Las 5 opciones 11. Opciones imposibles #3
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11. Opciones imposibles #3

Paso la yema de los dedos por encima. Muy despacio. Siento el calor incluso a través de la ropa interior. Y Mateo suelta un sonido. Pequeño. Ahogado. Como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

Me inclino. El espacio del coche es ridículo. El volante me aprieta la cadera. La palanca de cambios está metida en algún lugar de mi costilla. Me da igual. Bajo el borde de su ropa interior. Y ahí está. Y es… joder, es perfecta. No sé por qué pienso eso. Pero lo pienso.

Le paso la lengua por la punta. Solo un roce. Un saludo. Y Mateo apoya la cabeza en el reposacabezas con los ojos cerrados y las manos apretando mis muslos.

—Dios, Elena…

Me gusta cómo dice mi nombre. Me gusta que lo diga así, roto, como si se estuviera ahogando. Lo rodeo con los labios. Despacio. Hundo un poco más la cabeza y lo siento contra el paladar, pesado, caliente. Demasiado. Pero no aparto.

Un gemido. Se le escapa sin permiso. Y yo sonrío. No puede verme porque tiene los ojos cerrados, pero lo hago igual.

Arriba y abajo. Arriba y abajo. Lentamente. Probando. Buscando un ritmo. Él muerde su propio puño para no hacer ruido y me da la risa. Qué absurdo. Aquí nadie va a oírnos. El coche está vacío, la calle está muerta, y Mateo está mordiéndose la mano como si fuera un adolescente.

Le cojo la muñeca y se la aparto. —Quiero oírte —digo.

Y luego vuelvo a bajar. Ya no voy despacio. Ya no estoy probando nada. Sé lo que quiero. Quiero que se desmorone. Quiero que el tío perfecto, el que lo controla todo, pierda el control del todo.

Chupo más fuerte. Meto la lengua. Rozo con los dientes solo lo justo para que respire hondo, para que apriete los dientes, para que sus dedos se claven en mi hombro.

—Me voy a correr —susurra. Y parece que le cueste soltarlo. Como si admitirlo fuera un pecado.

No paro. No quiero parar. Aprieto más el ritmo y escucho cómo su respiración se vuelve errática, cómo suelta jadeos cortos, cómo dice mi nombre una vez, dos veces, tres, hasta que se queda sin aire. Noto cómo se tensa. Cómo se pone más duro dentro de mi boca. Y entonces… explota.

Caliente. Amargo. Directo contra mi garganta. Y no me aparto. Trago. Una vez. Otra. Y siento cómo se contrae entre mis labios hasta que termina del todo. Me incorporo, lamo el borde de mi boca y lo miro.

Todavía tiene los ojos cerrados. El pecho le sube y baja rápido por la respiración. El pelo despeinado. Y parece… satisfecho, relajado, como si se hubiera liberado de un peso enorme.

Me siento en mi asiento insinuando una sonrisa de niña buena.

Termino de abrocharme el abrigo y él sigue ahí, con la cabeza apoyada en el reposacabezas, mirando el techo del coche como si fuera la primera vez que lo ve.

El pecho todavía le sube y baja rápido, pero ya no es la respiración agitada de antes. Es otra cosa. Más tranquila.

Le veo la cara. El pelo despeinado, un poco húmedo en las sienes. Los ojos cerrados. Parece otro. No el tío perfecto de sonrisa calculada. Alguien más vulnerable. Y joder, eso me da un cosquilleo raro en el estómago.

—Tú… —abre los ojos y me mira.

Se queda ahí. Colgado. Como si las palabras se le hubieran escapado por algún sitio.

Espero. Él no dice nada. Solo me mira con esos ojos de color indefinible que a la luz del salpicadero parecen más oscuros de lo que son. Y soy yo la que tiene que romper el silencio. Como siempre.

—¿Yo qué? —pregunto, con una ceja levantada.

Él niega con la cabeza. Una sonrisa pequeña, cansada, se le dibuja en la boca.

—Eres… —otra pausa. Me jode cuando hace eso—. No sé lo que eres.

Me siento bien en mi asiento. Cruzo las piernas. Me abrocho bien el abrigo porque fuera hará frío y no tengo ganas de volver a ponerme nerviosa.

—Pues mira —digo, y noto cómo se me escapa otra vez una sonrisa de niña buena que no he planeado—, yo tampoco sé muy bien lo que soy. Pero lo que acabo de hacer… eso sí lo sé.

Mateo suelta una risa corta. Agotada. Pero risa al fin y al cabo.

—Eres imposible.

—Y tú demasiado complicado.

Respiro hondo y miro por la ventana. La calle sigue vacía. Y yo sigo aquí. Con el abrigo medio abrochado, el pelo hecho un desastre, y una verdad que pesa más que todas las mentiras que me han contado.

Doble cien. Lo que sea que signifique eso.

Nico. Ojalá tuviera su número. Ojalá supiera dónde coño vive. Porque tengo preguntas. Muchas. Y me da igual lo que Mateo diga. Algo aquí huele a chamusquina, y ese tío de sonrisa peligrosa y aire de malote parece tener las respuestas.

Aunque me descoloque. Aunque me ponga nerviosa.

Aunque cuando me mira sienta que el suelo se mueve y no quiero que deje de moverse.

Pero eso es un problema para otra Elena.

La Elena de dentro de unas horas. La Elena que se tomará un café, se peinará, y fingirá que todo esto es normal.

Ahora solo quiero llegar a casa. Ducharme. Meterme en la cama y no pensar en nada.

Mateo arranca el coche sin decir nada más. Y yo me quedo mirando las luces de la ciudad pasar, con el cuerpo todavía temblando un poco, y la certeza de que nada va a volver a ser como antes. Pero claro. Tampoco es que antes fuera gran cosa.