Las 5 opciones 8. Compatibilidad avanzada
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8. Compatibilidad avanzada

A las siete ya estoy sentada en la cocina.

Tengo una taza de café demasiado caliente entre las manos y el móvil bloqueado boca abajo sobre la mesa.

Como si dejar de mirarlo pudiera hacer desaparecer lo que contiene.

Como si ignorarlo fuera una estrategia viable.

No lo es. Pero me hace sentir un poco mejor.

Clara aparece poco después. Todavía medio dormida. El pelo recogido de cualquier manera y una sudadera enorme que le llega casi a las rodillas. Pero en cuanto me ve la cara, se le quita el sueño de golpe.

—No has dormido nada.

—Tampoco tú.

Abre la nevera y suelta una risa cansada.

—Sí, bueno. Resulta difícil dormir cuando el gobierno amenaza reproductivamente a tu hermana pequeña.

Se me escapa una sonrisa involuntaria. De las que te recuerdan que, pase lo que pase, Clara sigue siendo Clara. Mi hermana. Mi ancla. La única persona que me hace reír incluso cuando todo se va a la mierda.

Se sienta frente a mí con una tostada que claramente no tiene intención real de comerse. La sostiene como si fuera un accesorio. Como si necesitara tener algo en las manos para poder hablar.

—Vale. Vamos a pensar como personas racionales.

Arqueo una ceja. —¿Todavía existe esa opción?

—Voy a intentarlo al menos. —Señala el móvil con la tostada—. Igual esto es solo protocolo raro del Sistema. Algún cruce extraño de compatibilidades o lo que sea. Un error informático. Ya sabes, como cuando te llega una factura que no es tuya.

Bajo la mirada hacia la taza de café. El líquido oscuro tiembla ligeramente porque mis manos no están tan firmes como me gustaría.

—Nico no parecía pensar eso.

Clara apoya lentamente los codos sobre la mesa. —Y ahí está precisamente el problema.

Levanto la vista. —¿Qué quieres decir?

Clara duda un instante. Solo uno. Pero yo lo noto.

—Quiero decir que Mateo te asusta porque sabe demasiado… pero Nico me preocupa porque parece demasiado cómodo con todo esto.

La frase se queda flotando entre las dos. Incómoda. Pesada. De las que no quieres oír pero sabes que tienes que escuchar.

Porque yo también lo he pensado durante la noche.

En esas dos horas de insomnio, mientras miraba el techo y esperaba que el móvil volviera a vibrar.

Nico reacciona demasiado rápido. Demasiado bien.

Como alguien que ya conocía las reglas antes de empezar la partida.

Como alguien que ha jugado a esto antes.

Y aun así... aun así hay algo en él que me hace confiar. Algo que no sé explicar. Algo que no tiene que ver con lo que dice, sino con cómo me mira cuando lo dice.

—Lo sé —admito—. Pero es el único que no ha salido corriendo.

Clara me sostiene la mirada unos segundos. Luego suspira. —Eso no es necesariamente un buen argumento.

—Es el único que tengo.

El recuerdo de sus manos sobre mí, de su voz baja en la oscuridad, sigue ahí.

Demasiado presente. Demasiado difícil de separar del miedo.

Porque ahora mismo Nico es las dos cosas: el que me hace sentir segura y el que no me deja dormir.

El que me besó como si no hubiera un mañana y el que sabía exactamente qué hacer cuando el Sistema apareció en mi pantalla.

Suelto aire despacio. —No sé en quién confiar.

Clara me observa unos segundos con más ternura de la habitual. De esa que no me da casi nunca porque prefiere llamarme idiota con cariño. Pero hoy no. Hoy suelta la tostada, apoya la barbilla en la mano y me mira como si yo fuera lo más importante del mundo.

—Entonces no confíes todavía en ninguno.

—

El Centro de Evaluación Genética Central está en la parte norte de la ciudad. Lejos de las zonas comerciales. Lejos de las residenciales. Lejos de todo. Como si lo hubieran construido ahí para que nadie lo viera por casualidad.

El edificio es enorme. Demasiado blanco. Demasiado limpio. No parece un lugar pensado para personas. Parece un laboratorio o un hospital. O algo peor. De esos sitios donde todo está diseñado para que no hagas ruido, para que no preguntes, para que entres, firmes y te vayas sin molestar.

Me quedo quieta unos segundos frente a la entrada principal. Mi cuerpo entero me está pidiendo que me dé la vuelta. Las piernas. El estómago. El corazón. Todo. Como si cada célula supiera algo que mi cerebro todavía no ha terminado de procesar.

Nico ya está allí, esperándome junto a la entrada, apoyado contra una de las columnas del edificio con las manos en los bolsillos de la chaqueta. En cuanto me ve acercarme se incorpora, y aunque intenta aparentar tranquilidad, lo conozco ya lo suficiente para saber que está tan tenso como yo.

Hay otras personas entrando y saliendo. Pero todas se mueven igual: rápidas, discretas, sin levantar demasiado la vista. Como si nadie quisiera llamar la atención dentro de este lugar. Como si mirar a los lados fuera ya una forma de delito.

—Todavía estamos a tiempo de desaparecer —dice Nico cuando llego a su lado, observando el edificio con evidente desconfianza.

Lo miro de reojo. —Qué sorpresa. El revolucionario propone huir.

