Las 5 opciones 16. La decisión final #2
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16. La decisión final #2

Las leo una vez. Después vuelvo a leerlas. Y después otra vez. Porque mi cerebro parece incapaz de aceptar que esas letras sigan formando exactamente la misma frase cada vez que vuelvo a mirarlas.

Permanezco inmóvil observando la pantalla mientras intento procesar lo que estoy viendo. El dispositivo continúa entre mis manos, pero casi he dejado de sentirlo. Todo alrededor parece haberse vuelto ligeramente distante, como si la habitación hubiera retrocedido unos metros sin avisarme.

No grito. No lloro. No digo nada. Ni siquiera me levanto. Simplemente sigo sentada donde estaba, observando el resultado mientras intento entender por qué mi reacción resulta tan extraña.

Junto al impacto aparece una sensación incómoda de reconocimiento, como si una parte de mí hubiera sospechado esta posibilidad antes de verla escrita. Como si mi cuerpo hubiera estado intentando explicármela durante días mientras yo buscaba respuestas en todas partes menos donde realmente estaban.

El tiempo sigue avanzando sin que yo participe demasiado en él. No sé cuánto rato permanezco así. Lo único que sé es que, en algún momento, la pantalla principal del apartamento se ilumina.

La notificación aparece proyectada sobre la pared principal y permanece allí esperando. Sin parpadeos, sin insistencia. No necesita hacerlo. Tiene la misma seguridad que alguien que sabe perfectamente que terminarás prestándole atención tarde o temprano.

Durante varios segundos me limito a observarla desde la distancia. Porque algo ha cambiado. Hace unas horas todas las decisiones seguían siendo hipotéticas. Eran posibilidades. Caminos distintos. Escenarios futuros que todavía podían discutirse, analizarse o posponerse. Ahora ya no.

Ahora algo se ha vuelto real de una forma imposible de ignorar. Algo ha abandonado el terreno de las teorías para instalarse directamente en mi vida.

Perfil genético confirmado.

Embrión prioridad evolutiva nivel alfa.

Las palabras permanecen inmóviles en la pantalla y, sin embargo, siento como si algo acabara de desplazarse violentamente dentro de mí.

Durante unos segundos me quedo mirando el resultado sin reaccionar, intentando comprender por qué mi respiración se ha vuelto irregular de repente.

No es que no entienda lo que estoy leyendo.

Es precisamente lo contrario. Lo entiendo demasiado bien.

Y lo más extraño es que, por primera vez desde que todo esto empezó, no pienso en Mateo. No pienso en Nico. No pienso en cuál de los dos podría estar detrás de aquella respuesta ni en las conversaciones, las discusiones o los sentimientos que me han tenido atrapada durante semanas.

La sensación resulta incómoda. Brutalmente incómoda. Porque mientras sigo observando aquellas palabras, una idea empieza a tomar forma dentro de mi cabeza. Una idea que no aparece de golpe, sino que se va instalando poco a poco hasta ocupar todo el espacio disponible.

No soy una persona que ha llegado accidentalmente hasta este punto. No soy simplemente una usuaria dentro de un programa de compatibilidad. Nunca he sido solo eso. Para ellos soy un resultado. Un dato. Una combinación genética concreta que acaba de producir exactamente aquello que estaban buscando.

La pantalla cambia una vez más y aparece una nueva línea de texto. Es breve. Tan breve que resulta casi ridícula para todo lo que implica.

Paternidad: CLASIFICADO.

El Sistema sabe quién es. Claro que lo sabe. Probablemente lo sabe desde hace mucho más tiempo que yo. Probablemente lo sabía incluso antes de que nosotros mismos empezáramos a entender lo que estaba ocurriendo.

Toda aquella obsesión con los perfiles prioritarios, los clústeres especiales, los porcentajes imposibles y las decisiones supervisadas de repente adquiere una forma mucho más clara y mucho más inquietante.

Bajo lentamente el dispositivo y noto que mis manos tiemblan ligeramente. No de una forma exagerada. Apenas lo suficiente para que me dé cuenta.

La habitación permanece completamente en silencio.

No hay mensajes entrando. No hay llamadas.

No hay nadie llamando a la puerta. Solo estoy yo sentada allí, rodeada por los mismos muebles de siempre, las mismas paredes de siempre y una realidad que ya no se parece en nada a la que existía hace apenas unos días.

Y entonces comprendo algo que me asusta más que los planes del Sistema y más que todas las preguntas que todavía siguen sin respuesta.

Ya no hay vuelta atrás. No importa qué decisión tome. Algo ha cambiado de manera irreversible y esta vez no se trata de una teoría ni de una sospecha ni de una posibilidad futura. Está ocurriendo. Es real. Existe independientemente de lo que yo decida creer sobre ello.

Sin darme cuenta termino deslizándome hasta el suelo.

Apoyo la espalda contra el lateral de la cama y recojo las piernas contra el pecho mientras sigo sujetando el análisis entre las manos.

El pelo me cae sobre la cara y ni siquiera hago el esfuerzo de apartarlo.

Me quedo allí sentada durante un tiempo imposible de medir, observando un punto cualquiera de la habitación mientras las emociones empiezan a abrirse paso lentamente por debajo de toda la confusión.

Las lágrimas aparecen sin avisar. No llegan acompañadas de ningún derrumbe dramático ni de ninguna explosión emocional. Simplemente empiezan a caer. Y lo más desconcertante es que no sé exactamente por qué estoy llorando.

Una parte de mí tiene miedo. Muchísimo miedo. Otra parte siente una especie de alivio extraño, como si algo que llevaba demasiado tiempo suspendido en el aire hubiera terminado por materializarse.

No tiene sentido. Nada de esto tiene sentido.

La situación es complicada. Injusta. Desordenada.

Está muy lejos de cualquier vida que hubiera imaginado para mí.

Y aun así, debajo del miedo, debajo de la incertidumbre y debajo de todas las preguntas que siguen acumulándose sin respuesta, noto algo profundamente humano latiendo con fuerza.

No sé qué ocurrirá mañana. No sé qué hará el Sistema cuando decida mover su siguiente pieza. No sé cómo reaccionarán Mateo y Nico cuando descubran la verdad ni qué consecuencias tendrá todo esto para nosotros.

Porque mientras sigo sentada en el suelo de mi habitación, con el análisis todavía entre las manos y el corazón golpeándome con fuerza dentro del pecho, empiezo a sospechar que todo lo anterior solo era el principio.

Y lo único que sé con absoluta claridad es que el Sistema todavía no ha terminado conmigo.