Las 5 opciones 14. Nico no desaparece #2
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14. Nico no desaparece #2

Subimos en silencio. El ascensor es ridículamente pequeño. Nico está apoyado en una esquina, el pelo todavía mojado por la lluvia, observándome sin decir nada. La luz tenue del ascensor nos devuelve una imagen que parece de mentira. Como si fuéramos dos personas normales teniendo una noche normal.

Evito mirarlo. Porque cada vez que lo hago, siento el mismo tirón absurdo en el pecho. Esa especie de corriente eléctrica que no sé de dónde sale ni cómo cojones la apago.

La puerta se abre con un sonido metálico pequeño. El piso está a oscuras. Silencio absoluto. Dejo las llaves en la entrada con cuidado, como una ladrón. Nico cierra la puerta detrás de nosotros. Con cuidado también. Y durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve.

El aire dentro es diferente. Más íntimo. Más peligroso. Y por dentro estoy gritando que esto es una idiotez. Que debería mandarlo a su casa. Que debería hacerme un té y meterme en la cama y olvidarme de todo. Pero no me muevo. Porque no quiero. Y esa es la verdad.

Me giro hacia él. La oscuridad del pasillo nos come las caras. Solo se ven sus ojos. Esa mirada que siempre va un paso por delante de lo que digo.

—No hagas ruido —susurro

Nico suelta una sonrisa mínima. —Intentaré comportarme.

Me arranca una risa nerviosa. Pero se muere en seco cuando él da un paso hacia mí. Ahora está justo delante. Muy cerca. Huele a lluvia, a calle mojada, a él.

Entonces levanta una mano despacio. Me aparta un mechón de pelo mojado detrás de la oreja. Sus dedos rozan mi piel y siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el frío.

—Sigues pudiendo decirme que me vaya —murmura.

Lo miro unos segundos. Debería. Lo sé. De verdad que lo sé.

Mi cabeza lleva toda la noche gritándomelo.

Pero llevo demasiado tiempo intentando ser racional.

Demasiado tiempo haciendo lo correcto. Obedeciendo.

Creyéndome las normas. Y ahora mismo, todo dentro de mí va exactamente en dirección contraria.

—No quiero que te vayas.

No sé quién ha dicho eso. Pero ha salido de mi boca. Y cuando Nico me besa después de oírlo, el aire desaparece por completo.

No tiene prisa al principio. No hay urgencia. Solo esa intensidad que llevamos acumulando días. Desde que apareció con su sonrisa de malo y sus miradas que atraviesan. Me besa como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Me agarro a su chaqueta. Necesito agarrarme a algo. Retrocedemos lentamente por el pasillo oscuro. Sus manos en mi cintura. Mis pies descalzos pisando en puntillas para no hacer ruido. Choco con una puerta. Rechina un poco y suelto una risa nerviosa que ahogo contra su boca.

El suelo cruje otra vez. Mierda. —Vamos a despertar a los vecinos… —susurro entre besos, y sueno como si me diera igual.

—Entonces deja de empujarme contra las paredes —responde él, con la voz ronca.

—Idiota —susurro, riendo.

—Sí, pero has sido tú quien me ha subido.

Voy a contestar algo ingenioso. Algo que le devuelva la puntadita. Pero Nico no me deja. Me besa otra vez. Y esta vez es más profundo. Como si quisiera saborearme. Como si cada centímetro de mis labios fuera importante.

La tensión acumulada empieza a explotar.

Días enteros de no saber qué cojones quería.

De mirarlo y sentir un nudo en el estómago.

De decirme que no. Que es peligroso. Que Mateo era lo seguro, lo correcto, lo que esperaban de mí.

Pero aquí estoy. Con este tío moreno de mirada callejera que no encaja en ningún puto estándar. Y no quiero que se vaya.

Entramos en mi habitación. Cierro la puerta con suavidad y la oscuridad nos envuelve. Nico apoya la frente contra la mía. Se queda unos segundos así. Sin moverse. Dándome tiempo.

—Elena… —dice, y su voz suena como si estuviera al límite de algo.

Le acaricio la mandíbula. La barba incipiente me raspa los dedos. Me gusta esa sensación. Demasiado.

—No pienses tanto —susurro.

Y eso termina de romper lo poco que quedaba entre nosotros. Ya no hay distancia. Ya no hay cuidado. Él me besa mientras caemos sobre la cama. Mi espalda toca las sábanas. Su cuerpo encima del mío. Pesado. Caliente. Todavía medio mojado por la lluvia.

Mis manos se cuelan bajo su chaqueta. Noto su piel. Está ardiendo. Él gime bajito contra mi cuello y siento la vibración recorriéndome entera.

—Has dicho que no hiciera ruido —murmura él contra mi clavícula, y noto su sonrisa.

—Tú cállate —respondo, y lo agarro del pelo para traerlo de vuelta a mi boca.

Ya no puedo seguir fingiendo que esto es pasajero. Que es solo atracción. Que mañana me levantaré y volveré a ser la Elena sensata que obedece las reglas. Porque no lo es.

Y mientras él me besa otra vez, lento, profundo, con las manos recorriéndome como si tuviera el mapa de mi cuerpo tatuado en los dedos, empiezo a entenderlo demasiado bien.

Esto no es pasajero. Y lo jodido es que creo que nunca lo ha sido.

Nico besa mi cuello y tengo que morderme el labio para no hacer ruido. El muy cabrón lo nota. Porque sonríe contra mi piel. Lo siento.

