1 UN ENIGMA EN LA NOCHE
«Solo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos
pueden descubrir lo lejos que se puede llegar».
Andrew Summons.
S e había formado como arqueólogo y trabajaba como profesor de Cultura Clásica en la Universidad Brice de Texas.
Tenía treinta y siete años y era hijo de padres españoles.
Durante su infancia pasaba los veranos en la Costa del Sol, en Málaga.
Gracias a sus abuelos, fue testigo de la magnificencia de lugares tan emblemáticos como la Alcazaba de Málaga, la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, así como de otros tantos que, aunque no gozaban de tanto renombre, resultaban igual de fascinantes.
Aquella misteriosa región de España despertó en él una profunda pasión por las culturas mediterráneas.
De rostro alargado y tez blanquecina, el profesor acostumbraba a llevar su pelo negro azabache, de media melena y siempre algo despeinado. Comenzaba a tener algunos mechones blancos, propios de la entrada en la mediana edad, detalle que le hacía sentirse cada vez menos joven.
Sus ojos, de un azul intenso, conservaban la inocencia de un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Utilizaba gafas graduadas, pues la miopía comenzaba a cobrar cada vez más protagonismo en su día a día y sin duda se trataba del defecto que más aborrecía de entre todos los que tenía.
Medía metro ochenta, lucía una barba morena y bien perfilada, y su complexión no mostraba señales de haber sido sometida a grandes esfuerzos físicos. En el brazo izquierdo tenía una cicatriz por una caída de bicicleta cuando apenas tenía siete años.
Por lo general vestía con camisetas negras de manga larga, sobre las que solía llevar camisas informales. Las combinaba con pantalones vaqueros y zapatillas que rozaban los límites de la normativa de la universidad.
Nunca salía sin su inseparable bolso marrón de piel, de correa cruzada, en el que transportaba sus libros y cuadernos. Lo llevaba en honor a cierto arqueólogo de películas que veía cuando era niño.
Andrew Summons destacaba por su inteligencia, su perseverancia y su gran atención al detalle. Sin embargo, era torpe físicamente y el peligro real lo paralizaba de miedo.
La noche en la que todo su mundo cambió, se encontraba corrigiendo exámenes en el salón de su casa, rodeado de mapas antiguos y tazas de café ya frío.
La lluvia repiqueteaba contra los cristales, produciendo una sinfonía que favorecía su concentración.
A esas horas toda la ciudad dormía. Todos menos él y su empeño inútil por distraer la mente con trabajos de alumnos que confundían los nombres de Arquímedes y Sócrates.
Era tarde. Las palabras comenzaban a agolparse ante sus ojos y la visión se volvía borrosa por momentos.
Se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz, buscando un mínimo alivio para su vista cansada.
En un intento por desconectar, echó un vistazo a la bandeja de entrada del correo electrónico.
Ahí fue cuando vio un correo de su antiguo profesor, Stephen Plunder.
No imaginó que un simple correo pudiera alterarlo de aquel modo.
Al principio lo invadió una oleada de alegría, seguida casi de inmediato por la duda.
Se preguntó si necesitaría su colaboración en algún proyecto o si, simplemente, querría ponerse al día.
Su profesor de máster en la universidad se había convertido, con el tiempo, en un buen amigo.
Sin embargo, hacía bastante que no tenía noticias de él, algo que, visto en perspectiva, se le antojaba imperdonable.
Con apenas cincuenta años, el profesor Plunder gozaba de una genética envidiable.
Podría decirse que era un hombre cultivado y de modales exquisitos, con una notable capacidad para aclimatarse a diferentes entornos sociales y culturales.
Aun así, en las múltiples excavaciones arqueológicas que había dirigido, siempre había sido el primero en mancharse las manos.
Sin duda, se trataba de un hombre que predicaba con el ejemplo.
Andrew aún conservaba en su memoria la imagen de Plunder impartiendo sus enérgicas tutorías, sentado en el borde de la mesa. Aquel nostálgico recuerdo le arrancó una sonrisa. Movido por la curiosidad, se recolocó las gafas.
En el mensaje, el doctor lo instaba a observar con atención el material adjunto.
El correo incluía varias fotografías y un vídeo de escasos segundos protagonizado por un Plunder de aspecto desaliñado y actitud claramente paranoica.
Andrew se sorprendió sobremanera; jamás habría imaginado ser testigo de aquella faceta de su antiguo profesor.
El Plunder que recordaba inspiraba confianza y transmitía una gran seguridad.
Cerró los exámenes y abrió primero el archivo de vídeo. Como si de un cliché se tratara, el doctor comenzaba la grabación con la frase:
—Andrew, si estás viendo esto, puede que esté muerto. Hace algunos meses, una persona con mucho poder me contrató con la intención de hallar un misterio en el actual Irak. Gracias a mis pesquisas, decidí no seguir colaborando con él y ahora mi vida corre serio peligro.
