1 UN ENIGMA EN LA NOCHE #3
Sarah Miller había sido su pareja durante nueve años.
Nueve. Casi una vida entera. Cuando a ella le ofrecieron un puesto en un bufete importante al oeste de Los Ángeles, le pidió a Andrew que se mudara con ella.
Él se negó y se escudó en la banal excusa de que tenía su carrera y su vida en Texas, pero a Sarah nunca la pudo engañar.
Siempre supo lo mucho que aterraba a Andrew arriesgar en la vida, aunque con ello arrastrase su relación al abismo.
Después llegaron las conversaciones tensas, las discusiones, los silencios cada vez más largos.
Al final, su carrera profesional como abogada se impuso sobre la cobardía de su novio, y se marchó.
Hacía cuatro meses de aquello, y Andrew estaba muy lejos de haberlo superado.
Comieron entre comentarios ligeros, recuerdos nostálgicos y pequeñas bromas domésticas.
La lasaña estaba tan buena como de costumbre, y la tarta de queso al horno con mermelada de arándanos que había preparado Joe remató la comida con una perfección casi obscena.
Durante un rato, Andrew logró fingir que todo estaba bien, que nada había cambiado y que aquella mesa aún era un refugio suficiente.
Pero el correo de Plunder no dejaba de regresar a su mente.
Aquellas imágenes. Aquel vídeo. La sensación de que algo se estaba moviendo en la oscuridad y él, por algún motivo imposible de entender, había sido arrastrado al centro.
Cuando terminaron de comer y la conversación derivó hacia esa sobremesa tranquila de las casas donde hay confianza, Andrew sintió que ya no podía seguir dándole vueltas él solo.
Se aclaró la garganta.
—Joe… ¿te puedo pedir consejo?
Joe dejó la taza sobre la mesa y lo miró con atención.
—Claro, muchacho. Tú dirás.
Andrew vaciló. No quería dar demasiados detalles. Si Plunder estaba realmente metido en algo peligroso, cuanto menos supieran ellos, mejor.
—Bien… imagina que se te presenta un problema importante —empezó despacio—.
En tu interior sabes, más o menos, qué deberías conseguir, pero no sabes muy bien cómo hacerlo ni en quién confiar.
Y tienes dos opciones: acudir a alguien completamente desconocido, de manera poco ortodoxa, con la posibilidad de que pueda ayudarte…
o recurrir a los cauces oficiales, aunque sospechas que quizás no basten. Que, incluso, sea contraproducente…
Joe frunció ligeramente el ceño y se pasó la mano por su blanca barba al tiempo que asentía despacio, un gesto que Andrew conocía demasiado bien.
—La pregunta no es fácil, Andy. Para responderte bien necesitaría saber más. Pero dime una cosa: ese problema… ¿es importante para ti?
Andrew dudó una décima de segundo.
—Es importante para alguien a quien aprecio. Mucho. Y creo que podría ser algo vital.
Joe se disponía a responder cuando María le puso una mano en el hombro y le dedicó una sonrisa suave, de esas que encierran una decisión tomada.
—Esta vez hablo yo, amor.
Joe asintió y se echó ligeramente hacia atrás.
La expresión de María se volvió más serena.
—Andy, la muerte de tu padre derrumbó mi mundo. No te exagero si te digo que fue el golpe más duro de toda mi vida. En aquel momento pensé seriamente en volverme a España. Allí tenía a mi familia, a mi gente, mi vida entera. Habría sido lo más fácil. Lo más lógico.
Le lanzó a Joe una mirada cómplice.
—Sí, para entonces ya había conocido a este pesado —dijo, arrancando una leve sonrisa a ambos hombres—. Pero, aun así, marcharme me parecía lo más sensato.
Joe le apretó la mano con ternura.
—Lo que quiero decirte —continuó ella— es que, muchas veces, cuando la vida aprieta de verdad, lo fácil no es lo correcto y debes arriesgar. A veces hay que elegir el camino que da miedo. El que parece peor idea sobre el papel. ¿Sabes por qué?
—¿Por qué, mamá?
—Porque cuanto más duro es el proceso, más valiosa es la recompensa.
Andrew sonrió sin apartar la vista de su rostro.
—Yo podría haberme marchado —dijo ella con voz suave—.
Podría haber hecho lo lógico, lo prudente, lo que menos dolía en apariencia.
Pero me quedé. Y me quedé porque, pese al miedo y a la incertidumbre, sentí que aquí seguía estando mi vida.
No fue fácil. No fue limpio. No fue perfecto. Pero fue la decisión correcta .
Hizo una breve pausa antes de rematar:
—Si de verdad sientes que debes hacer algo, hijo, no dejes que el miedo decida por ti. Equivocarse duele, claro que sí. Pero vivir sabiendo que no hiciste lo que debías… eso duele mucho más.
Andrew bajó la mirada y asintió despacio. Si bien se trató de un simple ejemplo, su madre le había mostrado el camino a seguir. Tan solo le restaba decidir cómo lo iba a recorrer.
