12. Interferencia
El móvil vibra de repente. Un sonido seco. Casi agresivo. Como un latido mal puesto. En el habitáculo se oye demasiado fuerte.
La pantalla se ilumina. “Notificación del Sistema”. No es un mensaje cualquiera de esos que te recuerdan que tienes que hacerte la revisión anual. Es otra cosa. La tipografía es diferente. Más seria.
Actividad relacional no autorizada detectada.
Perfiles vinculados actualizados.
—¿Qué significa eso? —pregunto. Y mi voz sale en un tono que no me gusta.
Mateo no aparta la mirada del móvil. La luz de la pantalla le ilumina la cara y veo algo que no había visto nunca en él. Miedo.
—Que ya no somos solo tres personas con un problema —dice.— Ahora somos un conjunto.
Frunzo el ceño. Conjunto. Qué puta palabra. Suena a colección. A insectos en una caja.
—No entiendo.
Mateo desbloquea la pantalla con rapidez. Los dedos le tiemblan un poco. O solo lo parece porque yo estoy temblando por dentro y se me contagia.
—El Sistema no registra interacciones emocionales de forma aislada —me suelta, como si se estuviera leyendo un manual en voz alta—. Agrupa patrones. Los clasifica. Los estudia.
Me enseña la pantalla. Y ahí están. Mi nombre. El de Mateo. Y el de Nico. Los tres. Unidos bajo una misma etiqueta. Como si fuéramos un pack. Un lote.
Clúster genético de interés prioritario
Leo las palabras. Las releo. No entiendo del todo lo que significan, pero mi cuerpo sí. Porque me recorre un frío inmediato. De esos que empiezan en la nuca y bajan hasta los huesos.
—Eso suena a…
—Experimento —termina él.
—¿Y Nico? —pregunto.
Mateo tarda un segundo en responder. Un segundo demasiado largo. —Ya lo saben.
Giro la cabeza hacia él. Tan rápido que me duele el cuello. —¿Cómo que ya lo saben?
—Porque él también está dentro del sistema.
No debería sorprenderme. En el fondo lo sabía. Desde el primer momento que vi a Nico, con esa forma de moverse como si conociera los atajos, como si supiera algo que yo no. Pero una cosa es intuirlo. Y otra muy distinta oírlo así, en crudo, sin filtros. Soy una idiota.
Mateo arranca el coche. El motor ruge y yo me quedo mirando el móvil que sigue iluminado en su mano.
—No deberían haber actualizado el clúster tan rápido —murmura él, casi para sí mismo—. Esto significa que están acelerando el seguimiento.
—Vale. Perfecto. —La ironía se me escapa antes de poder controlarla—. El Sistema nos ha unido como si fuéramos… ¿qué? ¿un proyecto?
—Más o menos.
—Y Nico está incluido.
Apoyo la cabeza en el reposacabezas y cierro los ojos. Clúster genético de interés prioritario. Experimento. Nico. Hay tantas cosas que no sé. Tantas que no entiendo. Pero hay una que me queda clarísima.
Esto no es casualidad.
Nada de esto es casualidad. Y lo peor de todo es que, ahora mismo, con el abrigo medio abrochado y el sabor de Mateo todavía en la boca, lo único que quiero es que Nico aparezca de repente en la puerta de mi casa.
Para gritarle todas las preguntas que no me dejan dormir.
Para que me mire con esa forma suya de atravesar.
Y para que, de paso, me ayude a entender qué cojones significa todo esto.
Porque Mateo habla, pero Mateo oculta. Y Nico… Nico no me debe nada. O eso quiero creer.
Suelto una risa que ni siquiera me hace gracia. Es de esas que salen solas, como un reflejo feo.
—Genial. Me encanta mi vida.
Mateo me mira de reojo. Tiene esa cara de "esto es serio, Elena", que ya me empieza a poner nerviosa.
—No es una broma.
—Ya lo sé. —Y lo digo en serio. Ojalá fuera una broma. Ojalá pudiera bajar del coche y decir "vale, muy gracioso, ya puedes parar". Pero no.
Y entonces el móvil vuelve a vibrar. Dos veces. Seguidas. Como si alguien estuviera desesperado por que lo miráramos.
Mateo no lo mira inmediatamente. Qué valiente.
Yo no podría. Estaría pegada a la pantalla como una loca.
Pero cuando lo hace… le cambia la cara. No es que se ponga pálido ni nada de esas tonterías de series.
Es más sutil. Una rigidez en la mandíbula.
Los ojos que se quedan fijos en un punto que no está en la pantalla.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Aprieta el volante. Los nudillos se le marcan. —Está aquí.
El estómago me da un vuelco. De esos que te quitan el aire. —¿Quién?
No responde. Pero no hace falta. Porque en ese mismo instante, una moto negra se planta a nuestro lado. En el semáforo. Como si hubiera salido de la nada.
Casco oscuro. Movimiento seguro. Y antes de que pueda procesarlo, el conductor gira la cabeza hacia nosotros.
