Las 5 opciones 8. Compatibilidad avanzada #2
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8. Compatibilidad avanzada #2

Levanto la vista despacio. La recepcionista sigue sonriendo. Esperando. Sus ojos no se mueven de mi cara. Como si estuviera midiendo cada gesto. Cada segundo que tardo en firmar.

Intento mantener la respiración estable mientras devuelvo la tableta. —Creo que necesito hacer una llamada antes.

La mujer inclina ligeramente la cabeza. Y por primera vez, la sonrisa pierde un poco de calidez. Solo un poco. Lo suficiente para que yo lo note.

—Las comunicaciones privadas no están permitidas durante la revisión.

—Solo tardaré un minuto.

—Lo siento. Son normas del protocolo.

La respuesta es amable. Educada. Y completamente inflexible.

No hay margen. No hay negociación. Detrás de mí, las puertas automáticas del edificio se cierran lentamente con un sonido suave.

Como si todo este lugar hubiera sido diseñado para que nadie levante la voz, para que nadie proteste, para que nadie se dé cuenta de lo que está pasando hasta que ya es demasiado tarde.

La mujer vuelve a extender la tableta hacia mí.

—Cuando quiera, Elena.

Sostengo la tableta unos segundos más sin firmar.

Intento obligarme a pensar con claridad, pero algo dentro de mí ya ha empezado a reaccionar antes que la lógica.

Es una sensación física. Instintiva. Como cuando el cuerpo detecta peligro unos segundos antes de que la mente consiga ponerle nombre. Y ahora mismo mi cuerpo está gritando.

—¿Hay algún problema con el consentimiento? —pregunta la mujer con suavidad. Pero ya no me la creo. Ya no me creo nada.

Levanto la vista despacio. La miro directamente a los ojos.

—¿Qué es exactamente el Programa de Optimización Familiar Prioritaria?

La pregunta produce un cambio mínimo en el ambiente. La mujer no se mueve. La sonrisa no desaparece. Pero algo en sus ojos se endurece. Como si acabara de activarse una alarma silenciosa que solo ella puede oír.

—Es un protocolo opcional para perfiles genéticos especialmente valiosos.

—¿Y qué implica?

—Mayor seguimiento médico, beneficios estatales, acceso prioritario a tratamientos inmunológicos avanzados. El Sistema protege especialmente las uniones con alto potencial evolutivo.

Alto potencial evolutivo. Suena a documental de naturaleza. Suena a programa de cría. Suena a todo menos a derechos.

Bajo otra vez la mirada hacia el documento. Y entonces la veo. Una línea casi escondida entre bloques legales interminables. De esas que están diseñadas para que nadie las lea.

“La participación en programas prioritarios podrá requerir acuerdos reproductivos exclusivos supervisados por el Estado.”

El aire se me queda atrapado en el pecho. Exclusivos. Supervisados. Acuerdos reproductivos. No hablan de ayudas ni de beneficios. Hablan de control. De propiedad. De convertirme en un activo biológico con número de expediente.

Mateo tenía razón. Dios. Mateo tenía razón en todo.

Levanto la cabeza despacio. —No voy a firmar esto.

La sonrisa de la recepcionista no desaparece. Pero se vuelve más fría. Como si la temperatura de la sala hubiera bajado de repente.

—La revisión es obligatoria para mantener su estado reproductivo activo.

Ahí está. La amenaza. Elegantemente envuelta en palabras bonitas. O firmas, o pierdes el derecho a tener hijos. O colaboras, o te borramos del sistema. O entras por las buenas, o te empujamos por las malas. Las manos me empiezan a sudar ligeramente.

—No pueden obligarme a participar en un programa así.

—Por supuesto que no —responde la mujer con calma impecable—. La adhesión avanzada es completamente voluntaria.

—Entonces haré solo la revisión normal.

La recepcionista me observa unos segundos. Como si me estuviera evaluando. Como si estuviera decidiendo en qué categoría ponerme.

—Entiendo.

Pero no parece entenderlo. Parece archivarlo. Como si acabara de colocarme en una lista distinta. La lista de las que ponen problemas. La lista de las que hay que vigilar.

—Por favor, siga la línea azul del suelo hasta la sala de evaluación tres.

Bajo la vista. Una fina línea luminosa acaba de encenderse en el suelo blanco del edificio. Me está guiando. Como a un animal por un pasillo. Como a una muestra por un laboratorio. Todo esto empieza a parecerse demasiado a una jaula elegante.

El pasillo está prácticamente vacío. Solo se oye el ruido suave del sistema de ventilación y mis propios pasos sobre el suelo brillante.

Las paredes blancas reflejan la luz de una forma incómoda, casi agresiva, haciendo que todo parezca demasiado limpio para ser humano.

Demasiado perfecto. No hay ventanas. No hay relojes.

No hay nada que te recuerde que existe un mundo ahí fuera.

Solo la línea azul y yo. Y la sensación, cada vez más fuerte, de que estoy caminando hacia una trampa.

Intento mantener la calma mientras camino.

Pensar. Necesito pensar. Pero cuanto más avanzo, más siento que estoy entrando en algo diseñado para que las personas dejen precisamente de hacerlo.

Para que obedezcan. Para que sigan la línea azul sin hacerse preguntas.

