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14. Nico no desaparece #3

Mantengo los ojos abiertos porque me ha pedido que lo mire. Y lo hago. Lo miro mientras sus dedos me llevan despacio hacia algún sitio que no conozco. Su cara está concentrada. Los labios entreabiertos. El pelo cayéndole sobre la frente. Qué bonito es cuando no se da cuenta de que lo miro.

Su pulgar hace una presión distinta y siento un tirón en el bajo vientre. Algo que empieza a crecer. Algo que no quiero que pare.

Nico lo nota. Porque ya conoce mi cuerpo. Maldita sea.

—¿Ya? —pregunta, y su voz tiene un deje de diversión.

—Cállate —jadeo.

Él ríe otra vez. Pero no para. Al contrario. Añade un dedo. Luego otro. Despacio. Cuidando cada movimiento. Y yo estoy ahí, con la espalda arqueada, mordiéndome el labio hasta sangrar casi, intentando no hacer ruido mientras el mundo se rompe en pedacitos alrededor.

Cuando llego, es como un latigazo. Sin avisar. Sin pedir permiso. Me tiemblan las piernas. Me tiembla todo. Y Nico no aparta la mirada ni un segundo. Me mira llegar. Me sostiene con los ojos mientras tiemblo debajo de él.

Pasan unos segundos. Respiro hondo. Él retira la mano despacio y se lleva los dedos a la boca.

Hago una mueca de incredulidad. —¿Qué haces?—susurro, sin fuerzas para fingir que no me ha parecido lo más caliente del mundo.

Él se encoge de hombros. —Me gusta cómo sabes.

Le empujo débilmente y se deja caer a un lado. Pero no se va lejos. Su mano sigue en mi cadera. Sus dedos dibujan círculos en mi piel.

—No hemos terminado —dice.

—Lo sé.

Me giro hacia él. Lo beso. Saboreo mis propios restos en sus labios y eso debería darme asco pero me pone más. Mucho más.

Mis manos bajan por su pecho. Buscan el borde de sus pantalones. Los desabrocho. Él contiene la respiración cuando lo rozo por encima de la ropa interior.

—¿Segura? —pregunta otra vez.

—Si vuelves a preguntármelo te juro que te echo de la cama.

Sonríe. Y luego es él quien me besa. Y mientras lo hace, yo termino de quitarle los pantalones. La ropa interior. Él se desprende de todo sin dejar de besarme. Sin dejar de tocarme.

Cuando estamos los dos desnudos, por fin, del todo, algo cambia en el aire. Es más denso. Más íntimo. Como si no hubiera nada entre nosotros. Ni ropa. Ni mentiras. Ni el Sistema. Ni Mateo. Ni archivos secretos. Ni códigos genéticos raros. Solo él y yo. Solo esto.

Nico se coloca encima de mí otra vez. Sus caderas rozan las mías. Lo siento contra mi muslo. Caliente. Duro. Y el corazón me late tan fuerte que creo que se va a salir del pecho.

—Despacio —susurro yo esta vez.

Él asiente. —Despacio —repite. Y entonces empieza.

Entra con cuidado. Poco a poco. Centímetro a centímetro. Mi cuerpo se abre para él. Lo recibe. Y por un momento los dos dejamos de respirar.

—¿Estás bien? —pregunta, con la voz tensa.

—Demasiado bien —respondo, y me sale más roto de lo que quería.

Sonríe. Empieza a moverse. Despacio. Muy despacio. Cada embestida es suave. Profunda. Casi perezosa. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Como si nadie fuera a interrumpirnos nunca.

Me muerdo el labio para no gemir. Las sábanas crujen debajo de nosotros. La cama chirría apenas. Y cada vez que el sonido sube un poco de volumen, Nico frena. Espera. Sigue cuando vuelve el silencio.

—Así me gusta —murmura contra mi oído—. Calladita. Aguantando.

Le clavo las uñas en la espalda como respuesta.

Su ritmo no cambia. Sostenido. Hondo. Cada movimiento me llena de una forma que no sé explicar.

No es solo físico. Es la forma en que me mira.

La forma en que respira mi mismo aire. La forma en que ajusta la cadera cada vez que frunzo el ceño para encontrar justo ese punto que me hace ver las estrellas.

Llego otra vez. Pero esta vez es diferente. Más lenta. Más larga. Un orgasmo que empieza en la punta de los dedos de los pies y sube despacio, muy despacio, como si el placer fuera miel caliente recorriendo cada vértebra.

Nico me siente apretar alrededor de él. Cierra los ojos un momento. Abre la boca y no hace ruido. Solo exhala. Un suspiro largo y caliente.

—Joder, Elena —susurra, y es casi inaudible.

Sigo temblando cuando él se deja ir. Con un par de embestidas más. Más rápidas esta vez. Más profundas. Noto cómo se tensa entero. Cómo entierra la cara en mi cuello. Cómo tiembla contra mí mientras me llena.

Y luego, nada. Silencio.

Solo nuestras respiraciones entrecortadas.

El crujido de la cama al cesar el movimiento.

El latido de su corazón contra mi pecho.

Nico no se aparta. Se queda dentro de mí un rato más.

Con el peso justo para que no pueda respirar del todo.

Pero no quiero respirar. No quiero moverme. No quiero que esto termine.

Pasan minutos. No sé cuántos. Al final, él rueda hacia un lado y me atrae contra su cuerpo. Coloca su brazo alrededor de mi cintura y noto como se va calmando poco a poco.

—¿Te arrepientes? —pregunta. La voz ronca.

—No —susurro.

Y es verdad. Me giro en sus brazos y lo beso. Un beso suave, sin prisa.

Le doy un golpecito en el pecho. Él me agarra la mano. Entrelaza nuestros dedos. Y así nos quedamos. Desnudos. Rotos de una forma nueva.

Afuera sigue lloviendo. El Sistema sigue creyendo que me tiene controlada. Pero esta noche, en esta cama, con este hombre que no debería estar aquí, he sido completamente yo. Y eso no me da ningún miedo.