Las 5 opciones 14. Nico no desaparece
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14. Nico no desaparece

Esa noche en mi apartamento, la lluvia había empezado poco después de medianoche.

No una tormenta fuerte. Solo esa lluvia fina y constante que convierte la ciudad en un reflejo borroso de luces y sombras detrás de las ventanas.

Mi hermana se ha ido de fin de semana con unas amigas, no se como voy a contarle todo esto.

Sigo despierta. He intentado leer. He intentado ver alguna serie absurda solo para no pensar.

He intentado quedarme mirando el techo como si en algún momento fuera a aparecer una respuesta escrita ahí arriba.

Como si las grietas del yeso fueran a formar las palabras "elige a Mateo" o "vete con Nico".

Pero nada funciona. Mateo sigue en mi cabeza.

La forma en que me miraba en el coche. Esa mezcla de control y algo más blando que no sabe cómo mostrar.

La sensación de seguridad que tengo a su lado, aunque todo alrededor sea un desastre.

Y aun así… también sigo pensando en Nico. Y eso es exactamente el problema.

El móvil vibra sobre la mesa. Lo miro sin demasiada intención. Seguro que es Clara preguntando si estoy bien. O alguna notificación del Sistema. O cualquier cosa que pueda ignorar. Hasta que veo el nombre.

Nico.

El corazón me da un pequeño salto. Solo hay un mensaje. "¿Sigues despierta?"

Siento ese pequeño vuelco incómodo en el estómago que ya empiezo a reconocer demasiado bien. Es el mismo que sentí la primera vez que me miró en el centro. El mismo que me recorre cuando se acerca demasiado.

"Sí." —Respondo casi sin pensar.

La respuesta de Nico llega casi inmediata. Como si hubiera estado esperando con el dedo sobre la pantalla.

"Estoy abajo."

Levanto la cabeza de golpe. El cuello me cruje.

Me acerco a la ventana con el corazón en un puño.

Bajo la mirada. Y ahí está. Apoyado en la moto bajo la lluvia ligera.

La chaqueta oscura empapándose poco a poco.

El pelo mojado pegado a la frente. Y no tiene ninguna prisa.

Está ahí, mirando hacia arriba, como si supiera que yo voy a mirar. Como si supiera que voy a bajar.

Suelto aire lentamente. Aquello es mala idea. Muy mala. De esas que empiezan con "solo voy a mirar" y terminan con "no sé cómo he llegado hasta aquí". Y precisamente por eso termino poniéndome la chaqueta.

Cuando salgo del edificio, el aire frío me golpea la cara inmediatamente. La lluvia es más fina de lo que parecía desde arriba. Nico levanta la mirada hacia mí. Y sonríe.

—Hola —dice. Y su voz suena diferente bajo la lluvia. Más grave.

Cruzo los brazos. —¿Qué haces aquí?

Nico se encoge ligeramente de hombros. El gesto de alguien a quien no le importa mojarse. —No podía dormir.

—Eso no responde a la pregunta.

Él suelta una pequeña risa. La escucho por encima de la lluvia. —Quería verte.

Intento mantener cierta distancia emocional. Mejor si no se acerca. Mejor si no me mira así. Pero con él todo parece más difícil de lo normal. Porque no intenta convencerme. No parece seguir ningún plan. No hay segunda intención que yo pueda detectar.

Solo está ahí. Mojándose bajo la lluvia como un idiota. Y eso me desarma más de lo que debería.

Nico me observa unos segundos. La lluvia le moja las pestañas. —Tienes mala cara.

—Gracias.

—Lo digo en serio.

Aparto la mirada hacia la calle vacía. Las farolas hacen que el agua parezca brillar en el suelo. Parece bonito. Pero nada es bonito esta noche.

—Ha sido un día raro.

—Creo que ya hemos superado la categoría de "raro".

Eso me arranca una pequeña sonrisa involuntaria. Nico la ve y algo cambia en su expresión.

—Ahí está —murmura—. Ya empezaba a pensar que habías olvidado cómo sonreír.

Noto el calor subirme ligeramente al pecho. Y eso me irrita un poco. Porque no quiero que me ponga nerviosa.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Hablarme como si todo fuera sencillo.

Nico baja la mirada un instante. Mira sus propias manos en los bolsillos de la chaqueta. Cuando vuelve a levantar la cabeza, sus ojos son diferentes.

—No creo que sea sencillo.

—Entonces ¿por qué has venido?

Nico tarda unos segundos en contestar. Los justos para que me dé tiempo a arrepentirme de haber preguntado.

—Porque sabía que estarías pensando demasiado.

Suelto una pequeña risa cansada. —¿Y tú no?

—Constantemente.

Sus ojos se encuentran con los míos. Y durante un segundo demasiado largo, todo vuelve a complicarse.

Nico da un paso hacia mí. Solo uno. Pero noto inmediatamente la tensión cambiando entre los dos. La distancia se convierte en algo que se puede medir en centímetros.

—Elena… —dice él en voz baja. Tan baja que casi parece un secreto—. No quiero que tomes una decisión por miedo.

Trago saliva. La garganta se me seca de repente. —No tengo miedo.

Nico levanta las cejas lentamente. Ese gesto suyo que dice "no me engañas" sin necesidad de palabras.

—Claro.