Para que lleguen a la sala tres y firmen lo que sea sin leerlo.

La línea azul gira en una esquina. Y entonces me detengo en seco.

Al fondo del pasillo hay dos personas esperándome.

No llevan uniforme militar. Ni armas. Ni nada que parezca amenazante.

Visten igual que el resto de trabajadores del centro: ropa elegante, colores neutros, expresión tranquila.

Pero están quietos, esperando, como si supieran que iba a llegar.

Como si esto no fuera una revisión rutinaria sino una emboscada perfectamente ensayada.

Uno de ellos sonríe ligeramente al verme acercarme.

—Elena Navarro.

El corazón me golpea más fuerte. Mucho más fuerte.

—Sí.

—Ha habido una pequeña modificación en su evaluación. Tendrá que acompañarnos.

La alarma en mi cabeza se dispara inmediatamente. Nico. “Si intentan separarte, llevarte a otra zona o hacer cualquier cosa rara, te marchas.” Maldición. Maldición. Maldición.

Intento mantener expresión neutra. —La recepcionista me indicó la sala tres.

El hombre sonríe otra vez. Amable. Vacío. Como si mi comentario fuera una anécdota simpática de un niño pequeño. —Sí, hemos actualizado el protocolo para su perfil.

Perfil. Otra vez esa palabra. No soy Elena. Soy un perfil. Soy un porcentaje. Soy un dato que se actualiza en tiempo real.

Doy un pequeño paso atrás sin querer. Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro.

Y entonces ocurre algo extraño. Uno de los hombres se toca discretamente el auricular del oído.

Un gesto mínimo. Casi invisible. Pero yo lo veo.

Y alcanzo a escuchar una frase apenas susurrada: —Compatibilidad excepcional confirmada.

No están sospechándolo. Ya lo saben. Ya lo sabían antes de que yo entrara por la puerta. No me han citado para descubrir nada. Me han citado porque ya habían decidido qué soy. Y qué van a hacer conmigo.

Retrocedo otro paso. —Necesito ir al baño un momento.

El hombre mantiene la sonrisa intacta. —Después podremos atender cualquier necesidad física.

Eso suena tan mal. Tan clínico. Tan "no vas a salir de aquí".

El miedo se vuelve completamente real. Me late en las sienes y en el pecho.

Respiro más rápido. Demasiado rápido. No.

No. No puedo quedarme aquí. Miro alrededor buscando una salida, una cámara, un testigo, cualquier cosa útil.

Pero el pasillo parece diseñado exactamente para impedirlo: líneas limpias, puertas cerradas, ausencia total de referencias.

No hay ventanas. No hay nada que me recuerde que existe un mundo más allá de este edificio.

Y entonces el móvil me vibra dentro del bolsillo.

Los dos trabajadores bajan la mirada automáticamente hacia el sonido. Solo un segundo. Solo una distracción mínima. Pero es suficiente. Es mi única oportunidad. Mi cuerpo reacciona por puro instinto, antes de que el miedo pueda paralizarme. Giro sobre mí misma y echo a correr.

—¡Elena! —escucho detrás.

Pero ya estoy corriendo. El sonido de mis pasos explota por el pasillo blanco mientras el corazón me golpea brutalmente el pecho.

No sé hacia dónde voy. No sé si hay salida.

Solo sé que no puedo quedarme. Que no voy a quedarme.

Que no pienso firmar nada, aceptar nada, ser nada de lo que ellos quieren que sea.

Giro la esquina casi resbalando. Las suelas de los zapatos patinan sobre el suelo brillante y por un segundo creo que me caigo, pero no. Me recupero. El pasillo es interminable, blanco, idéntico, como si estuviera corriendo dentro de un bucle diseñado para desorientarme.

Detrás escucho voces. Más rápidas ahora. Menos amables. Ya no son los hombres sonrientes de hace un minuto. Ahora son personas que persiguen a alguien. Y yo soy ese alguien.

Una alarma silenciosa empieza a encenderse en las paredes.

Luces ámbar parpadeando suavemente. Ni siquiera hacen sonar sirenas.

Todo sigue siendo elegante. Todo sigue pareciendo un lugar normal donde no pasa nada.

Y eso da más miedo que si hubiera gritos y caos.

Porque significa que esto no es una emergencia para ellos.

Es un protocolo. Algo que ya ha pasado antes.

Saco el móvil mientras corro. Los dedos me tiemblan. La pantalla se ilumina. Notificación nueva. Número oculto. Solo tres palabras.

“Puerta de servicio.”

Levanto la vista desesperadamente. ¿Dónde? ¿Qué puerta? ¿Qué pasillo? Y entonces la veo. Al fondo del siguiente corredor. Una puerta gris, sin señalizar, sin el diseño amable del resto del edificio. Una puerta que no debería estar ahí. Una puerta que no es para el público.

Corro hacia ella sin pensar. Detrás, los pasos ya están mucho más cerca. Demasiado cerca. No miro atrás. No puedo mirar atrás. Si miro atrás, me paro. Y si me paro, me atrapan. Y si me atrapan, todo esto se acaba.

Mis dedos encuentran el pomo. Rezo para que no esté cerrada. Para que esta puerta sea la salida y no otra trampa.