Las 5 opciones 15. La elección
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15. La elección

El mensaje aparece a media tarde mientras reviso unos informes que llevo diez minutos leyendo sin enterarme realmente de nada.

Al principio ni siquiera le presto atención. Últimamente el Sistema envía tantas notificaciones, recordatorios y actualizaciones que he desarrollado la capacidad de ignorarlas durante varios minutos antes de abrirlas. Pero algo en el encabezado consigue que vuelva la vista atrás.

Lo abro. Y me quedo mirando la pantalla. No porque no entienda lo que pone. Lo entiendo perfectamente.

Decisión final requerida.

Clúster: Elena Navarro / Mateo Silva/ Nicolás Durán.

Plazo cumplido en 72 horas.

Eso es todo. Ni una explicación adicional. Ni una advertencia. Ni una frase amable sobre acompañamiento emocional durante el proceso. Nada.

Solo cuatro líneas limpias, impersonales y perfectamente eficientes que reducen meses enteros de dudas, sentimientos, discusiones y descubrimientos a un procedimiento administrativo.

Setenta y dos horas. Tres días. Toda mi vida parece haberse comprimido de repente dentro de una cuenta atrás.

Durante el resto de la tarde apenas consigo concentrarme. Intento trabajar. Intento responder mensajes. Intento comportarme como una persona funcional. Pero una parte de mi cabeza sigue regresando constantemente a la misma idea.

Setenta y dos horas. Resulta increíble lo rápido que una cifra puede convertirse en una obsesión.

Mateo es el primero que me busca. Y, si soy sincera, tampoco me sorprende. Siempre ha sido así. Cuando ocurre algo importante, Mateo aparece.

Nos encontramos aquella misma noche en una zona intermedia de la ciudad donde nadie presta demasiada atención a nadie. Hay suficiente gente para pasar desapercibidos y suficiente ruido para que cualquier conversación se pierda entre motores, conversaciones ajenas y anuncios luminosos.

Cuando lo veo acercarse noto inmediatamente algo diferente. No parece nervioso. No parece enfadado. Ni siquiera parece especialmente preocupado.

—Ya está.

Ni siquiera pierde tiempo en saludos. Me observa directamente mientras lo dice.

—¿Ya está qué?

Mateo mantiene la mirada fija en mí durante unos segundos. —El final de la parte fácil.

No puedo evitar soltar una pequeña risa. No porque tenga gracia. Porque la frase resulta tan absurda que no sé qué otra reacción tener.

—No recuerdo ninguna parte fácil.

—Exactamente.

Durante unos instantes permanecemos allí de pie observándonos. Y entonces da un paso hacia mí.

—He tomado una decisión.

Y algo dentro de mí se tensa. Porque ya no estamos hablando del Sistema. Ni de teorías. Ni de investigaciones. Estamos hablando de nosotros.

—¿Cuál?

Mateo no duda. Ni siquiera un instante. —Huir.

Lo miro convencida de que he entendido mal. —¿Cómo que huir?

—Huir.—Lo repite con la misma seguridad.—Salir de los registros. Desaparecer. Irnos.

Parpadeo varias veces. —Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene.

—Mateo, llevamos toda la vida dentro del Sistema.

—Precisamente por eso.

Lo dice tan rápido que parece haber tenido esa respuesta preparada desde hace tiempo.

—Hay comunidades fuera del mapa oficial. Gente que desapareció voluntariamente. Gente que vive al margen.

Lo observo intentando decidir si habla en serio. Y lo peor es que habla completamente en serio. Hace unos meses me habría reído. Ahora ya no. Ahora sé demasiadas cosas para descartar automáticamente las ideas imposibles.

—Eso suena a suicidio logístico.

Mateo sonríe por primera vez. Pero es una sonrisa triste.

—O a libertad.

El viento mueve ligeramente su pelo y durante un segundo parece mucho más vulnerable de lo habitual. Más humano. Menos perfecto.

Entonces baja la voz. —No te estoy pidiendo que elijas entre Nico y yo.

La frase me sorprende. Porque esperaba exactamente lo contrario. Esperaba una declaración. Una exigencia. Una petición imposible. Pero no eso.

