores adjuntos del departamento de Antropología. Hay varios que conocen la materia lo suficiente.

Aquella respuesta se le antojó contundente y más fría que el invierno reciente.

El arqueólogo mantuvo la mirada y procuró no titubear.

Aquella sugerencia lo desarmó por completo.

Necesitaba argumentos de peso o todo se vendría abajo por sí solo.

Lo asaltaba el temor de no tener la suficiente entereza y descaro y luchó con todas sus fuerzas por no cejar en su empeño.

—Lo sé, rector —balbuceó, inseguro—. El motivo reside en el próximo campeonato interestatal de conocimientos sobre las culturas mesopotámicas que han existido a lo largo de los siglos.

Sé que no soy el profesor idóneo para la tarea, pero esto me ayudaría a enfocar mi especialización en culturas de Oriente Medio, algo que estoy decidido a desarrollar…

Poco a poco fue ganando confianza en sus propias palabras, como si cuanto más mentía, menos le importara que Davis pudiera percatarse de ello.

—Además, el premio son unos cuantos miles de dólares de beca y tendrá lugar el próximo año.

Estoy dispuesto a programar una formación específica para los alumnos que deseen participar.

También lo valoraría para que pudiesen optar a mejorar su nota final, teniendo en cuenta las diferentes aptitudes de los aspirantes.

Davis lo escudriñaba con aquellos grandes y penetrantes ojos, rodeado de un aura silenciosa e inquietante. Andrew estaba a punto de claudicar, pero, por suerte, no lo hizo.

—Ya sabe, el trabajo en equipo, la capacidad de obtener la información para la formulación de hipótesis, etc.

Digamos que sería un objetivo enriquecedor para todas las partes implicadas.

—Estaba demasiado nervioso. Volvió a carraspear para liberar la tensión y expresó una fugaz mentira—.

En cuanto a su sugerencia, uno de los aspectos que más se tendrán en cuenta en las exposiciones será la aportación de nuevos datos verificados y contrastados, que no se hayan incluido previamente en estudios conocidos.

El único inconveniente es que mi especialidad, como usted bien sabe, se centra en el ámbito clásico mediterráneo, en Egipto, para ser más preciso…

—puntualizó, remarcando la última frase.

Hizo una pausa, buscando alguna reacción del rector, pero este no dijo nada. Summons, por su parte, procuró mantener la entereza y continuó con el engaño:

—Por ello, preferiría formarme primero con alguien realmente capacitado antes de preparar a los aspirantes. Ese es el motivo por el que le solicito que me ponga en contacto con la doctora Nadia Al-Hassan, de Harvard.

Un silencio denso se instaló en la sala. Davis no respondió de inmediato. Sus ojos escrutaban a Andrew como si intentara leer entre líneas. Tras unos segundos, se recostó en la silla.

—En primer lugar, conozco a la perfección su especialidad, profesor Summons.

Y en segundo, ha estado usted muy acertado.

La cultura mesopotámica no forma parte de su currículo…

—expresó Davis con un tono tan pausado que al solicitante le parecieron horas—.

Pero si esto es realmente con fines didáctico-formativos, veré qué puedo hacer.

Aunque no le garantizo nada. Ahora, si me disculpa, tengo otros asuntos que atender.

Andrew inclinó ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento.

—Se lo agradezco de verdad, señor.

Se levantó, dio las gracias una vez más y se dispuso a abandonar la oficina con paso ligero cuando oyó la voz del rector a su espalda, como un dardo envenenado.