—Eres imposible —susurro, con la voz rota.

—Tú también —responde, y sube una mano por debajo de mi camiseta.

Sus dedos rozan mi costado. Mi estómago. Suben despacio. Como si tuviera toda la noche. Como si nadie fuera a interrumpirnos. Y esa lentitud me está volviendo loca.

Le ayudo a quitarme la camiseta. La tira a algún lado. Da igual dónde. Su mirada baja hasta mis pechos y se queda ahí un segundo. Solo un segundo. Pero se me eriza la piel entera.

—No te me quedes mirando así —digo, y sueno más insegura de lo que quisiera.

Nico vuelve a mirarme a los ojos. —¿Así cómo?

—Así. Como si… no sé. Cállate.

Sonríe. Y luego baja la cabeza. Me besa el hombro. La clavícula. El hueco entre mis pechos. Cada beso es una pequeña explosión que recorre mi cuerpo entero. Me arqueo sin querer. Busco más contacto. Más de él.

Él lo sabe. Lo nota en mi respiración, en la forma en que mis dedos se agarran a su espalda. Y en lugar de acelerar, va más despacio. El muy cabrón va más despacio a propósito.

—Nico…

—Dime —murmura contra mi piel.

—Deja de torturarme.

Levanta la cabeza. Me mira. Tiene los labios hinchados. El pelo revuelto. Los ojos oscuros. Y en ese momento me parece la cosa más ridículamente atractiva que he visto en mi vida.

—No quiero ir demasiado rápido —dice, y suena sincero.

Me río. Una risa baja. Ronca. —Ya hemos pasado esa línea hace horas.

Parpadea. Y luego me besa de una forma que me deja sin aire. Ya no hay lentitud. Hay hambre. Sus manos recorren mi cuerpo como si quisieran memorizarlo a la fuerza. La rodilla entre mis piernas. La cadera presionando contra la mía.

Empieza a quitarme los pantalones. Riendo bajito cuando un tirón sale mal. Mis piernas al final quedan al descubierto. Siento el aire fresco y no me importa. Él se queda mirándome un momento. Sin disimulo. Con una intensidad que me quema.

—Tienes unas curvas increíbles —dice, y es tan directo que no sé si reírme o besarlo.

Hago las dos cosas. Le ayudo a quitarse la chaqueta. La camiseta. Mi palma recorre su pecho. Su abdomen. Baja hasta el borde de sus pantalones y él contiene la respiración.

—¿Segura? —pregunta, y su voz está al límite.

Lo miro. Lo miro a los ojos. Y no hay nada en mi cabeza que me grite que pare.

—Estoy harta de ser segura —susurro.

Nico me besa otra vez. Y esta vez no hay más preguntas. Sus manos recorren mis muslos. Abren. Cierran. Me buscan. Un gemido se me escapa antes de poder tragármelo.

—Shh —susurra él con una sonrisa—. Vas a despertar a los vecinos.

Le doy un golpecito en el hombro. Él ríe bajito. Y luego su boca vuelve a mi cuello mientras sus dedos continúan explorando.

—Mírame —dice.

Abro los ojos.

—Quiero verte —murmura.

Y eso me desarma más que cualquier otra cosa. Porque no es solo una orden. No es solo un capricho. Es una forma de decirme que esto va en serio. Que no quiere a otra. Que me quiere a mí. Aquí. Ahora.

Tragó saliva. Él está encima de mí, apoyado en un brazo, con los dedos de la otra mano recorriéndome el muslo despacio. Muy despacio. Como si el tiempo fuera un puto chicle y él pudiera estirarlo a voluntad.

—Vas a matarme —susurro.

Baja la cabeza. Me besa el cuello. La oreja. El lóbulo. Mordisquea suave. Y mientras tanto, sus dedos siguen subiendo. Rozando. Apenas tocando. Un tormento delicioso que me tiene al borde de gemir en voz alta.

Me muerdo el labio. Cierro los ojos y el mundo se reduce a sus caricias. A su respiración contra mi oído. A la forma en que cada movimiento suyo parece saber exactamente lo que necesito antes de que yo lo sepa.

Su palma descansa sobre mi vientre. Caliente. Quieta. La presiona apenas y siento cómo mi pelvis se eleva instintivamente hacia él. Buscando más. Necesitando más.

—Quietecita —susurra.

Y el muy cabrón retira la mano. Abro los ojos de golpe y le fulmino con la mirada.

—Eres un hijo de puta.

Se ríe bajito. La vibración de su risa contra mi cuello me recorre entera.

—Lo sé.

Vuelve a bajarme la mano. Pero esta vez no se detiene en el vientre. Sigue. Despacio. Tan despacio que creo que voy a enloquecer. Sus dedos rozan el borde de mis braguitas.

—¿Estás nerviosa? —pregunta, y no hay burla en su voz. Solo curiosidad. Solo él mirándome como si yo fuera un misterio que quiere resolver despacio.

—Estoy… —no sé qué cojones estoy—. No lo sé. Tócame de una puta vez.

Sonríe otra vez. Sus dedos entran debajo de la tela y me tocan donde llevo toda la noche queriendo que me toque. Pero con una lentitud que me parece una tortura.

Sus dedos se mueven. Círculos lentos. Presión exacta. Cada vez que aprieto las caderas hacia arriba para buscar más, él baja el ritmo. Me está enseñando a esperar. A sentir. A no pedir más de lo que da.

—Así —murmura él—. Aguanta.