13. El protocolo
Nico es el primero en moverse. Guarda el móvil con una calma irritante. Como si esto fuera el trámite más aburrido del mundo. Luego me mira. Directo. Sin rodeos.
—Esto ya no va a desaparecer, ¿sabes?
Mateo aprieta la mandíbula. Lo veo tensarse. —Lo sabemos.
Nico ignora el tono de Mateo como si fuera una mosca molesta. Vuelve a hablarme a mí. Solo a mí. Como si el resto del mundo —Mateo incluido— fuera ruido de fondo.
—Nos están arrastrando a algo oficial.
Siento un nudo en el estómago. De esos que aprietan de verdad. —¿Y si no vamos?
Mateo suelta una risa breve. Sin humor. Seca como un papel de lija. —Entonces dejan de tratarlo como una invitación.
Nico mira el mensaje otra vez. Lo lee en voz baja, como si saboreara cada palabra. —“Convivencia activa”… —repite—. Suena demasiado limpio para lo que realmente significa.
Lo miro. —¿Qué significa entonces?
Nico no responde de inmediato. Mateo sí. —Que quieren controlarlo todo.
Bajo la mirada. No soporto verles las caras ahora mismo. —No voy a ser parte de un experimento.
Mateo me observa con intensidad. Siento su mirada clavándose en mi nuca.
—Ya lo somos. La mejor opción que tenemos ahora mismo es ir al centro y no oponer resistencia. Esto es mucho más serio de lo que podéis imaginar. He visto casos aterradores en archivos clasificados. —Pausa. Me busca los ojos. Los encuentro a la fuerza.— Elena, no quiero que te ocurra nada malo.
Le miro. Luego miro a Nico. Los dos están ahí.
Los dos esperando. Los dos atrapados como yo.
Y lo entiendo. No podemos ir contra el Sistema.
Ya estamos dentro del programa. La huída o la negativa solo nos traerían más problemas.
Más ojos encima. Más control y menos salidas.
Tenemos que ir los tres juntos al centro.
Terminar de entender esto. O al menos intentarlo.
—Vamos, los tres —digo, y me sorprende lo firme que suena mi voz—. No quiero ir sola otra vez.
Mateo asiente. Nico también. Sin discutir. Sin rechistar. Como si fuera solo yo la que pudiera decidirlo.
—
El Centro de Evaluación Genética Central no está diseñado para intimidar.
El mismo edificio blanco. La misma iluminación perfecta que te hace sentir observada desde todos los ángulos.
La misma sonrisa artificial en la recepción.
Como si nada hubiera cambiado. Como si no estuviéramos entrando a una decisión irreversible.
—Han llegado antes de lo previsto —dice la recepcionista. Amabilidad quirúrgica. Me dan ganas de salir corriendo. De girar sobre mis talones y largarme a cualquier sitio donde no haya pantallas ni expedientes ni etiquetas. Pero no lo hago.
Los tres avanzamos juntos. Por primera vez no hay distancia entre nosotros. Solo tensión. Una tensión compartida. Como si fuéramos tres animales atrapados en la misma jaula sin saber muy bien si vamos a colaborar o a devorarnos.
—Por favor, síganme.
El pasillo era idéntico al de la primera vez. La misma línea azul en el suelo. La misma dirección única. Parece mentira que un sitio tan limpio pueda darme tanto asco.
Nico camina a mi lado. Ligeramente más relajado que Mateo, pero la mirada la tiene en modo alerta constante. Como un animal que olfatea peligro antes de que llegue.
—Esto parece una mala película —murmura.
—Esto es peor —responde Mateo. Y no puedo darle la razón. Porque en las películas al menos sabes cuándo se acaba. Aquí no tengo ni idea de cuánto llevamos ni cuánto queda.
Yo no digo nada. Porque no puedo dejar de pensar en lo que viene. En lo que nos espera al final de este jodido pasillo.
La sala es más grande de lo que esperaba.
Y eso me descoloca. Porque esperaba tubos de ensayo, batas blancas, algo que gritara "experimento" en mayúsculas.
Pero no. Parece una sala de reuniones diseñada para tranquilizar a la gente.
Sofás claros. Agua en la mesa. Pantallas apagadas en las paredes. Demasiado bonito. Demasiado falso.
Y tres personas esperándonos. Dos hombres y una mujer. Sonrisas suaves. Miradas demasiado entrenadas. De esas que han ensayado frente al espejo.
—Bienvenidos —dice uno de ellos. Voz de locutor de anuncio institucional—. Por favor, tomen asiento.
Nadie se sienta. El silencio dura unos segundos incómodos. Me quedo de pie. Mateo también. Nico ni se plantea sentarse. Los tres en fila, como si eso nos diera algo de poder. Qué ilusos.
Entonces la mujer habla. —Sabemos que la situación puede parecer… inusual.
Nico suelta una risa breve. Cortante. —¿Inusual?
La mujer no pierde la sonrisa. Ni un milímetro. —El Sistema ha identificado una configuración genética extraordinaria.
Mateo cruza los brazos. —Eso ya lo sabemos.
El hombre asiente como si estuviera acostumbrado a interrupciones. Como si fuéramos niños malcriados a los que hay que tolerar.
—Perfecto. Entonces podemos avanzar.
Siento un escalofrío. Me recorre la espalda como una corriente invisible. —¿Avanzar hacia qué?
La mujer me mira directamente. Me sostiene la mirada, sin parpadear. —Hacia la optimización del vínculo.
