Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito PRÓLOGO
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Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito

Las aguas del Rey Ezär: El encargo del erudito

Por Ben G. Larrea

© inepub.com

PRÓLOGO

T odo comenzó con un encargo imposible y alguien dispuesto a cruzar los milenios.

Un misterioso hombre de negocios, cuya esperanza se desvanecía con cada día que su esposa luchaba contra una enfermedad incurable, lo contrató unos cuantos meses atrás.

Su objetivo consistía en descubrir la localización exacta de los Jardines Colgantes de Babilonia.

El reputado arqueólogo Stephen Plunder se había reunido con aquel hombre llamado Vartan.

En un principio, tuvo la impresión de que no era más que un mero ricachón aburrido con ansias de pasar a los anales de la historia.

Nada más lejos. Para su sorpresa, resultó ser un astuto y despiadado magnate aficionado al lado más oculto y oscuro de la historia.

El enigmático cliente se encontraba extrañamente interesado en un antiguo relato centrado en unos misteriosos jardines en pleno Imperio babilónico.

Plunder fue totalmente claro y sincero al hablar de los Jardines Colgantes: su existencia era un misterio y la localización, desconocida.

Como expuso, los escritos heredados tiempo atrás por autores griegos y romanos hablaban de un conjunto de terrazas escalonadas y ajardinadas de aproximadamente veinticinco metros de altura.

Supuestamente estaban formadas por columnas y bóvedas de piedra, regadas mediante un ingenioso sistema hidráulico que elevaba el agua desde el río Éufrates.

Esto mismo favorecía que se hallaran pobladas de exuberante vegetación, como árboles y flores exóticas.

El arqueólogo, ensimismado en su propia lección, continuó su relato.

—Según la tradición, los jardines fueron mandados construir en el siglo VI a. C. por el rey Nabucodonosor II, soberano del Imperio Neobabilónico. Fueron un obsequio para su esposa, Amytis de Media, que añoraba las montañas verdes de su tierra natal.

Con la resignación propia de todo arqueólogo, a quien no le queda más que aceptar la realidad de los hechos acontecidos, Plunder prosiguió con su exposición.

—Supuestamente, se habrían ubicado en la capital, Babilonia, cerca de su gran palacio y de la famosa Puerta de Ishtar. Sin embargo, los arqueólogos que excavaron Babilonia no encontraron restos concluyentes; al menos, no de estructuras que encajaran con las descripciones antiguas.

Hizo una pausa para organizar el discurso de la mejor manera posible. La persona que lo escuchaba debía disponer de todos los detalles, pues así se lo había manifestado previamente.

— Por otro lado, en las últimas décadas algunos investigadores han planteado teorías alternativas.

Según una de ellas, los jardines quizá no se encontraban en Babilonia, sino en Nínive, la capital asiria.

También cabe la posibilidad de que se alzaran en algún otro punto del curso del Tigris o del Éufrates, de que fueran arrasados por algún conquistador ávido de poder o, incluso, de que nunca llegaran a existir.

Vartan, que se había mantenido en completo silencio, asintió. Procesaba y disfrutaba de cada palabra que Plunder había pronunciado.

—Como experto que es, sabrá que, incluso para los museos y organismos arqueológicos más destacados, es imposible catalogar los innumerables acontecimientos históricos acaecidos a lo largo de los milenios.

—Por supuesto.

—Entonces también comprenderá que puede dar lugar a que determinada información, imprescindible o no, se altere o se extravíe. Ya sabe: guerras, conquistas, catástrofes… y así una interminable lista de ejemplos.

Ahora era el erudito quien escuchaba en completo silencio el discurso ensayado de su condescendiente acompañante.

—Seré franco, señor Plunder. Mi interés va más allá de las meras corrientes oficiales.

Digamos que mi motivación se encuentra en la posibilidad de las teorías alternativas, menos conocidas, sí, pero con la misma probabilidad de ser correctas.

Teorías sobre hechos desconocidos o deliberadamente ocultos.

—La arqueología se compone de datos recabados muchos años después del propio ocaso de las civilizaciones. Como he mencionado, en el caso que nos ocupa hay tantas teorías como catedráticos que las proponen.

—¿Y si le proporcionase algo más que una mera teoría?

La curiosidad invadió al arqueólogo, dando paso a una historia narrada por el señor Arakel acerca del descubrimiento de ciertas tablillas en la ciudad de Bagdad. En cuanto a este, él también fue claro y conciso en sus condiciones.

—Dispondrá de todos los medios materiales y económicos que necesite. Tan solo le pido resultados.

Esas fueron las palabras que cerrarían el acuerdo entre ambos para iniciar una búsqueda no solo a través del mundo, sino también a través de los milenios. El objetivo: hallar un supuesto poder enterrado en las milenarias arenas del desierto.

Vartan Arakel facilitó al doctor las mencionadas tablillas para que descifrara sus misterios y corroborara así la historia que un anciano de la capital iraquí le había relatado entre llantos, lágrimas y sangre.

—Señor Plunder, ha de tener en cuenta que no estoy interesado en los Jardines por su belleza o su historia, sino por aquello que los hizo temidos… —confesó. Aquella frase se le quedaría grabada al arqueólogo para siempre.

Tras varias semanas estudiando el material de su misterioso mecenas, Stephen Plunder contactó con Nadia Al-Hassan, sin duda una de las mayores expertas en culturas mesopotámicas del mundo.

Meses de riguroso estudio junto a la experta dieron su fruto, con una pista que los condujo a llevar a cabo una excavación en la entonces conflictiva zona de Raqqa, en Siria.

En aquel lugar no sólo descubrieron restos arqueológicos de peso para su investigación, sino también un amor tan intenso y apasionado que llegaría incluso a interponerse en el objetivo del peligroso Vartan Arakel.

Desde entonces, el destino de ambos expertos quedó inevitablemente ligado a las elecciones de un peculiar grupo, ajeno, en un principio, a los designios de aquel siniestro hombre de negocios.