11. Opciones imposibles #2
Se pasa una mano por la cara inmediatamente después, frustrado consigo mismo, como si odiara haberlo dicho en voz alta. Pero ya es tarde, porque ahora la frase también está dentro de mí.
—No quiero que esto se convierta en un experimento —dice, y su voz suena grave, como si le costara sacar las palabras—. Ni en un protocolo. Ni en una decisión lógica del Sistema.
Se inclina. Solo un poco. Pero el espacio dentro del coche ya era pequeño y ahora es ridículo. Lo siento. Su hombro. Su brazo. El calor que desprende. Todo demasiado cerca.
—Cuando estás conmigo… —susurra, y su aliento me roza la mejilla— …no pienso en nada de eso.
Mi respiración se vuelve más corta. Literal. Noto cómo el pecho se me sube y baja más rápido y no puedo controlarlo.
—Eso no es…
Pero no sé qué iba a decir. Porque la frase se muere en mi boca. Porque Mateo está ahí. A centímetros. Y veo el color exacto de sus ojos. Y el pequeño rasguño que tiene en el pómulo. Y sus labios.
—Solo pienso en ti.
El aire dentro del coche desaparece. Lo juro. Me quedo sin oxígeno. Y no me aparto. No avanzo. Solo lo miro. Y en algún lugar de mi pecho siento cómo algo se rompe. No duele. Es como un hilo que se tensa demasiado y al final… puff. Se va.
No sé quién se mueve primero. Da igual. Me besa. Al principio es… suave. Demasiado. Como si tuviera miedo de romperme. Como si aún creyera que puede mantener el control. Pero qué tontería. Ese control se fue a la mierda hace días. Hace horas. Hace tres frases.
No me aparto. Y eso lo cambia todo. El beso se vuelve más profundo.
Más hambriento. Sus labios presionan los míos como si llevara siglos queriendo hacerlo.
Y yo respondo. Sin pensar. Sin analizar.
Sin el puto ruido constante del Sistema en mi cabeza.
Por primera vez en mucho tiempo, mi cerebro está en blanco. Solo siento.
Sus manos. No me agarran, no me apresan, pero me acercan. Me pegan a él. Y el contacto, joder, el contacto me recorre entera. Un escalofrío que empieza en la boca y baja hasta los dedos de los pies.
Le muerdo el labio inferior. No sé por qué. Un reflejo. Una gana estúpida. Y él suelta un gemido bajísimo, casi imperceptible, que me llega directo al estómago. Me pierdo.
Sus dedos se enredan en mi pelo. La otra mano me aprieta la cintura. Y yo no sé dónde poner las mías, así que las subo a su nuca, lo acerco más, más, como si fuera posible borrar los últimos centímetros que nos separan.
El coche es diminuto. El mundo afuera no existe. Las pantallas, los índices de salud, las parejas caminando bajo anuncios del Sistema… todo eso puede arder. Solo él. Solo yo. Y esta sensación de que si paramos ahora, voy a explotar.
Mateo separa los labios solo lo justo para respirar. Y su frente toca la mía. Y estamos ahí, enganchados, con la respiración rota, y yo aún siento su boca en la mía como si siguiera ahí.
—Mierda —susurro.
Y no sé si lo digo por lo bien que se siente o por lo mucho que me asusta.
Su lengua roza la mía y siento un calambre que baja directo al coxis. Mis dedos se enredan en su pelo. Tiro. No fuerte, solo lo justo para oír ese pequeño sonido que hace contra mi boca. El maldito apoyabrazos del coche se me clava en la cadera. Me da igual. Me da absolutamente igual.
Mateo me desabrocha el abrigo. No sé ni cuándo lo hizo. Sus manos están debajo de la tela, apretando mi cintura, y sus dedos queman a través de la camiseta.
—Esto es una locura —murmura contra mi cuello.
Y yo apenas puedo responder porque está besando justo donde mi mandíbula se encuentra con la oreja y se me nubla todo.
—Ya lo sé —consigo decir, y me sale entrecortado.
Su mano baja por mi espalda y se queda ahí, en la curva justo antes de mi culo. No aprieta. Solo posa los dedos. Como si estuviera probando un territorio que aún no sabe si puede pisar.
Pero yo sí sé. Le empujo el pecho. Solo un poco. Solo lo justo para que se separe y poder mirarlo a los ojos. Los tiene negros. No grises ni verdes. Negros. Como si la pupila se le hubiera comido todo el color.
—¿Qué haces? —me pregunta.
No contesto. Mis manos bajan desde su nuca hasta sus hombros, desde sus hombros hasta su pecho, y noto cada músculo tenso debajo de la camisa.
Sigo bajando. Botón a botón. El primero se abre fácil.
El segundo también. Pero el tercero se me engancha y tengo que hacer fuerza y él ni respira, solo me mira, solo me observa como si fuera un animal raro que ha decidido acercarse.
—Elena…
—Cállate —le digo.
Y no es un grito. Es un susurro. Pero él se calla. Termino de abrir la camisa. La aparto a los lados. Y entonces veo su piel. Su piel perfecta, morena, caliente, con ese vello oscuro que baja desde el ombligo hasta dentro del pantalón. Y quiero seguir esa línea con la lengua. Pero no. Todavía no.
Desabrocho su cinturón. El metal suena en el silencio del coche y parece un disparo. El broche del pantalón. La cremallera. Mateo coge mi muñeca. No fuerte. Solo la rodea con los dedos.
—No tienes que hacer esto.
—Lo sé —respondo, y mi voz suena segura aunque por dentro estoy temblando como un flan—. Pero quiero.
Sus dedos se sueltan. Me bajo la mirada un momento. Solo un momento. Y ahí está. Duro. Tenso. Apoyado contra su vientre. Y joder, el corazón me late en la garganta. Pero no es miedo. No exactamente.