Parpadeo. Por si ha sido un error y he oído mal. —Eso no suena a una explicación.
—Es una oportunidad —corrige la mujer. Como si yo fuera tonta y no entendiera lo que me conviene.
Nico se inclina ligeramente hacia delante. Solo un poco. Pero suficiente para que se note el cambio de energía.
—¿Oportunidad para quién?
El hombre sonríe. Y esa sonrisa me pone los pelos de punta. —Para la especie.
Mateo da un paso mínimo hacia delante. —No estamos aquí para reproducirnos como parte de un programa.
La mujer no se inmuta. Ni un parpadeo. Ni un titubeo.
—No lo llamamos reproducción. Lo llamamos continuidad genética asistida.
Suelto una risa incrédula. Me sale del alma. —Eso es exactamente lo mismo.
La mujer me mira con paciencia. Esa paciencia de quien sabe algo que tú no sabes. Esa paciencia que da más rabia que un insulto. —No. No lo es.
Entonces pulsa un botón. Las pantallas de la sala se encienden. Todas a la vez. Como si hubieran estado esperando ese momento exacto para despertarse.
Datos. Gráficas. Mapas genéticos. Números que no entiendo a simple vista, pero que transmiten una idea muy clara. Una idea que me revuelve el estómago.
Control. Con mayúsculas. Como si el Sistema quisiera que lo leyéramos bien claro.
—Su combinación es excepcional —dice la mujer. Y lo suelta con una naturalidad que me dan ganas de abofetearla—. Mateo y Elena producen una línea de resistencia inmunológica sin precedentes. Nico y Elena generan una mejora cognitiva que podría redefinir la adaptación humana.
Nico aprieta la mandíbula. Lo veo tensarse. Esa mandíbula que conozco, que he mirado más veces de las que quiero admitir. —¿Y Elena sola qué es? ¿Un recurso?
La mujer no duda. Ni un segundo. —Es el punto de convergencia.
Punto de convergencia. Qué bonito. Suena a centro de mesa. A adorno. Siento cómo el aire se vuelve más pesado. Como si alguien hubiera subido la presión atmosférica solo dentro de esta sala.
—No pueden decidir eso sobre mí —suelto. Y mi voz sale más firme de lo que me siento.
El hombre da un paso adelante, muy tranquilo, como si estuviera paseando por un parque. —No decidimos sobre usted, Elena. Interpretamos patrones. El Sistema no impone. Optimiza.
Optimiza. Qué palabra más bonita para decir "hacemos lo que nos da la gana con tu vida".
Mateo suelta aire lentamente. —¿Y qué quieren exactamente?
La mujer nos mira a los tres. Uno por uno. Sin prisas.
—Que formen parte del Programa de Convivencia Activa.
Siento cómo el corazón se me acelera. Empiezo a notar los latidos en las sienes. —¿Y eso significa…?
El hombre responde con naturalidad absoluta. Como si estuviera leyendo el menú de un restaurante.
—Vida compartida supervisada. Acceso a recursos ilimitados. Protección total en un entorno estable.
Nico suelta una risa seca. —Suena a jaula con buena iluminación.
La mujer no reacciona. Ni una sonrisa. Ni un gesto. Sigue ahí, impasible, como una estatua de carne y hueso. —Y una condición.
Ya sé cuál es. Lo sé antes de que lo diga. Lo sé desde que vi los mapas genéticos. Desde que nombraron lo que yo "produzco" con cada uno de ellos. Pero lo escucho igualmente. Porque no hay manera de prepararse para esto. Por mucho que lo sepas, oírlo es diferente.
—Elena deberá iniciar el protocolo de gestación prioritaria.
El mundo se detiene. No sé cómo explicarlo. Pero el tiempo se para. Las pantallas se quedan borrosas. Las voces suenan lejanas.
Mateo da un paso hacia delante. —No.
Nico también. —Ni hablar.
Los dos al mismo tiempo. Por primera vez en todo el día están de acuerdo en algo.
Pero la mujer levanta la mano. Un gesto pequeño. Casi suave. Y sin embargo, los dos se callan. —No es negociable.
Siento un mareo leve. Como cuando te levantas demasiado rápido y el suelo se mueve bajo tus pies.
—¿Y si no acepto?
La mujer me mira con calma absoluta. Esa calma da más miedo que cualquier amenaza gritada. —Entonces su perfil se reclasificará como inestable.
Trago saliva. Noto cómo baja por mi garganta como una piedra. —¿Y eso qué significa?
El hombre responde esta vez. Su voz sigue siendo tranquila. Pero las palabras que dice no lo son.
—Reducción de privilegios. Supervisión constante. Y eventual reasignación forzada.
Nadie habla. Yo miro las pantallas. Los datos. Las gráficas. Los números que no entiendo. Y entiendo una sola cosa.
No tengo salida.
La mujer volvió a mirar sus pantallas. —Pero no tienen que decidir ahora.
Mantiene la mirada fija en la pantalla unos segundos más de lo necesario. Como si estuviera saboreando el momento. Como si supiera que nos tiene exactamente donde quiere.
—Hay un error en la interpretación del último análisis —dice con calma.
Mateo no aparta la vista de la mujer. Nico tampoco. Los dos en alerta. Los dos esperando el siguiente movimiento.
—Entonces… —empiezo, y mi voz suena más pequeña de lo que quisiera— ¿qué significa todo esto exactamente?
—Significa que han llegado al punto crítico del programa. Y que a partir de ahora sus decisiones ya no serán individuales.