En el vídeo, su antiguo profesor lo calificaba como un alumno avanzado y un amigo leal.
—No sé si ha sido lo más acertado, pero, por mi seguridad y por la tuya, he tenido que ocultar el resto de mi investigación.
La hallarás en mi segundo hogar, en mi pedacito de Edén en la Tierra, oculta bajo la piedra marcada por la primera gota.
Sé que ahora no lo entiendes, y por eso tu vida aún tiene valor… de momento.
Aquellas palabras le provocaron un escalofrío que recorrió su espalda hasta alcanzarle el cuero cabelludo, mientras una oleada de calor le invadía todo el cuerpo.
Se vio obligado a detener el vídeo. Si aquello era una broma, desde luego no tenía ninguna gracia.
Sentía la mente enredada y nada de lo que estaba ocurriendo parecía tener sentido alguno.
Aun así, no vio otra alternativa que reanudar el vídeo.
Era evidente que su curiosidad era mayor que el miedo.
—Si necesitas ayuda, acude a la doctora Nadia Al-Hassan. Solo ella puede continuar con mi investigación y es la única persona en quien puedes confiar.
Se podía apreciar cómo Plunder bajaba la mirada durante un par de segundos y, con los ojos llenos de lágrimas, añadía:
—Hazle saber que siento haber sido un cobarde…
Por último, su antiguo mentor explicaba que los archivos estaban encriptados y que, por tanto, a menos que los tuviera descargados en el ordenador, nadie interesado podría hacerse con ellos. Tras descargarlos, debía imprimirlos y eliminarlos para siempre.
Andrew sentía que el suelo le fallaba bajo los pies.
Aquello no tenía ningún sentido; no entendía qué le quería transmitir.
En cuestión de minutos, lo que había comenzado como una rutinaria corrección de exámenes se había convertido en un profundo malestar general.
No tuvo más remedio que abrir las imágenes una por una.
A medida que las ojeaba, un miedo silencioso comenzaba a crecer en su interior.
En la primera imagen aparecían tres tablillas antiguas, ajadas y parcialmente cubiertas de tierra.
Andrew pudo deducir, por la escritura cuneiforme que se trataba de tablillas procedentes de la antigua Mesopotamia, pero no sabría diferenciar la cultura exacta de procedencia.
—¿Pero en qué andaba metido? —se preguntó mientras observaba la pantalla del ordenador.
Escudriñó la imagen un buen rato, como quien intenta memorizarla en algún macabro juego de agilidad mental.
Cuando creyó haberla observado lo suficiente, pasó a la siguiente imagen.
La segunda mostraba un mapa de una parte del actual Oriente Medio, en el que aparecían Siria, Irak y Kuwait.
Sobre él se habían trazado, a mano, diferentes anotaciones y coordenadas.
Marcas que, para Andrew, no significaban absolutamente nada.
Le molestó en gran medida no saber qué debía buscar o en qué debía centrar su atención.
Pero entonces sucedió: la pantalla se oscureció un instante.
Andrew creyó que se trataba de algún fallo del software, pero el cursor se quedó congelado en mitad del texto.
Apareció una nueva ventana emergente, breve y fría:
¿Necesita ayuda con los archivos, doctor Summons? Contacte conmigo.
V. Arakel
Andrew se quedó sin respiración al contemplar lo que acababa de suceder y perdió la noción del tiempo mirando aquella ventana emergente.
La firma «V. Arakel» brillaba en la esquina de la pantalla, como si hubiera estado ahí desde el principio, esperando su oportunidad. No era spam, era un contacto directo.
Sus dedos temblaban y el corazón le latía con fuerza.
Cerró el portátil como si se tratara de un animal peligroso y se apartó de la mesa.
Las pupilas se le dilataron por el miedo más primario que había sentido en mucho tiempo.
Debía pensar con calma, debía analizar aquello como un académico.
Pero la voz de la razón se debilitó frente al grito del terror cuando comprendió algo muy sencillo: alguien estaba viendo lo mismo que él en tiempo real.
Se levantó de la silla de un salto y se quedó unos segundos mirando fijamente el portátil cerrado. Cogió el móvil de la mesa y buscó el contacto de Stephen Plunder, al que no llamaba desde hacía demasiado tiempo. Dudó apenas un instante antes de pulsar la llamada.
La respuesta fue inmediata y decepcionante: Apagado o fuera de cobertura.
Resopló, incrédulo, y volvió a intentarlo.
Una vez más, otra y otra. En total, seis intentos, todos con la misma respuesta fría y mecánica que el maldito teléfono le devolvía.
Algo no iba nada bien, y la frustración lo consumía: Plunder parecía haberse desvanecido del mundo, y a nadie pareció importarle.
Stephen y él compartían un gran número de conocidos, ¿cómo era posible que ninguno lo hubiera alertado de la desaparición de su antiguo profesor y amigo?