No veo su cara. No hace falta. Lo sé. Lo sé con una certeza que me asusta.
—Nico… —sale de mis labios como un suspiro. Casi sin voz.
El semáforo se pone verde. Pero nadie se mueve. Ni Mateo. Ni yo. Ni Nico. Los tres ahí, congelados, en mitad de la calle vacía. Como si el mundo hubiera decidido hacer una pausa.
El corazón me golpea. Literal. Siento cada latido en las sienes, en el cuello, en las puntas de los dedos. Mateo no aparta la mirada de Nico. Y Nico… Nico no aparta la mirada de mí.
Me mira. A través del casco. Lo siento. Esa forma suya de atravesar, de desmontarte sin decir ni una palabra. Luego se quita el casco. Solo un poco. Lo justo para verle la expresión. Y no es rabia. No es sorpresa. Es algo peor.
Se acerca al coche. La moto ruge un segundo y ya está ahí, pegado a mi ventanilla. Abro la boca. No sale nada. Las palabras se me han quedado atascadas en algún sitio entre el cerebro y la lengua.
—¿Qué está pasando? —pregunta él.
Y su voz. Joder. Su voz. Directa. Sin rodeos. Como un golpe seco.
Mateo responde antes de que yo pueda reunir dos neuronas. —El Sistema nos ha agrupado.
Nico suelta una risa breve. Cortante. Sin calidez. De esas que te ponen los pelos de punta.
—Claro. Qué conveniente.
Bajo la mirada un instante. No soporto la intensidad.
No así de golpe. La tensión entre Mateo y Nico es casi física.
Como si el aire del coche se hubiera vuelto sólido de repente.
Pero lo peor no es eso. Lo peor es que no es solo entre ellos.
Es hacia mí. Los dos me miran. Los dos esperan algo.
Y yo estoy aquí, en medio, con el abrigo medio abrochado y la cabeza hecha un puto lío.
Nico me mira directamente. Sin filtros. Sin esa forma elegante que tiene Mateo de suavizar las cosas.
—¿Estás bien?
La pregunta es sencilla. Como si fuera fácil responder con un "sí" o un "no" y ya está. Pero no. No es fácil. Porque la respuesta real no es ninguna de esas dos. Es otra cosa. Algo que no sé ni cómo explicarme a mí misma. Una mezcla de miedo y algo que se parece a la excitación. O a la adrenalina.
Mateo lo entiende antes que yo. Siempre lo entiende todo antes que yo. Maldita sea.
—No es una elección normal —dice él.
Nico frunce ligeramente el ceño. Solo un poco. Pero lo veo. —Nunca lo es contigo.
Ahí queda eso. Como un latigazo. Siento cómo el aire se tensa aún más. Si antes era denso, ahora se puede cortar con un cuchillo. Y entonces… el móvil de Nico vibra.
También él. También le ha llegado. Lo saca del bolsillo de la chaqueta. Lee. Y su expresión... no cambia mucho. Pero cambia. —Ya está —murmura.
Me giro hacia él. —¿Qué?
Nico levanta la pantalla. La luz azulada le ilumina la cara. Y leo.
Asignación provisional de convivencia activa aprobada
Clúster: Elena / Mateo / Nicolás
Inicio: Inmediato
El mundo se inclina. No es una metáfora. Es real. Siento como si el suelo—el asiento del coche, la calle, todo—se moviera. Como si alguien hubiera tirado de una alfombra que tenía debajo de los pies toda mi vida.
Todo lo que he vivido hasta ahora... las citas, las conversaciones con Mateo, el primer día que vi a Nico... todo eso deja de ser personal. Se convierte en otra cosa. Algo mucho más grande. Algo que no controlo.
Mateo cierra los ojos un segundo. Solo un segundo. Pero lo suficiente para que vea que no es indiferente. Que esto también le ha golpeado.
Nico baja lentamente el móvil. Sin apartar la mirada de la pantalla. Como si estuviera procesando. Y yo, por primera vez, entiendo de verdad lo que significa no ser libre.
Porque nadie nos ha preguntado. Nadie nos ha dado a elegir. El Sistema ha decidido por nosotros. Y nosotros vamos a hacer lo que digan. Porque siempre hacemos lo que dicen. Qué bonita la libertad. Qué bien nos la venden.
Una cita concertada aquí. Una etiqueta allá. Un clúster. Un grupo de interés prioritario. Y ahora... ¿convivencia? ¿En serio? ¿Voy a tener que vivir con ellos? ¿Con los dos?
—Esto es una puta locura —suelto.
Mateo abre los ojos. Me mira. Pero no dice nada. Nico se queda callado también. Y yo... yo respiro hondo. Porque si algo he aprendido hoy es que quejarse no sirve de nada. El Sistema ya ha decidido.
Ahora solo me queda descubrir qué cojones significa todo esto. Y por qué me da que lo peor está por llegar.