Las 5 opciones 10. El archivo imposible
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10. El archivo imposible

El nombre de Nico se me queda flotando dentro de la cabeza como una alarma estropeada. Nico. Claro. Perfecto. Porque aparentemente mi vida ya no tenía suficientes problemas.

—No —murmuro—. No. Eso no tiene sentido.

Mateo no dice nada. Últimamente le ha dado por hacer eso. Soltar una bomba nuclear emocional y luego quedarse callado mientras yo me derrito por dentro intentando entender algo.

—Mateo.

Aprieta la mandíbula. —He visto los archivos.

Giro la cabeza despacio. —¿Qué archivos?

—Los internos. Los reales. No los perfiles públicos.

Se me enfría la espalda. —¿Cómo coño has accedido tú a algo así?

Se ríe un poco, pero de esa forma cansada que da ganas de darle un abrazo y una hostia al mismo tiempo.

—Trabajaba para ellos, Elena.

—¿Qué?

—No directamente para el gobierno. Para una de las empresas que desarrollan los algoritmos de compatibilidad avanzada.

Noto cómo algo me sube por el pecho. Rabia. Miedo. Las dos cosas mezcladas. Como un cóctel servido bien frío.

—¿Me estabas utilizando desde el principio?

—No. Al principio solo eras un perfil más.

Me giro hacia la ventana porque necesito dejar de mirarle cinco segundos antes de hacer algo estúpido. O llorar. O ambas cosas. Qué romántico todo. La chica de sus sueños. El Excel genético de sus sueños.

—Qué bonito. Casi lloro.

Cierra los ojos un momento. —Cuando vi tu código genético entendí que algo iba mal.

Vuelvo a mirarlo con una intensidad tan fuerte que parece que voy a soltar rayos x por los ojos. —Define “algo iba mal”, porque últimamente esa frase cubre demasiadas cosas.

Traga saliva despacio. Y ahí llega el golpe.

—Nunca había visto un doble cien.

Frunzo el ceño. —¿Qué demonios es un doble cien?

El coche vuelve a avanzar lentamente. Y justo cuando espero otra de sus pausas dramáticas que claramente está desarrollando como hobby tóxico, aparece Nico en mi cabeza sin permiso.

Su sonrisa torcida. La forma en que me mira, como si pudiera desmontarme pieza por pieza y aun así quedarse. Ese aire de “sé más de lo que debería”, sí, pero también de “tranquila, yo ya estoy aquí”. Y eso es lo peor.

Que incluso ahora, con Mateo soltándome información capaz de arruinarme la vida, mi cuerpo reacciona al recuerdo de Nico antes que mi cabeza.

Como un reflejo imbécil. Como si alguna parte de mí lo reconociera incluso antes de entenderlo.

Y no me da rabia. Bueno, sí un poco. Pero sobre todo me da miedo lo mucho que me importa.

Mateo aparca en una calle estrecha donde da la sensación de que hasta las cámaras del Sistema pasan de mirar. Perfecto lugar para descubrir que tu vida es una mutación estadística.

Apaga el coche, pero ninguno de los dos sale. Y entonces por fin se gira hacia mí de verdad. Sin medias frases. Sin silencios raros. Sin esa cara de hombre emocionalmente torturado que últimamente le queda demasiado bien y me está empezando a cansar.

—El Sistema mide cientos de parámetros para generar compatibilidades: inmunidad, estabilidad emocional, fertilidad, adaptación bacteriana, resistencia celular. Pero hay dos categorías por encima de todas.

Mi corazón ya va tan rápido que sinceramente podría alimentar el coche.

—¿Cuáles?

Me mira directamente. Y ahí está otra vez esa expresión. La de alguien que sabe exactamente cuándo va a destrozarte.

—Supervivencia biológica extrema. Y evolución cognitiva avanzada.

Mi cerebro hace el esfuerzo más triste de la historia intentando convertir eso en algo normal. No lo consigue.

—No entiendo una mierda.

Asiente despacio. —Contigo y conmigo el Sistema predice hijos con una resistencia inmunológica prácticamente perfecta. Organismos capaces de sobrevivir a casi cualquier variante bacteriana conocida.

Vale. Vale, genial. Así que Mateo y yo podríamos fabricar bebés cucaracha imposibles de matar. Fantástico. Muy romántico todo. Música de violines y mutaciones genéticas.

—¿Y Nico?

Mateo aparta la mirada apenas un segundo. Y ya está. Ya sé que voy a odiar lo siguiente.

—Contigo y Nico el algoritmo detectó otra cosa.

Mi cuerpo se tensa solo. Como si ya reconociera el peligro incluso antes de escuchar la respuesta.

