1 UN ENIGMA EN LA NOCHE #2
Sintió un impulso casi infantil de salir corriendo de la casa.
En lugar de eso, respiró hondo, volvió a sentarse y, contra todo pronóstico, levantó de nuevo la tapa del portátil.
La ventana había desaparecido. En su lugar, había un nuevo mensaje en su bandeja de entrada.
Era corto y extraordinariamente cortés. Lo abrió.
Asunto: Profesor Summons – A su disposición
Remitente: Vartan Arakel
Estimado profesor Summons:
He sabido que mi colaborador, el doctor Stephen Plunder, le hizo llegar parte de su trabajo antes de su desaparición.
En primer lugar, quiero expresarle mi preocupación por tan desafortunado suceso.
No obstante, debido al compromiso que me liga a su colega, me ofrezco a hablar con usted en privado.
Mi intención es poner a su disposición todos los recursos necesarios para completar la investigación del doctor Plunder.
Tengo razones para creer que usted es la única persona que puede continuar su trabajo, que es de vital importancia para mí. Por ello, le sugiero que contacte conmigo cuanto antes.
Teléfono 555849276.
V. Arakel.
Al final del mensaje aparecía una firma mecanografiada y un número de teléfono directo.
Se recostó en la silla. A lo lejos, un trueno retumbó sobre la llanura tejana. Por un momento tuvo la absurda sensación de hallarse en medio de algo inevitable. Tras unos instantes de reflexión, creyó que sabía lo que tenía que hacer.
Imprimió los archivos que había recibido y puso por escrito las misteriosas indicaciones de Plunder.
Después borró el correo, eliminó los archivos recibidos y vació la papelera del ordenador.
Tal vez, siguiendo el consejo de su antiguo profesor, lo hacía por seguridad…
o quizá por miedo. Ni él mismo sabía con certeza por qué se había deshecho de todo aquel contenido.
A continuación, buscó información en internet sobre la doctora Nadia Al-Hassan.
Revisó minuciosamente su currículum; examinó fotografías de pésima calidad en las que aparecía trabajando en yacimientos arqueológicos en el extranjero y se documentó sobre su prestigiosa posición dentro de la comunidad académica de Harvard.
Comprendió enseguida que no sería fácil concertar una cita con una experta de su nivel.
También sopesó la posibilidad de contactar con ella directamente, pero el temor a que no creyera su historia lo llevó a descartar la idea.
Además, era evidente que el espía conocía sus siguientes movimientos, de modo que debía meditar cuidadosamente cómo reunirse con la experta.
Meticuloso como era, el profesor volvió a examinar por enésima vez las imágenes impresas y las anotaciones que había tomado del vídeo para tratar de encontrar una relación evidente entre las diferentes partes que componían aquel rompecabezas.
Mantenía la esperanza de que, al observarlo en conjunto, alguna conexión revelara su lógica, pero sin resultado.
Era evidente que carecía de conocimientos suficientes para sacar algo en claro de todo aquello.
Las inscripciones mesopotámicas escapaban por completo a sus capacidades y las indicaciones de Plunder no eran más que palabras que conformaban un sinsentido. Apenas podía intuir que aquello apuntaría a algo extraordinariamente preciso.
Cerró los ojos un instante y respiró hondo.
Se encontraba en medio de un caos sobrevenido y cada vez tenía más claro que no era capaz de continuar solo.
Necesitaba de alguien con experiencia real en cultura mesopotámica.
Necesitaba la ayuda de Nadia Al-Hassan. Durante años había enseñado a sus alumnos que el verdadero fracaso académico no era equivocarse, sino insistir en avanzar sin las herramientas adecuadas.
Aquella noche comprendió que estaba a punto de suspender su propia lección.
Se acostó y permaneció unos minutos dándole vueltas a todo aquello, lo que hizo que tardara en dormirse más de media hora. El día había sido muy largo y la noche, tediosa, así que terminó sucumbiendo al agotamiento físico y mental.
Para cuando logró abrir un ojo ya era mediodía.
Los rayos de un sol todavía débil se filtraban entre las cortinas, obligándolo a tomarse unos segundos para acostumbrar la vista a la claridad.
Durante un breve instante sintió alivio al recordar que aún era domingo.
No tenía clase, no debía responder correos ni fingir que su cabeza estaba en orden.
Podía concederse unos minutos de tregua. Pero la paz duró poco.
El recuerdo de la noche anterior irrumpió con la brusquedad: el correo de Plunder. Andrew se incorporó lentamente en la cama y se llevó las manos al rostro, tratando de ordenar un caos que se le escapaba por completo.
Como había hecho tantas otras veces cuando la vida empezaba a pesarle demasiado, decidió salir a correr.
Se vistió con una camiseta vieja de propaganda, unos pantalones cortos y sus zapatillas de siempre, gastadas por incontables kilómetros de soledad y pensamientos.
Salió sin desayunar. Correr, en momentos así, no era tanto un hábito como una necesidad.
