9. La huida
La puerta de servicio se abre de golpe justo cuando llego hasta ella. Una mano me agarra del brazo de inmediato. Fuerte. Rápida. Suelto un grito ahogado. Me preparo para forcejear, para gritar, para todo. Pero la voz llega antes que el miedo.
—Soy yo. Muévete.
Mateo. Todo ocurre demasiado rápido. Tira de mí hacia el exterior y me empuja dentro de un coche negro estacionado junto al muro trasero del edificio.
Ni siquiera me da tiempo a procesarlo. La puerta se cierra de golpe apenas un segundo antes de que las voces empiecen a escucharse dentro del corredor que acabo de abandonar.
Un segundo. Solo un segundo. Si me hubiera parado a pensar, me habrían atrapado.
Mateo arranca inmediatamente. El coche sale disparado hacia la avenida lateral mientras yo sigo intentando recuperar el aire. El pecho me sube y me baja como si acabara de correr una maratón. Las manos me tiemblan. Las piernas también. Todo me tiembla.
—¿Qué demonios está pasando? —explotó al fin.
Mateo no responde al instante. Sus manos aprietan el volante con demasiada fuerza.
Mira constantemente los retrovisores. Como si esperara que alguien nos estuviera siguiendo.
Y entonces me doy cuenta de algo importante.
Algo que no había visto hasta ahora. Mateo no es el mismo.
Ya no está impecable. Ni tranquilo. Ni perfectamente controlado.
Tiene ojeras marcadas, profundas, de esas que no salen de una noche sin dormir sino de muchas.
La barba ligeramente descuidada. Una tensión constante en el cuerpo, en los hombros, como si llevara demasiado tiempo durmiendo poco y huyendo mucho.
Parece alguien que también está huyendo.
Y eso me da más miedo que todo lo anterior.
—Mateo.
—Te dije que no vinieras sola.
—¡Y tú me dijiste que desapareciera de tu vida! —le disparo inmediatamente. No puedo evitarlo. Llevo días tragándome esto. Días de silencio y mensajes sin respuesta. Días de no entender nada—. Me dijiste que no podíamos seguir viéndonos. Me dijiste que era peligroso. Y luego desapareciste.
El silencio explota dentro del coche. Mateo traga saliva despacio. No aparta la vista de la carretera.
—Precisamente por eso.
Lo miro incrédula. —¿Sabes qué? Empiezo a cansarme muchísimo de que todo el mundo hable como si yo ya entendiera cosas que nadie me explica.
Mateo suelta aire por la nariz. Tenso. Agotado. —Porque cuanto menos sepas, más segura estás.
—Eso ya no funciona.
—¿Te hicieron firmar algo? —pregunta rápidamente.
—No.
Mateo asiente una sola vez. Visiblemente aliviado.
—Bien.
—¿Bien? ¿Eso es todo? ¿Bien? Mateo, había gente esperándome en un pasillo como si ya supieran quién soy.
—Porque lo saben.
Mateo desacelera ligeramente al incorporarse a una vía más estrecha, lejos ya del centro genético. Sus dedos siguen apretando el volante con demasiada fuerza. Sus ojos siguen yendo a los retrovisores cada pocos segundos.
La ciudad se mueve alrededor como cualquier mañana normal.
Todo parece perfectamente cotidiano. Y eso es lo que empieza a resultarme insoportable.
Que todo siga igual. Que el mundo no se haya parado.
Que la gente siga comprando café y mirando el móvil mientras a mí casi me atrapan en un edificio del gobierno por tener los genes equivocados.
O los correctos. O lo que demonios sean.
—Explícamelo ya —digo en voz baja, pero firme—. Todo.
Mateo guarda silencio varios segundos. —El Sistema nunca se creó solo para encontrar parejas compatibles.
El corazón vuelve a acelerarse. —Entonces ¿para qué?
Mateo tensa ligeramente la mandíbula antes de responder. —Para dirigir la evolución humana.
Suelto una risa nerviosa. De las que no tienen gracia. De las que te salen cuando ya no sabes si llorar o gritar.
—Eso suena a teoría conspiranoica.
—Ojalá lo fuera.
Reduce todavía más la velocidad antes de girar hacia una calle secundaria prácticamente vacía. Aquí no hay drones. No hay pantallas ni gente, solo edificios viejos y aceras agrietadas. Como si esta parte de la ciudad se hubiera quedado atrás a propósito.
—Después de las crisis bacterianas, los gobiernos descubrieron algo. Algunas combinaciones genéticas producían hijos mucho más resistentes. Más sanos. Más longevos.
Lo observo sin respirar apenas.
—Al principio solo recomendaban compatibilidades. Luego empezaron a incentivarlas. Después... a controlarlas.
—Los no elegidos...
Mateo asiente lentamente.
—Son el ejemplo perfecto. La sociedad aceptó restringirles la reproducción porque tenían miedo. Y cuando la gente tiene miedo, entrega cualquier libertad si le prometes seguridad.
—¿Y qué soy yo exactamente? —pregunto al fin.
Mateo tarda en responder. —Un perfil excepcional.
Cierro los ojos un segundo. Otra vez esa palabra. Excepcional. Como si fuera un recurso. Como si no tuviera nombre ni vida propia.
—¿Por qué yo?
—Porque tu compatibilidad genética es prácticamente perfecta.
—Contigo. ¿Entonces todo aquello fue real o no? —me giro hacia él de golpe, el cinturón tensándose contra mi hombro—. ¿Nuestra cita? ¿Lo que sentíamos? ¿El hotel? ¿O solo era una maldita prueba genética?
Mateo frena ligeramente en un semáforo vacío. Y por primera vez desde que me ha sacado del centro, parece romperse un poco. Esa fachada de control, de calma, de yo sé lo que estoy haciendo, se agrieta.
—Ese fue el problema —dice en voz baja—. Que era real.
Mateo me observa unos segundos antes de continuar. —Cuando comprobé los resultados entendí lo que iban a hacer contigo si el Sistema os confirmaba oficialmente.
—¿"Os"?
Mateo aparta la vista un instante. Y entonces llega la frase que cambia otra vez el suelo bajo mis pies. Como si no hubiera tenido suficiente con todo lo anterior.
—Tú y yo no somos la única compatibilidad excepcional registrada este año.
Dejo de respirar. No. No. No puede significar lo que estoy pensando. No puede.
Mateo vuelve a mirar la carretera. Demasiado tenso. —Nico también está vinculado a tu perfil.
El mundo se para. Literalmente. El coche, la calle, los edificios, los drones a lo lejos. Todo desaparece. Solo existen esas palabras. Nico. Vinculado. A mi perfil.
—¿Qué? —mi voz sale apenas como un susurro.
—Sois compatibles. Los dos. Con porcentajes casi idénticos. Es la primera vez que el Sistema registra algo así. Una mujer con dos vinculaciones excepcionales simultáneas.
Me llevo las manos a la cabeza. No puedo procesarlo. No quiero procesarlo.
—Nico lo sabe —digo, y no es una pregunta. De repente todo encaja. Su calma. Su rapidez. Su forma de reaccionar al mensaje del Sistema. "Las suficientes", dijo cuando le pregunté cuántas veces había visto esto.
Mateo asiente. —Lo sabe desde el principio. Por eso te buscó.