11. Opciones imposibles
El coche se queda en silencio. Pero no un silencio normal. Uno de esos silencios que parecen quedarse pegados a la piel. Demasiado largos. Demasiado llenos de cosas que no quiero pensar.
Sigo mirando hacia delante, aunque sinceramente ya no veo la calle. Solo tengo la cabeza llena de fragmentos chocando entre sí como si alguien hubiera tirado mi vida dentro de una trituradora.
El centro genético. Nico. Las notificaciones. Los archivos secretos. La palabra “excepcional” persiguiéndome como una maldita enfermedad. Y ahora esto.
Hijos con los dos.
Mi cerebro directamente intenta rechazar la frase. Como cuando pruebas leche caducada y el cuerpo decide antes que tú que eso no entra.
—No pueden hacer algo así.
Mateo apoya la cabeza contra el asiento unos segundos. Parece agotado de una forma que ya no sé si me rompe el corazón o me enfada.
—Pueden intentarlo.
Me giro hacia él inmediatamente. —¿Intentarlo cómo exactamente? ¿Qué esperan? ¿Que acepte tranquilamente formar parte de algún programa genético enfermo?
Suelta el aire despacio. —No funciona así.
—Pues explícamelo porque sinceramente estoy a dos minutos de perder la paciencia y empezar a romper cosas.
Se pasa una mano por la cara. —El Sistema no obliga directamente. Nunca. Eso provocaría rechazo social. Lo que hace es… empujar.
Frunzo el ceño. —¿Empujar?
—Acceso prioritario a vivienda, ventajas sanitarias, permisos reproductivos completos, protección legal, tratamientos exclusivos. Construyen una vida tan perfecta alrededor de ti que decir que no empieza a parecer irracional.
Y ahí llega el escalofrío. Porque puedo verlo perfectamente. Millones de personas aceptándolo felices. Dando las gracias incluso. “Gracias por seleccionar mis genes. Es un honor contribuir al futuro de la especie.” Dios mío, qué asco.
—¿Y si me niego?
—Entonces empiezan las restricciones.
Se me escapa una risa pequeña. Vacía.
—Claro. Qué sorpresa. El chantaje, pero con diseño minimalista y sonrisas blancas.
Mateo sigue mirándome. —No es solo contigo. Nico también está marcado.
Y odio el efecto inmediato que tiene escuchar su nombre. Porque algo dentro de mí se tensa al instante. Como un reflejo automático. Demasiadas emociones mezcladas ahí dentro. Deseo. Miedo. Cariño. Rabia. Esa sensación absurda de querer acercarme a él y zarandearlo al mismo tiempo.
Y claro, Mateo lo nota. Por supuesto que lo nota. —Sigues pensando en él.
Aparto la mirada inmediatamente. Porque sí. Porque incluso ahora sigo viendo la sonrisa torcida de Nico apareciendo en mi cabeza como si tuviera acceso privado a mis pensamientos. Y lo peor es que no sé si me tranquiliza o me destruye un poco más.
Me quedo callada unos segundos porque sinceramente ya no sé ni qué pensamiento es racional y cuál no. Tengo la cabeza llena de Mateo. De Nico. Del Sistema. De hijos que nadie ha pedido. De gente en laboratorios hablando de mí como si fuera una combinación de genes con piernas.
—No sé qué estoy pensando últimamente.
Mateo asiente despacio. Como si entendiera perfectamente esa frase. Y claro que la entiende. Probablemente lleva meses viviendo exactamente dentro de este mismo infierno mental.
Apoyo la cabeza contra el cristal de la ventana. Está frío. Gracias a Dios. Necesito algo frío ahora mismo porque mi cerebro parece un incendio.
—Esto es una locura.
—Sí.
Lo dice tan tranquilo que me giro un poco hacia él.
—Y aun así hablas como si ya hubieras asumido que es real.
Se le escapa una sonrisa pequeña. Cansada. De las que duelen más que si alguien se pusiera a llorar.
—Porque llevo meses intentando convencerme de que no lo es.
Y ahí algo dentro de mí se rompe un poco. Porque por fin lo entiendo de verdad. Mateo no está jugando a las conspiraciones misteriosas. No está intentando impresionarme. No quiere parecer importante. Está aterrorizado. Y aun así sigue aquí. Conmigo.
Lo miro de reojo y de repente parece demasiado humano. Ya no tiene esa perfección limpia que el Sistema adora. Ahora solo parece un chico agotado intentando proteger algo que sabe que no puede controlar.
—¿Qué opciones tenemos?
Suelta una risa seca. —¿Las reales o las optimistas?
—Mateo.
Apoya las manos sobre el volante. Y tarda medio segundo demasiado en responder. —La primera opción es desaparecer.
Parpadeo lentamente. —¿Desaparecer cómo exactamente? Porque espero que tengas algo mejor que “ponernos gafas de sol y coger un avión”.
—Salir del país. Cruzar zonas no reguladas. Cambiar identidades biométricas.
Se me escapa una risa inmediata. —Ah, perfecto. Claro. Súper fácil. ¿Eso se hace antes o después de aprender a fabricar pasaportes falsos?
—No lo es.
—Ya, eso lo había deducido.
Lo miro fijamente. —¿Y funciona?
—A veces.
Madre mía. Qué tranquilidad. “A veces.” La palabra favorita de la gente que claramente no tiene ningún plan real. Cierro los ojos un segundo y me masajeo la frente porque estoy peligrosamente cerca de sufrir un colapso mental elegante dentro de este coche.
—¿Qué más?
Mateo traga saliva despacio. Y ya odio la siguiente opción antes de escucharla.