Le ayudaba a vaciar la cabeza cuando los pensamientos se amontonaban hasta volverle imposible respirar con normalidad.
Sin embargo, aquella mañana nada resultó igual.
Las calles eran las mismas. Los coches, los edificios y los pocos peatones componían el decorado habitual, propio de un domingo perezoso. Y, aun así, todo le pareció ligeramente distinto. Más frío. Más ajeno. Más hostil.
Siguió su recorrido de siempre, pero la inquietud no lo abandonó en ningún momento.
Al contrario, fue creciendo poco a poco, como si algo invisible caminara a su lado.
Sin darse cuenta, apretó el paso durante los dos últimos kilómetros.
La música que sonaba en sus auriculares dejó de servirle de refugio y terminó por resultarle insoportable.
La apagó de un toque seco y continuó en silencio hasta alcanzar su edificio.
Regresó empapado en sudor y con el pecho ardiéndole, pero también con la sensación de haber recuperado algo de control sobre sí mismo. Se desnudó casi por inercia, se dio una ducha rápida y dejó que el agua le despejara el cuerpo y parte de aquella niebla mental que lo atenazaba desde la madrugada.
Después se vistió sin entretenerse. Su madre llevaba días insistiendo en que fuese a comer, y aquella mañana, más que nunca, sintió la necesidad de verla.
Le había prometido lasaña casera con salsa boloñesa, su plato favorito desde niño, y Andrew descubrió que la sola idea de sentarse a aquella mesa le producía una extraña sensación de consuelo.
Cuando llegó a casa, como hacía siempre, llamó a la puerta a pesar de conservar aún un juego de llaves.
No era una cuestión práctica. Era otra cosa.
Una costumbre que se había convertido con los años en un pequeño privilegio que parecía recordarte que, pase lo que pase, todavía existe un lugar al que perteneces.
Y, como tantas otras veces, así ocurrió.
—¡Andy, por fin! Ya pensábamos que no venías.
—Lo siento, mamá. He salido a correr y se me ha ido la hora.
Su madre, María, apoyó las manos en los hombros de su hijo y lo observó con esa mezcla de cariño y escrutinio que solo una madre domina.
—Pues pasa de una vez. Y lávate las manos antes de sentarte.
Andrew sonrió de medio lado mientras entraba en la casa.
—Sí, mamá.
Nada más cruzar el umbral lo recibió el olor de la comida recién hecha. Era un aroma denso, cálido, familiar, que lo transportó de golpe a una etapa más sencilla de su vida, cuando los problemas todavía cabían en una frase y el mundo no parecía un lugar lleno de amenazas invisibles.
El pequeño comedor apenas había cambiado con el paso de los años.
Conservaba aquel aire sencillo y acogedor que tan bien recordaba.
Una pequeña alacena de pino claro guardaba la vajilla y la cubertería con el orden minucioso de su madre.
En las paredes colgaban varias fotografías de diferentes etapas de su vida: cumpleaños modestos, vacaciones, celebraciones y sonrisas compartidas con su madre y con Joe.
En el centro de la estancia seguía la misma mesa de madera y cristal alrededor de la cual habían comido, reído y discutido cientos de veces, como prueba silenciosa de que algunas cosas, simplemente, no debían cambiar.
—¡Por fin has llegado, muchacho! —tronó una voz alegre a su espalda—. ¿Te están volviendo loco tus alumnos de la universidad?
Andrew se giró y no pudo evitar sonreír.
Joe Summons apareció desde la sala contigua con su habitual expresión afable.
El cabello cano, las finas gafas de montura dorada y aquella manera de caminar que siempre le había transmitido una mezcla de serenidad y firmeza.
Joe no era su padre biológico, pero llevaba toda la vida actuando como tal.
—Desde luego hacen todo lo posible —respondió Andrew—. Aunque también es verdad que se dejan querer.
Ambos rieron y se abrazaron con afecto sincero.
—Vienes demasiado poco a vernos, Andy —le reprochó Joe con suavidad—. Ya sabemos que tienes tu vida, pero todavía nos gusta disfrutar de tu compañía.
—Lo sé —admitió Andrew, alzando las manos con gesto de rendición—. Últimamente he estado demasiado liado.
Joe resopló con fingida severidad, pero no dijo nada más. Andrew lo agradeció. Siempre había sentido por él un respeto profundo, casi reverencial, aunque nunca hubiese logrado llamarlo “papá”. No por falta de cariño, sino por una lealtad íntima y silenciosa hacia la memoria de su padre biológico.
—¡Tonterías! —intervino su madre, dejando la fuente humeante sobre la mesa—. Lo que espero es que no sigas dándole vueltas a lo de esa exnovia tuya. Si las cosas no funcionan, es mejor estar solo que mal acompañado. Pero no olvides una cosa: nadie va a quererte más que tu madre.
Le apretó una mejilla con cariño y le besó la frente, arrancándole una sonrisa resignada.
—¿Te refieres a Sarah? No, tranquila. Ya lo he asumido.
Mintió.