13. El protocolo #3
—Así que en resumen… —digo lentamente— casa, dinero, seguridad… a cambio de que tenga un hijo con uno de ellos y entregue material genético para el otro mientras vosotros controláis cómo crecen.
La mujer asiente. —Correcto.
Miro a Mateo. Luego a Nico. Y por primera vez, ninguno de los dos parece tener una respuesta sencilla. Los dos están en blanco. Como yo por dentro.
—Y si digo que no —añado.
La mujer me mira directamente. Sin amenaza. Sin emoción. Solo hecho puro. Como si lo que voy a decir no fuera más que un dato que introducir en una hoja de cálculo.
—Entonces su perfil será despriorizado. Y el Sistema buscará otra configuración compatible.
Entiendo lo que no están diciendo. Otra persona. Otra vida. Otro experimento. Alguien ocupará mi sitio. Y yo me quedaré fuera, con mi perfil despriorizado, que suena bonito pero significa "te apartamos y te olvidamos".
Mateo da un paso más cerca de la mesa. —Esto no es una oferta.
La mujer lo mira con calma absoluta. —Es el futuro estadísticamente óptimo. Les daremos tiempo —dice, cerrando la carpeta digital con ese gesto suyo tan irritante—. Dos semanas.
Me detengo en seco. —¿Dos semanas para decidir si dejo de ser yo?
Nadie responde de inmediato. Mateo aprieta la mandíbula. Nico suelta una risa breve, casi incrédula.
—Qué generosos.
El hombre del lado de la mujer señala la salida sin levantar la voz. Como si fuéramos muebles que hay que retirar de la sala.
—En dos semanas necesitamos una resolución vinculante del clúster.
Frunzo el ceño. —Dejen de llamarnos así.
La mujer me mira un segundo. Y por primera vez, algo se mueve en su cara. No es empatía. No es pena. Es... cansancio. —Es lo que son ahora, lo siento.
Siento un impulso fuerte de discutirlo todo allí mismo.
De romper algo. De gritar. De negar cada palabra que acabo de escuchar.
Pero hay algo peor que la rabia. La sensación de que discutir no sirve de nada.
De que estas personas no van a cambiar de opinión porque no tienen opinión. Solo tienen datos.
Mateo lo entiende antes que yo. —Vámonos.
Ninguno dice nada. Los tres avanzamos en paralelo, como si fuéramos una unidad. Como si el clúster ya se estuviera formando aunque no hayamos aceptado nada.
Llegamos al final del pasillo. La puerta de salida se abre automáticamente.
La luz de fuera entra de golpe, y parpadeo.
El mundo sigue ahí. Todo sigue ahí fuera como si no hubiera pasado nada.
Como si no acabaran de decirme que mi útero es un recurso de interés poblacional.
Pero antes de que podamos cruzar la calle, una voz nos detiene.
—Un momento.
Nos giramos. Un técnico del centro. Joven. Guantes finos. Tableta en la mano. Nos observa con expresión neutra. —Procedimiento final obligatorio.
Mateo frunce el ceño. —¿Qué procedimiento?
El técnico no responde con palabras. Solo señala una pequeña sala lateral. Como si fuera un aparcacoches indicando una plaza libre.
—Análisis de control.
Siento un escalofrío. —Ya nos han hecho análisis.
—Este es posterior a la evaluación de compatibilidad.
Nico suspira. —Por supuesto que hay uno más.
Mateo me mira. Luego mira a Nico. Y finalmente, sin decir nada, da un paso hacia la sala. Dudo un segundo. Pero lo sigo.
La sala es pequeña. Más parecida a una consulta médica que al resto del centro. Tres sillones. Una mesa metálica. Luces blancas demasiado frías. Las típicas que te hacen sentir que tienes fiebre aunque no tengas nada.
El técnico nos indica que nos sentemos. —Solo extracción de muestra sanguínea —explica con tono automático. Como si lo hubiera repetido mil veces. Que seguramente así sea—. Resultados en cuarenta y ocho horas.
El técnico prepara las agujas con precisión mecánica. Ni una vacilación. Ni un temblor.
—Relajen el brazo…
Aparto la mirada mientras noto el pinchazo leve. Mejor no mirar. Si no lo veo, casi no duele.
Nico mira al frente. Tensión en la mandíbula, pero tranquilo. Mateo no aparta la vista del proceso. Como si estuviera intentando encontrar algo más allá del gesto clínico. Como si creyera que puede leer en las venas lo que no le están contando.
Cuando terminan, el técnico coloca las muestras en un contenedor sellado. Con etiquetas. Con códigos de barras. Como si fuéramos productos en un supermercado.
—Pueden marcharse.
Ya fuera del centro, nos quedamos los tres en la acera. Sin movernos, como tres idiotas que acaban de descubrir que su vida es una mentira.
Miro a Mateo. Luego a Nico. Y siento algo extraño. No es atracción, ni rechazo, ni confusión. Es peso. Responsabilidad. Demasiada para llevarla sola. Demasiada para repartirla entre tres personas que apenas se conocen.
—Dos semanas —repito en voz baja. Suena más a condena que a plazo.
Nico asiente lentamente. —Dos semanas para decidir si vivimos como quieren ellos… o intentamos escapar de esto.
Mateo no responde de inmediato. —Dos semanas para decidir si seguimos siendo libres.
Cierro los ojos un instante. Cuando los abro, los dos me están mirando. Esperando. Sin presionarme. Pero esperando. Y por primera vez desde que todo había empezado, entiendo algo con claridad incómoda.
No es el Sistema el que va a decidir primero. Somos nosotros tres. Y qué miedo da eso.