—No te estoy pidiendo que me elijas a mí. Te estoy pidiendo que elijas salir de todo esto conmigo.

Y de repente entiendo que no me está ofreciendo un plan. Me está ofreciendo una salida. Una posibilidad. Y también entiendo algo mucho más incómodo.

Mateo tiene miedo. No el miedo elegante que la gente admite en voz alta. No el miedo racional que puede explicarse con estadísticas. Miedo de verdad. Del que te empuja a abandonar todo lo que conoces si eso significa conservar aquello que no quieres perder.

Cuando me marcho sigo pensando en sus palabras durante horas. Intento analizarlas. Intento desmontarlas. Intento convencerme de que está exagerando. Pero no funciona.

Porque una parte de mí entiende perfectamente por qué ha llegado hasta esa conclusión. Y otra parte, mucho más peligrosa, empieza a preguntarse si podría hacerlo de verdad. Si sería capaz de dejarlo todo atrás. Si sería capaz de desaparecer.

Paso la noche dándole vueltas. Y buena parte de la mañana siguiente. Y cuando por fin consigo dejar de pensar en ello durante unos minutos, la vida decide recordarme que todavía no ha terminado conmigo.

Salgo del edificio y lo veo inmediatamente. Nico está apoyado sobre la barandilla de la plaza inferior, observando la ciudad. Las manos en los bolsillos. La postura relajada. Ese aspecto de hombre que parece no preocuparse por nada.

Me detengo durante un instante. Porque hay algo casi ridículo en toda la situación. Paso una noche escuchando a Mateo proponerme escapar del mundo. Y a la mañana siguiente encuentro a Nico esperándome como si el universo estuviera organizando cuidadosamente mi colapso emocional.

Nico gira la cabeza al notar mi presencia. Y en cuanto nuestras miradas se cruzan entiendo que tampoco ha venido a hablar de algo sencillo. De hecho, por la expresión que lleva, tengo la sospecha de que está a punto de complicarlo todo mucho más.

—No puedes seguir huyendo.

La voz de Nico llega antes de que se gire. Sigue apoyado sobre la barandilla, observando la ciudad extendida bajo nosotros. Desde aquí arriba todo parece tranquilo. Como si millones de personas estuvieran viviendo exactamente la vida que desean y no la vida que alguien diseñó para ellas.

Suelto un suspiro. —Qué sorpresa.

—Intento mantener una imagen coherente.

En cualquier otro momento probablemente me habría hecho gracia. Pero algo en su tono me impide sonreír. Hay una seriedad distinta en él. Una tensión contenida que no suele mostrar tan abiertamente.

Finalmente se gira hacia mí. —Mateo quiere sacarte del tablero.

Frunzo el ceño inmediatamente. —¿Y tú qué quieres?

La pregunta sale más rápida de lo que pretendía. Porque estoy cansada. Cansada de decisiones. Cansada de teorías. Cansada de que todo el mundo parezca tener una idea muy clara de lo que debería hacer con mi vida mientras yo sigo intentando entender qué demonios está pasando.

Nico me observa durante varios segundos. —Quiero que dejes de jugar a escapar.

Cruzo los brazos. —No sabía que intentar sobrevivir contara como un juego.

—Depende de cómo lo hagas.

—Y supongo que tú eres el experto.

—Alguien tiene que serlo.

Por un instante parece que va a sonreír. Pero no lo hace. La expresión desaparece antes de llegar a formarse. Y eso me inquieta más que cualquier discusión. Porque cuando Nico deja de bromear suele significar que considera importante lo que está diciendo.

Da un paso hacia mí. No invade mi espacio. No intenta intimidarme. Pero noto inmediatamente el cambio.

—Esto no va solo de ti. Ni de mí. Ni siquiera de nosotros.

Levanto la vista. —El Sistema.

—Sí. Si te marchas con Mateo...

Nico deja la frase suspendida un momento. No porque dude. Porque está intentando que la escuche de verdad.

—Si te marchas, desapareces.

Vuelvo a mirarlo. —Eso es una exageración.

—¿Lo es?