—Podríamos aceptar parcialmente el programa.
Giro la cabeza hacia él tan rápido que casi me hago daño en el cuello. —Ni se te ocurra decir eso en serio.
—Escúchame primero.
Lo miro completamente incrédula. —¿Quieres que me convierta en un experimento reproductivo estatal?
Y entonces me mira. Directamente. Sin rodeos. Sin intentar suavizar nada.
—Quiero que sigas viva. Si aceptas entrar en el programa, al menos tendríamos tiempo. Acceso interno. Libertad de movimiento. Podríamos entender qué buscan realmente.
Lo miro fijamente. —“Tendríamos”.
Baja la mirada un instante. —Elena…
—¿Tú también formarías parte de eso?
—No sé hasta qué punto podríamos evitar que Nico también entrara.
Y ahí mi pulso directamente decide perder la cabeza. Porque la imagen aparece sola. Yo. Mateo. Nico. El Sistema observándolo todo como científicos mirando ratas en un laboratorio caro. Midiendo emociones. Compatibilidad. Reacciones físicas.
Qué romántico todo. El amor convertido en un proyecto de investigación patrocinado por psicópatas con presupuesto infinito. El calor me sube inmediatamente por el cuello. Vergüenza. Rabia. Y otra cosa muchísimo más peligrosa que ni siquiera quiero mirar demasiado de cerca porque bastante tengo ya.
Y claro, Mateo lo nota. Aparta la mirada enseguida. —No estoy diciendo que quiera eso.
—Pero lo has pensado.
Tarda demasiado en responder. Así que sí. Claro que lo ha pensado. Y lo peor de todo es que yo también. Aunque solo haya sido durante medio segundo. Un segundo horroroso, confuso y completamente impropio de una persona mentalmente estable.
Suelto aire despacio intentando reorganizar el caos absurdo que acaba de instalarse dentro de mi cabeza.
—Dios mío…
Mateo apoya otra vez la cabeza contra el asiento. Parece agotado.
—No tienes idea de las cosas que aparecen en esos archivos.
—¿Como qué?
—Programas de convivencia compartida.
—¿Me estás diciendo que el Sistema contempla oficialmente… tríos?
A Mateo se le escapa una risa breve. —No lo llaman así.
—Claro que no. Seguro que tienen un nombre horrible tipo “núcleo afectivo de compatibilidad expandida” o alguna basura corporativa igual de inquietante.
Me paso las manos por la cara lentamente. Porque esto ya ha cruzado todos los límites posibles hace rato y aun así de alguna forma, sigue empeorando.
Qué capacidad de superación tiene esta pesadilla, de verdad. Respiro hondo.
—Vale. Opción uno: huir del país como criminales genéticos.
Levanto un dedo.
—Opción dos: convertirme en incubadora premium patrocinada por el gobierno mientras vosotros dos entráis en un programa oficial de poliamor científico.
Mateo cierra los ojos un segundo. —Más o menos.
Me quedo mirándolo. Y sinceramente no sé si quiero llorar, gritar o besarle solo para comprobar que todavía queda algo humano en toda esta locura.
Me incorporo un poco en el asiento. —¿Qué?
No responde. Perfecto. Otra pausa dramática. Fantástico.
—¿Qué pasa ahora?
Tarda varios segundos en contestar. Demasiados. Y ya estoy aprendiendo que cuando Mateo tarda tanto en hablar es porque viene algo capaz de destrozarme emocionalmente.
—Esto.
Su voz sale distinta. Más baja. Más áspera.
Frunzo el ceño. —¿Esto qué?
Entonces gira la cabeza hacia mí y madre mía. Ahora sí me está mirando de verdad. Sin filtros. Sin esa calma perfectamente controlada que lleva puesta desde que me subí al coche. Sin distancia. Y de repente entiendo algo horrible: Mateo lleva conteniéndose todo este tiempo.
—Tú.
—Mateo…
Niega ligeramente con la cabeza, como si estuviera intentando ponerse orden por dentro antes de decir algo irreversible.
—No puedo hacer como si esto fuera solo un problema del Sistema.
Bajo la mirada un instante porque necesito romper ese contacto visual o voy a terminar haciendo alguna estupidez emocional gravísima.
—Es exactamente eso.
Apoya la frente un segundo contra el volante y luego vuelve a mirarme. Y joder, ojalá no me mirara así.
—Desde que te vi… todo lo demás ha dejado de tener el mismo sentido.
Yo también lo siento. Y precisamente por eso da tanto miedo. Sería muchísimo más fácil si todo esto fuera solo genética manipulada y algoritmos enfermos, pero no lo es. Hay algo real aquí. Algo mío. Algo suyo. Y eso lo vuelve peligrosísimo.
—No empieces con eso.
Mateo se gira un poco más hacia mí y ahora ya no queda esa distancia cómoda entre los dos, la que permite fingir que todavía estamos teniendo una conversación racional y no un colapso emocional compartido dentro de un coche parado.
—No estoy empezando nada —dice en voz baja—. Estoy intentando no decirlo desde hace demasiado tiempo.
—Mateo… tú mismo has dicho que el Sistema nos está observando.
—Lo sé.
—Y aun así…
Me interrumpe enseguida.
—Y aun así no puedo ignorarlo.
Lo miro fijamente y durante un segundo desaparece todo lo demás. Solo estamos nosotros dos dentro de este coche respirando demasiado cerca.
Entonces baja todavía más la voz.
—No quiero compartirte.
Parpadeo. Mi cerebro tarda un segundo entero en procesar la frase. —¿Qué?