Las 5 opciones 13. El protocolo #2
79%

13. El protocolo #2

Frunzo el ceño. —Eso no suena a libertad.

—Suena a estabilidad —corrige el hombre a su lado.

Nico suelta una risa breve. —Qué bonito eufemismo.

La mujer ignora el comentario. Como si Nico fuera un mueble que ha hecho ruido.

—Les explicaremos las condiciones completas.

Activa la pantalla. Esta vez no son datos genéticos. No son gráficas ni números que no entiendo. Es un contrato. Con bordes redondeados y letra clara. Como si la opresión también pudiera ser bonita.

—El Sistema les ofrece lo siguiente: vivienda completamente pagada en una zona de alta estabilidad sanitaria. Recursos ilimitados. Protección legal total. Acceso prioritario a tratamientos médicos avanzados.

—A cambio —continúa la mujer— deberán formalizar un vínculo estable.

Mateo tensa la mandíbula. Lo veo moverse. Ese tic que tiene cuando está a punto de explotar. —¿Un matrimonio?

—Un matrimonio autorizado por el Sistema —confirma ella. Sin pestañear—. Solo uno entre ustedes dos.

El silencio cae de golpe. Como un hacha. Nico me mira. Mateo también. Los dos a la vez. Y por primera vez, la decisión deja de ser teórica. Se vuelve real. Tangible.

Siento sus ojos sobre mí. Y los dos preguntan lo mismo sin decir ni una palabra.

—¿Y el otro? —pregunta Nico lentamente. Como si cada sílaba le costara.

La mujer no duda. Ni un segundo. —El otro será parte del programa de coparentalidad estructurada.

Cierro los ojos un segundo. Solo un segundo. Para que no me vean lo que se refleja en ellos.

—Eso suena a que vais a decidir con quién tengo que estar.

—Vamos a optimizar la estructura familiar —corrige el hombre.

Mateo da un paso hacia delante. Nunca lo había visto así. Tan fuera de sí. —No sois humanos.

La mujer lo mira con tranquilidad. —Somos gestión poblacional.

Y ahí lo tienes. Ya está dicho. Ya no hay vuelta atrás. No somos personas para ellos. Somos números. Somos datos. Somos una línea en una gráfica que hay que optimizar.

Gestión poblacional.

Suena a ordenador. A algoritmo. A todo lo que no somos. Y sin embargo, aquí estamos. Esperando su veredicto. Como si realmente tuviéramos otra opción.

—Sigan —digo finalmente. Porque no hay otra opción.

La mujer asiente. Como si hubiera estado esperando esa palabra. —Además del vínculo principal, el Sistema requiere preservación genética completa.

Nico frunce el ceño. —¿Preservación cómo?

La pantalla cambia. Aparecen dos perfiles genéticos. Los dos conectados al mío. Como si todo girara a mi alrededor.

—El programa requiere al menos un hijo biológico con uno de los perfiles compatibles —dice la mujer, y suena como si estuviera leyendo una receta—. Y en caso de no completar descendencia con el segundo perfil, se solicitará donación ovárica para gestación subrogada autorizada.

Siento un escalofrío. Me recorre entera. Es el cuerpo diciéndome que esto está mal, que algo aquí apesta, pero que no puedo hacer nada para pararlo.

Mateo suelta una risa sin humor. —Esto es absurdo.

La mujer continúa como si Mateo fuera una mosca. Como si sus palabras no pesaran nada.

—Cada nacimiento estará asociado a una compensación económica directa.

La pantalla cambia otra vez. Y veo el número. No quiero creerlo. Miro de nuevo. Por si he leído mal. Por si hay un error. Por si puedo agarrarme a algo. Pero no.

Un millón de créditos.

Un puto millón. Por cada hijo. Nico también lo ha visto. Lo sé por cómo se le tensa el cuello. Por cómo deja de respirar un segundo.

—Un millón de créditos por cada hijo registrado en el programa —dice la mujer. Como si fuera una oferta de supermercado. 2x1 en bebés.

Silencio absoluto.

Incluso Mateo, que siempre tiene algo que decir, se queda quieto. Paralizado.

Trago saliva. Siento cómo baja por mi garganta. Pesada como una piedra. —¿Estáis pagando por hijos?

—Estamos invirtiendo en estabilidad futura —corrige el hombre. Como si cambiar las palabras cambiara las cosas.

Nico niega lentamente con la cabeza. No dice nada. Solo mueve la cabeza. Como si no pudiera creer lo que está oyendo. —Esto no es una familia. Es un plan de negocio.

La mujer no responde. Claro. Porque no le importa lo que pensamos. Solo le importa lo que vamos a hacer. Sigue hablando. Como si nada.

—Los menores serán supervisados bajo el Programa de Desarrollo Genético Avanzado.

Levanto la mirada de golpe. —¿Qué significa eso?

—Educación controlada en centros designados por el Sistema. Evaluaciones periódicas de salud y rendimiento genético.

Mateo aprieta los puños. Los veo blancos. Blancos de apretar. —Estáis criando generaciones enteras como si fueran experimentos.

—Estamos reduciendo el riesgo de extinción futura —responde ella.

Los muy cabrones no están haciendo esto por maldad. Lo están haciendo porque creen que es lo correcto. Porque sus pantallas les dicen que es lo correcto. Porque el Sistema ha hecho las cuentas y ha decidido que esto es lo que hay que hacer.

Y esa es la parte más jodida. Porque si fueran malos por ser malos, podría odiarlos sin matices. Podría gritarles a la cara y llamarles monstruos. Pero no. Creen en esto. Creen que nos están salvando. Y eso... eso es peor.