La pregunta me golpea de inmediato. Porque no sé responderla. Hace unos meses habría tenido una respuesta preparada. Ahora ya no. Ahora cada certeza parece tener grietas.

—Hemos visto los registros, Elena.

Su voz se vuelve más firme. —Hemos visto qué ocurre con las personas que dejan de encajar.

—No sabes que vaya a pasar lo mismo.

—Tampoco sabes que no vaya a pasar.

Y ahí está otra vez. Esa maldita costumbre que tiene de señalar exactamente el punto donde se terminan mis argumentos.

—Si te vas, te conviertes en otra persona que desaparece del mapa. Otra persona incómoda que deja de existir para el Sistema.

—Suena muy dramático.

—Porque es dramático.

La respuesta llega tan rápido que ni siquiera puedo discutirla. Y lo peor es que una parte de mí entiende perfectamente lo que intenta decir. Porque ya hemos visto demasiados nombres borrados. Demasiadas historias que terminan abruptamente.

—¿Y si me quedo?

Nico tarda apenas un instante en responder. —Entonces cambias el tablero.

Lo miro como si acabara de proponerme derribar una montaña con las manos. Porque eso es exactamente lo que parece. Una locura. Una fantasía. Una idea imposible. Y, sin embargo, él lo dice con una convicción tan absoluta que resulta difícil ignorarla.

Como si realmente creyera que una sola persona puede alterar algo tan grande. Como si realmente creyera que el Sistema no es invencible. Como si realmente creyera en mí.

Aquella noche me meto en la cama sabiendo que necesito dormir. Mi cuerpo está agotado. Mi cabeza también. Pero cada vez que cierro los ojos vuelven las mismas imágenes. Los mismos caminos. Las mismas posibilidades.

Por un lado está Mateo. Y cuando pienso en él veo carreteras que desaparecen en el horizonte. Veo comunidades ocultas lejos de los mapas oficiales. Veo mañanas tranquilas donde nadie controla mis decisiones ni analiza cada aspecto de mi vida.

Veo incertidumbre. Veo riesgo. Veo una existencia mucho más difícil de lo que he conocido hasta ahora.

Pero también veo algo parecido a la paz.

La posibilidad de dejar de luchar constantemente.

La posibilidad de construir algo lejos de todo esto.

La posibilidad de vivir sin que una máquina me diga quién debería amar.

Luego aparece Nico. Y con él no veo tranquilidad. No veo refugio. No veo una vida sencilla. Veo preguntas. Veo conflictos. Veo enfrentamientos. Veo secretos que todavía permanecen enterrados. Veo una lucha que probablemente nunca termina. Pero también veo algo que me resulta imposible ignorar.

La verdad. O al menos la posibilidad de alcanzarla. Y cuanto más lo pienso, más claro se vuelve el problema.

No estoy eligiendo entre dos hombres. Estoy eligiendo entre dos versiones distintas de mí misma.

Una que desaparece para empezar de nuevo. Y otra que se queda para enfrentarse a todo. Dos futuros. Dos caminos. Dos formas completamente diferentes de perderlo todo. Y quizá también dos formas diferentes de cambiarlo todo.

Cuando amanece apenas he dormido. El móvil vibra sobre la mesa. Ni siquiera necesito mirarlo para saber quién es. Aun así lo hago.

La notificación aparece limpia, fría y perfectamente ordenada.

Decisión requerida en 24 horas.

La observo durante varios segundos. Después dejo el móvil sobre la mesa. Y mientras la pantalla se apaga comprendo algo que resulta mucho más aterrador que la propia cuenta atrás.

Durante semanas he sentido que todos intentaban empujarme. Mateo con sus planes. Nico con sus ideas. El Sistema con sus plazos. Todo parecía una fuerza externa intentando arrastrarme en una dirección concreta. Pero ahora ya no.

Ahora entiendo que nadie puede tomar esta decisión por mí.

Y eso es precisamente lo que más miedo da.

Porque por primera vez desde que empezó todo esto, no me están obligando a elegir entre Mateo y Nico.

Me están obligando a descubrir quién soy cuando ya no puedo esconderme detrás de ninguna excusa.