—¿Qué cosa?

—Capacidad cognitiva anormal.

El silencio dentro del coche se vuelve espeso. De esos silencios que parecen ocupar espacio físico.

—¿Anormal?

—Procesamiento neuronal acelerado. Memoria expandida. Adaptación intelectual fuera de rango.

—Eso suena muchísimo a experimento militar. O a villano que termina destruyendo una ciudad sin querer.

Mateo no se ríe. Y madre mía cómo cambia una habitación cuando alguien decide no reírse. Se me enfrían las manos.

—Mateo…

Apoya las manos sobre el volante unos segundos. Como si necesitara agarrarse a algo para decir lo siguiente.

—El problema eres tú.

Ah. Pues estupendo. Gracias. Muy agradable de escuchar. —¿Perdón?

—Nunca habían encontrado un perfil compatible al cien por cien con dos líneas genéticas prioritarias distintas.

Dejo de respirar un instante. No. No, no, no. Porque ya entiendo hacia dónde va esto y no quiero entenderlo.

Mateo sigue hablando en voz baja. Demasiado baja. Como si decirlo fuerte pudiera volverlo más real. —Tú no eres solo compatible. Eres el enlace entre ambas ramas.

Lo miro fijamente. Y de repente todo encaja de una forma horrible. Mateo. Nico. La forma absurda en que los dos me afectan. Lo distintos que son. Lo imposible que parecía sentir algo tan fuerte por dos personas completamente opuestas.

No era solo emocional. No era solo yo siendo un desastre sentimental. Era el Sistema mirándome como si fuera una maldita llave genética. Y sinceramente, si vuelvo a escuchar la palabra “compatibilidad”, voy a incendiar una pantalla pública.

Miro mis manos y veo que me tiemblan un poco. Genial. Ya estamos entrando oficialmente en la fase “mi cuerpo procesa el trauma antes que mi cerebro”.

—¿Qué significa exactamente eso para el Sistema?

Mateo tarda demasiado. Y en este punto ya sé medir el peligro por segundos de silencio. Cuando habla, desearía haberme quedado callada.

—Que quieren hijos tuyos con los dos.

El mundo se apaga un momento. Literalmente. No oigo la calle. No oigo los coches. Ni siquiera oigo mi propia respiración. Solo esa frase rebotando dentro de mi cabeza como una alarma.

Hijos. Con los dos. Madre mía.

Se me escapa una risa pequeña. Luego otra. Pero no porque tenga gracia. Es mi cerebro entrando en cortocircuito y decidiendo hacer sonidos aleatorios.

—No. No, eso no puede ser legal.

Mateo me mira con esa tristeza cansada que últimamente lleva pegada a la piel.

—Elena… este sistema decide quién puede reproducirse desde antes de que naciéramos. ¿De verdad crees que la legalidad sigue siendo el límite?

Aparto la mirada enseguida. Porque lo peor no es lo que dice.

Lo peor es que no sé contestarle. Y eso me da muchísimo miedo.

Toda mi vida he vivido creyendo que había líneas que nadie cruzaba.

Que detrás de tanta pantalla blanca y tanta sonrisa perfecta todavía quedaba algo humano debajo.

Pero claro. También pensaba que las pruebas de compatibilidad servían para encontrar pareja y no para organizar ganado premium.

Mateo se inclina un poco hacia mí. —Escúchame. Oficialmente jamás te obligarían. Nunca lo llamarían obligación. Hablarían de bienestar genético, estabilidad de la especie, responsabilidad evolutiva…

—Pero sí quieren hacerlo.

Se calla. Y sinceramente empiezo a odiar más sus silencios que las respuestas.

Porque ya no son silencios normales. Son silencios que te cambian la vida.

Se me forma un nudo horrible en la garganta.

Y entonces recuerdo a la recepcionista. La sonrisa perfecta.

La voz tranquila. “Perfiles especialmente valiosos.” Valiosos.

Como si no fuera una persona. Como si fuera una inversión.

Un animal raro que hay que proteger hasta cruzarlo con los machos adecuados.

Qué maravilla todo. Tecnología punta y mentalidad de criador de caballos.

—Dios mío…

Mateo baja todavía más la voz. Como si incluso el coche pudiera escucharnos. —Lo peor es que creo que esto va mucho más allá de un simple programa reproductivo.

Levanto la mirada despacio. Y por primera vez desde que empezó toda esta locura noto miedo real en él. —¿Qué quieres decir?

—Creo que llevan años buscando a alguien como tú.

El estómago se me hunde. Porque no dice “alguien compatible”. No dice “un perfil”. Dice alguien como tú. Como si yo no fuera un accidente. Como si fuera el objetivo.