16. La decisión final
Permanezco tumbada mirando el techo durante horas, escuchando los sonidos habituales del edificio, las tuberías que se quejan de vez en cuando, alguna puerta que se abre varios pisos más arriba, el rumor lejano del tráfico atravesando la ciudad y la vibración ocasional del móvil sobre la mesita.
Mateo quiere huir. Nico quiere luchar. El Sistema quiere que elija.
Y cuanto más tiempo paso analizando esas tres posibilidades, más incómoda me resulta la conclusión a la que llego.
Todos parecen estar ofreciéndome caminos distintos, pero ninguno cuestiona realmente el terreno sobre el que estamos caminando.
Y yo empiezo a preguntarme quién decidió que esas eran las únicas opciones disponibles.
Termino incorporándome en la cama cuando el cielo empieza a aclararse ligeramente tras la ventana. Apoyo los pies sobre el suelo frío y me quedo así varios minutos, observando la habitación en silencio mientras intento recordar en qué momento exacto mi vida dejó de parecerme algo propio.
Lo pienso de verdad. Busco un instante concreto.
Una decisión equivocada. Una conversación.
Un punto de inflexión claro que pueda señalar y decir: aquí empezó todo.
Pero no lo encuentro. Lo único que veo es una acumulación de pequeños pasos, decisiones aparentemente normales, elecciones que parecían insignificantes en su momento y que ahora forman una especie de camino que me ha traído exactamente hasta aquí.
Cuando finalmente me visto lo hago sin ninguna prisa.
Como si correr pudiera cambiar algo. Como si llegar antes o después a cualquier lugar tuviera alguna importancia.
Salgo del apartamento, sin revisar mensajes y sin mirar el móvil.
No quiero escuchar opiniones. No quiero escuchar advertencias.
No quiero escuchar a nadie diciéndome qué debería hacer con mi vida durante las próximas veinticuatro horas.
Llevo semanas escuchando a todo el mundo menos a mí misma y empiezo a sospechar que quizá ahí está parte del problema.
La posibilidad de existir unas horas sin responder a nadie. Sin elegir nada. Sin convertirme en el centro de ningún plan ajeno. Solo una mujer caminando por una ciudad que sigue funcionando como si nada hubiera cambiado, aunque para mí ya no quede absolutamente nada en el mismo lugar.
No voy al centro. Tampoco busco a Mateo ni llamo a Nico. Durante horas simplemente camino, como si seguir avanzando fuera suficiente para mantener a distancia todo lo demás. Es una idea absurda porque la cuenta atrás sigue avanzando exactamente igual, pero aun así continúo haciéndolo.
Mientras camino sin rumbo, cruzando calles que apenas registro y dejando que mis pies decidan por mí, empiezo a entender algo que me resulta incómodo.
No elegir también es una forma de elección.
Puede que el Sistema no lo vea así. Puede que para ellos una decisión solo exista cuando marcas una opción dentro de una lista perfectamente organizada, pero negarte a caminar hacia cualquiera de los caminos que te ofrecen sigue siendo una decisión.
Retrasar una respuesta también es una respuesta.
Permanecer quieta cuando todo el mundo espera que te muevas también altera las cosas.
La idea no me aporta ninguna paz. Al contrario. Solo añade una nueva capa de complejidad a una situación que ya parecía suficientemente complicada.
Cuando finalmente me detengo, me apoyo contra una pared y dejo escapar el aire lentamente mientras intento ordenar mis pensamientos.
No funciona demasiado bien. Llevo días intentando organizarlos y cada vez parecen más desordenados que antes.
Es como intentar reconstruir un rompecabezas mientras alguien sigue cambiando las piezas de sitio.
Pienso en Mateo y aparece inmediatamente esa sensación de estabilidad que siempre me provoca.
No porque sea perfecto. Hace mucho que dejó de parecerme perfecto.
Es algo más profundo. Con él siempre existe la impresión de que todavía hay una estructura sosteniendo las cosas, una posibilidad de construir algo sólido incluso cuando todo alrededor parece estar derrumbándose. Mateo se parece a un refugio.
Luego pienso en Nico y todo cambia. Porque Nico nunca ha sido refugio.
Nico es movimiento. Es impulso. Es la sensación constante de estar acercándote a algo que no entiendes del todo pero que resulta imposible ignorar.
Con él no imagino una vida tranquila ni especialmente segura.
Imagino preguntas. Imagino cambios. Imagino puertas abiertas.
Y cuanto más comparo ambas sensaciones, más evidente se vuelve algo que llevo demasiado tiempo intentando ignorar.
El problema ya no consiste en elegir entre ellos.
Ni siquiera consiste en decidir qué futuro prefiero.
El verdadero problema es que ninguno de los dos encaja completamente en lo que necesito.