Aparto la mirada. Porque sí. Porque claro que tengo miedo. Muchísimo. Miedo de equivocarme. Miedo de perder el control. Miedo de que el Sistema tenga razón. Miedo de que Mateo sea la opción segura y aburrida. Miedo de que Nico sea el peligro que no sé si quiero correr.

Nico se acerca un poco más. Lo suficiente para que pueda sentir el calor de su cuerpo a pesar del frío de la calle. —¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —pregunta él.

Niego suavemente con la cabeza. Nico sonríe apenas. Y esa sonrisa pequeña, casi triste, me rompe por dentro de una forma que no sé explicar.

—Que cuanto más intento alejarme… más ganas tengo de volver a verte.

El mundo se detiene. Otra vez. Otra puta vez el mundo se detiene y soy yo la única que sigue aquí, con el corazón latiéndome en la garganta y las manos temblando dentro de los bolsillos de la chaqueta.

Nico no se mueve. No intenta tocarme. No intenta nada. Solo me mira. Esperando. Como si toda la noche dependiera de lo que yo diga ahora.

Cierro los ojos un segundo. Mala idea. Muy mala idea. Porque cuando vuelvo a abrirlos, Nico sigue ahí. Mirándome exactamente igual. Sin apartarse. Sin presión. Solo esperando. Y eso termina de romper la poca resistencia que me queda.

Soy yo quien lo besa primero. Rápido. Casi impulsivo. Como si hubiera intentado evitarlo durante demasiado tiempo y mi cuerpo hubiera dicho "ya está bien, decido yo ahora".

Nico responde inmediatamente. Me atrae hacia él con firmeza.

Una mano en mi cintura. La otra perdiéndose entre mi pelo mojado.

Y el beso se vuelve más profundo en cuestión de segundos.

Como si él también llevara horas esperando esto.

Como si la distancia entre nosotros hubiera sido una mentira que ahora se rompe.

La lluvia. La calle vacía. La tensión acumulada.

Todo explota de golpe. Siento cómo el corazón empieza a latirme demasiado rápido mientras Nico me acerca todavía más hacia él.

Y lo peor es que con él todo parece diferente a Mateo.

Menos seguro. Más peligroso. Más vivo. Con Mateo todo es suave, medido, una coreografía ensayada.

Con Nico es caos. Y jode lo mucho que me gusta ese caos.

Vuelvo a besarlo. Y esta vez ya no hay ninguna intención de detenerse.

Nico me sujeta con firmeza contra él. La lluvia sigue cayendo lentamente alrededor.

Empapándonos la ropa, el pelo, la respiración.

Noto el calor de sus manos incluso a través de la chaqueta mojada.

Y cuanto más intento convencerme de que aquello es un error, más difícil me resulta apartarme.

Todo en Nico parece diseñado para romperme la cabeza.

La forma en que me mira. La forma en que me toca sin prisas, pero sin dudas.

Como si nunca hubiera existido otra posibilidad más que yo terminando aquí, entre sus brazos, olvidándome durante unos minutos del Sistema, de Mateo y de todas las decisiones imposibles que me están destrozando por dentro.

Nico separa apenas los labios para respirar.

—Esto es una mala idea —murmuro. Y ya casi no sueno convencida.

Él suelta una pequeña sonrisa contra mi boca. La siento. Una curva cálida que me desarma.

—Sí.

Y vuelve a besarme. Más lento esta vez. Más profundo.

Como si no tuviéramos prisa. Como si la ciudad entera pudiera esperar.

Siento cómo algo dentro de mí termina de ceder definitivamente.

Las manos de Nico descienden por mi espalda hasta mi cintura.

Me acercan todavía más. Y durante unos segundos dejo de pensar por completo.

Solo existe la sensación de su cuerpo pegado al mío. El sonido de la lluvia. Y aquella necesidad absurda de no separarme todavía.

Porque fuera de sus brazos está el Sistema. Está Mateo. Están las dos semanas. Está la decisión que no quiero tomar. Pero aquí, ahora, entre la lluvia y su boca, no hay nada de eso. Solo él. Solo yo. Solo esto.

Nico apoya la frente contra la mía. —Dime que no quieres volver a verme y desaparezco ahora mismo.

Cierro los ojos. Porque sé lo que debería decir. Lo sé. Sería lo inteligente. Lo que cualquier persona con dos dedos de frente haría. Pero cuando vuelvo a mirarlo, ya conozco la respuesta. La he conocido desde que me besó. Desde antes, probablemente.

—Ese es precisamente el problema —suelto, y sueno como si me acabaran de diagnosticar algo incurable.

La lluvia sigue cayendo suavemente. Como si el cielo también estuviera dudando. Y nosotros seguimos ahí, demasiado cerca, respirando el mismo aire frío mezclado con calor de piel y toda esa tensión que ya no sé ni cómo llamarla.

—Debería irme —murmura al final.

Pero no se mueve. Yo tampoco. Esto sería el final lógico. Un beso más. Una despedida complicada. Cada uno a su sitio. Seguir fingiendo que aún controlamos algo. Que aún podemos elegir.

Entonces miro hacia arriba. Las ventanas de mi edificio están oscuras. Y tengo una sensación rara. No quiero quedarme sola. No esta noche. No después de todo lo que me ha soltado Mateo. No después de medio enterarme de que mi puto código genético es un bicho raro.

Vuelvo a mirar a Nico. —Clara no está.

—Elena…vamos —dice, y mi nombre en su boca suena diferente.