El resto de la velada había transcurrido como de costumbre, pero se hizo tarde.
Se despidió de su madre y de Joe con la calidez propia de una familia en la que siempre ha reinado el amor y el respeto.
La entrañable María se encargó personalmente de trasmitirle que no debía pasar tanto tiempo entre visita y visita.
También le recordó que tanto ella como Joe estarían ahí siempre para apoyarle en lo que necesitase.
Andrew había mirado aquellos ojos verdes, que transmitían una sinceridad transparente, tan propia de los seres queridos que velan por la seguridad de los suyos.
Él recibió el cariñoso consejo de buen grado y se comprometió a acudir más a la casa donde tantos años felices habían moldeado su infancia.
Cuando entró en su apartamento ya era de noche.
Pese a las preocupaciones que rondaban su mente, se dirigió directo a su dormitorio.
Había disfrutado de un día espléndido, y ni por todo el oro del antiguo Egipto se hubiese perdonado contaminarlo con pensamientos negativos.
Se encargaría personalmente de dar forma a la desaparición de Plunder, pero después de descansar.
Se despertó sobresaltado y empapado en sudor tras una noche en la que apenas había conciliado el sueño.
Había tenido una pesadilla en la que se veía a sí mismo en medio del desierto, frente a Stephen Plunder, que lo observaba fijamente.
Andrew intentaba correr hacia él mientras gritaba su nombre, pero por más que lo intentaba, no avanzaba ni un paso.
Ponía todas sus fuerzas, pero con cada paso Plunder se alejaba más y más, hasta desvanecerse por completo.
Despertó jadeando, con la garganta ardiendo.
Tenía un dolor lacerante en la garganta.
Era obvio que se había pasado buena parte de la noche gritando en sueños.
Miró el despertador y el diabólico aparato marcaba las siete y media de la mañana.
Salió de la cama sin perder un solo instante.
Se vistió casi sin pensar y mal desayunó un café tibio acompañado de una tostada medio quemada.
Dejó parte del desayuno en el plato mientras su mente regresaba, de forma casi obsesiva, a la figura de su mentor y a los documentos recibidos.
Por más que intentaba espantarlos, los recuerdos volvían a martillearle las sienes sin descanso.
Fuera, lo esperaba una heladora mañana. Nada más cruzar el umbral del edificio, un viento gélido le golpeó el rostro y lo obligó a cubrirse la cara con el cuello del abrigo.
Una extraña sensación de inquietud lo invadió. Era como si alguien lo estuviera observando desde algún punto impreciso de la calle. Se detuvo un segundo, contuvo la respiración y miró a su alrededor. Todo parecía en absoluta calma.
—¿Es que ya te estás volviendo paranoico? —le recriminó su yo más crítico y racional.
Con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, giró la esquina y se dirigió hacia su viejo Honda gris de 2005.
El espejo del copiloto seguía reventado, como recuerdo permanente de un aparcamiento mal calculado, y los neumáticos estaban tan desgastados que apenas conservaban dibujo.
Tampoco la pintura del vehículo gozaba de mejor estado: abundaban los rayones y desconchones.
Su madre se lo había regalado apenas seis meses antes, después de cambiarlo por un flamante biplaza deportivo como auto regalo por su merecida jubilación.
Décadas de trabajo y turnos interminables lo avalaban.
«Podría haberme regalado a mí el descapotable.
Bueno, por lo menos se acabaron los días de transporte público…
», pensó con ironía mientras pulsaba el mando de apertura.
Se metió en el coche tiritando de frío y, al cerrar la puerta, se frotó las manos para entrar en calor, expulsando bocanadas de aliento caliente para acelerar el proceso.
Ha bía sido un invierno especialmente helador y, por lo que parecía, aquella mañana no era una excepción.
Fue entonces cuando, a través del parabrisas cubierto de vaho, percibió un coche oscuro aparcado unos treinta metros calle arriba.
En su interior, dos figuras vestidas de negro parecían mirarlo fijamente, sin inmutarse.
Andrew sostuvo la mirada durante un segundo; se sintió alarmado, inseguro.
Parpadeó y, al hacerlo, las figuras apartaron la vista con una sincronía casi antinatural.
—Mantén la calma, chalado…— se dijo en voz baja, intentando controlar el temblor de sus manos. Giró la llave en el contacto mientras el sedán oscuro, que no le había dado buena espina, se alejaba calle abajo. La tensión disminuyó, aunque no por completo.
El motor protestó unos segundos antes de encenderse y Andrew emprendió su trayecto hacia la universidad. Encendió la radio en un intento por mantener la mente en blanco, pero el eco de sus sospechas seguía palpitando cada vez que miraba de reojo el espejo retrovisor.
El trayecto hasta la Universidad Brice transcurrió bajo un cielo gris plomizo y dentro de la rutina propia de las grandes ciudades. El sonido de la radio llenó el habitáculo por completo, para no dejar demasiado espacio a los pensamientos.