Durante semanas he permitido que todo se plantee como una elección entre Mateo y Nico, entre huir o luchar, entre seguridad o verdad, cuando en realidad hay una tercera persona en esta historia a la que apenas he prestado atención.
Yo. No como premio. No como objetivo. No como centro de un experimento social cuidadosamente diseñado. Yo como persona. Y empiezo a sospechar que ninguna de las opciones que tengo delante resulta suficiente por sí sola.
Cuando regreso a casa ya ha oscurecido. Clara no está.
Encuentro una nota sobre la mesa de la cocina explicando algo relacionado con trabajo, horarios y una reunión que probablemente debería recordar.
La leo un par de veces, pero las palabras entran y salen de mi cabeza sin llegar a quedarse.
Dejo la nota donde estaba y me dirijo a mi habitación.
El cansancio que llevo encima tampoco se parece al habitual. No es simplemente agotamiento físico ni consecuencia de una mala noche. Es algo más profundo. Como si una especie de densidad invisible hubiera empezado a extenderse lentamente por dentro de mí.
Al principio intento explicarlo de la forma más lógica posible.
Falta de sueño. Estrés. Tensión acumulada.
La presión de tener que tomar una decisión que parece capaz de alterar el resto de mi vida.
Hay suficientes motivos para sentirme mal sin necesidad de buscar explicaciones extrañas.
El problema es que, conforme pasan las horas, esa explicación empieza a quedarse corta.
Todo comienza con un mareo leve. Tan leve que apenas le doy importancia.
Sin embargo, vuelve más tarde. Y luego desaparece.
Y después regresa otra vez sin ningún patrón claro.
Creo que mi cuerpo está intentando decirme algo.
Algo que sigue ahí cada vez que intento distraerme o buscar una explicación sencilla.
Aquella noche apenas me muevo de la cama, pero tampoco consigo dormir de verdad.
Cierro los ojos varias veces y en algún momento debo quedarme dormida durante unos minutos, aunque ni siquiera estoy segura.
Las imágenes aparecen y desaparecen sin orden, mezclándose unas con otras hasta formar algo imposible de interpretar.
Veo a Nico. Veo a Mateo. Veo el Centro de Compatibilidad.
Pasillos interminables que parecen doblarse sobre sí mismos, pantallas blancas, puertas que se abren hacia habitaciones vacías y voces que reconozco sin llegar a identificar.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, tengo la sensación de no haber descansado ni un segundo.
El amanecer no mejora nada. Al contrario. Me siento más cansada que la noche anterior y esa sensación extraña que lleva días instalándose poco a poco dentro de mí sigue ahí.
Cuando abro la puerta del apartamento, lo primero que veo es una caja apoyada sobre el suelo del pasillo.
Me quedo observándola durante varios segundos.
No hay repartidor. No hay ninguna notificación previa que recuerde.
Simplemente está ahí, perfectamente colocada delante de mi puerta, como si hubiera aparecido durante la noche o como si hubiera estado esperando desde siempre a que llegara este momento.
La recojo y la examino sin demasiada esperanza de encontrar respuestas. No hay remitente. Solo una caja pequeña, impecablemente sellada.
Durante unos segundos pienso en dejarla sobre la mesa y olvidarme de ella. Sin embargo, los últimos días me han enseñado que ignorar las cosas rara vez consigue hacerlas desaparecer.
Termino llevándola al dormitorio y la abro despacio.
Dentro encuentro un dispositivo médico. Es pequeño, blanco y tan perfectamente diseñado que parece más un prototipo conceptual que un objeto real.
Debajo hay una única hoja con instrucciones impresas con precisión clínica.
Apenas unas líneas. Solo indicaciones breves y directas.
El Sistema siempre ha tenido una habilidad especial para asumir que las personas aceptarán procedimientos importantes sin hacer demasiadas preguntas.
Sigo las instrucciones casi por inercia. Activo el dispositivo y espero. El análisis comienza inmediatamente.
Todo el proceso parece excesivamente eficiente, como si la máquina no estuviera buscando una respuesta sino confirmando algo que ya conocía desde el principio.
Permanezco sentada en el borde de la cama sosteniendo el aparato entre las manos mientras la pequeña pantalla permanece iluminada. Apenas pasan unos segundos, pero mi percepción del tiempo empieza a comportarse de forma extraña. Cada instante parece estirarse un poco más de lo normal.
Mi atención permanece fija sobre aquella luz blanca mientras noto cómo mi respiración cambia lentamente de ritmo sin que exista una razón evidente para ello. Todavía no he visto el resultado. Todavía no sé nada. Y aun así siento que algo dentro de mí ya está reaccionando.
Finalmente aparece el texto. Sin sonidos. Sin alarmas. No hay ninguna clase de aviso especial. Solo palabras.