Nico suelta una pequeña sonrisa. —No estoy proponiendo huir. Estoy proponiendo una retirada estratégica ante una organización gubernamental obsesionada con la genética. Son cosas distintas.

Resoplo sin poder evitarlo. —Claro. Completamente distintas.

Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Nos limitamos a observar el edificio. Resulta extraño pensar que hace apenas unas semanas habría entrado aquí sin cuestionarme absolutamente nada.

—No me gusta esto —dice finalmente.

—A mí tampoco.

—Entonces todavía podemos irnos.

Niego con la cabeza. —No. Necesito saber qué quieren.

Nico me estudia durante un momento, como si estuviera valorando la posibilidad de cargarme al hombro y sacarme de allí por la fuerza.

—Vale —dice al final—. Pero no pienso dejar que entres sola.

Nos acercamos juntos a las puertas automáticas. Apenas cruzamos el primer control cuando una mujer uniformada se dirige directamente hacia nosotros.

—Elena Navarro.

No es una pregunta. Asiento. La mujer consulta una pantalla durante apenas un segundo.

—Puede acompañarme.

Nico avanza automáticamente a mi lado. —Voy con ella.

La mujer levanta la vista y le dedica una sonrisa impecablemente profesional.

—Lo siento. El acceso está restringido exclusivamente a la paciente.

Nico frunce el ceño. —Soy su acompañante.

—No figura ninguna autorización de acompañamiento en el protocolo asignado.

—Entonces añadid una.

La sonrisa de la mujer no cambia ni un milímetro.

—No está permitido.

Nico aprieta la mandíbula. Lo conozco lo suficiente para saber que está a dos segundos de empezar una discusión que no va a servir absolutamente de nada.

—Nico...

Se gira inmediatamente hacia mí. —No me gusta dejarte sola aquí dentro.

—Lo sé.

—No firmes nada sin leerlo entero. Nada. Y si intentan separarte, llevarte a otra zona o hacer cualquier cosa rara, te marchas. Me da igual lo que digan.

Asiento. —Lo prometo.

Nico sigue mirándome unos segundos más. Tiene esa expresión suya que mezcla preocupación y obstinación en cantidades exactamente iguales.

—Llámame en cuanto salgas.

—Lo haré.

No parece especialmente convencido, pero finalmente da un paso atrás. La mujer me indica el pasillo con un gesto preciso. Respiro hondo una vez. Y entro sola.

El interior es todavía peor de lo que imaginaba.

Todo tiene ese diseño moderno y amable que intenta ocultar el hecho de que estás entrando en un sistema de control absoluto.

Luz cálida artificial. Música suave. Pantallas con mensajes tranquilizadores sobre bienestar genético y salud poblacional.

Hasta hay personas sonriendo en las imágenes.

Eso es lo más inquietante. Las sonrisas.

Porque nadie sonríe así de verdad. Nadie.

—Bienvenida, Elena Navarro.

La voz me hace levantar la vista. Una mujer elegantemente vestida sonríe detrás de un mostrador translúcido. Su sonrisa es perfecta. Demasiado perfecta. Como la de las pantallas.

—Su revisión ya está preparada.

Intento devolver la sonrisa, aunque el cuerpo lo tengo en alerta máxima.

—Gracias.

La mujer desliza una pequeña tableta digital hacia mí.

—Solo necesito una confirmación biométrica y podrá pasar.

Bajo la vista. En la pantalla aparece un documento mucho más largo de lo que esperaba. Mucho más largo de lo que debería ser para una simple "revisión".

Consentimiento temporal de análisis genético avanzado.

El estómago se me tensa. Empiezo a leer rápidamente, pasando páginas y páginas de texto legal. “Evaluación hormonal. Compatibilidad neuronal. Mapeo hereditario. Predicción inmunológica generacional.”

Palabras que no entiendo del todo. Palabras que no quiero entender.

Siento frío. Frío por dentro. De ese que te recorre las venas y se te instala en el estómago como un bloque de hielo. No me están estudiando a mí. Están estudiando a mis futuros hijos. A niños que ni siquiera existen. A niños que quizá nunca existan. A niños que, si existieran, no me pertenecerían.

—¿Hay algún problema? —pregunta la mujer con una amabilidad que ya no me creo.

Levanto la vista inmediatamente. —No... solo estoy leyendo.

La sonrisa de la recepcionista no cambia ni un milímetro. Ni un solo músculo. Ni un solo parpadeo. Es una sonrisa de catálogo. De las que no significan nada. De las que están entrenadas para no significar nada.

—Por supuesto. Puede tomarse el tiempo necesario.

Pero no suena opcional. No suena a "tómate tu tiempo". Suena a "te estoy vigilando mientras te tomas tu tiempo".

Vuelvo a bajar la mirada hacia el documento. Y entonces la veo. Una frase concreta, casi al final, escondida entre párrafos interminables de terminología médica que nadie lee.

“Los perfiles con compatibilidad excepcional podrán ser derivados al Programa de Optimización Familiar Prioritaria.”

El pulso se me dispara. “Compatibilidad excepcional.” Exactamente lo que dijo Mateo. Exactamente lo que me advirtió. Exactamente lo que significa que si firmo esto, si acepto este análisis, van a descubrir lo que soy. Lo que somos. El cien por cien. Y entonces ya no habrá vuelta atrás.