Las 5 opciones 7. La revisión
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7. La revisión

Me quedo tumbada boca arriba, todavía intentando acompasar la respiración. Y entonces el móvil vibra sobre la mesita.

El sonido rompe algo dentro de la habitación. No es fuerte. Pero sí inmediato. Como un cristal que se agrieta sin llegar a estallar.

Nico gira apenas la cabeza hacia el ruido. Yo alargo la mano casi por reflejo, todavía demasiado desordenada mentalmente como para pensar antes de actuar. Es una notificación oficial. La pantalla se ilumina automáticamente sobre la cama y el texto me golpea como un puñetazo en el estómago.

Actividad relacional irregular detectada.

Su perfil ha sido marcado para revisión de compatibilidad.

—¿El Sistema? Eso es imposible —digo, intentando sonar racional, intentando que mi voz no me traicione—. El Sistema no rastrea citas privadas.

Dejo de respirar un instante. Miro la notificación sin terminar de procesarla. Las palabras están ahí, brillando en la pantalla, pero mi cerebro se niega a aceptarlas. Es como si estuvieran escritas en otro idioma. Un idioma que no quiero aprender.

Vuelvo a mirar a Nico.

—¿Qué demonios significa eso?

Nico está demasiado serio ahora. Demasiado tranquilo de esa forma que solo tiene la gente cuando confirma un miedo que ya esperaba. Y eso me hiela todavía más.

—Significa —dice lentamente— que acabas de llamar su atención.

Algo se hunde lentamente dentro de mi estómago. Como una piedra. Como un ancla. Porque por primera vez desde que Mateo apareció en mi vida... el Sistema acaba de responder directamente. Y no me ha gustado nada lo que ha dicho.

Tardo menos de diez minutos en vestirme, pero siento que han pasado horas.

La tensión dentro del apartamento ha cambiado por completo.

Hace apenas un rato todo era respiraciones, besos y piel caliente.

Ahora cada sonido me parece demasiado fuerte, demasiado visible.

Hasta el pequeño zumbido de las luces del edificio me está poniendo nerviosa.

O tal vez son mis propios nervios, que ya no saben dónde meterse.

Nico sigue revisando algo en el móvil mientras yo termino de colocarme la chaqueta. Las manos me tiemblan un poco. Intento que no se note.

—¿Vas a decirme qué significa exactamente una "revisión de compatibilidad"? —pregunto, intentando mantener la voz estable. No me sale del todo bien.

Nico levanta la vista hacia mí. Y durante un instante parece debatirse entre decir la verdad o suavizarla. Lo conozco ya lo suficiente como para notarlo.

—Normalmente nada grave —responde al final—. Pero esto no es una revisión normal.

Suelto una risa sin humor. —Qué sorpresa.

Nico guarda el móvil en el bolsillo y se acerca un poco más. Su expresión es seria, pero no hay pánico en sus ojos. Y eso debería tranquilizarme. Pero no lo hace.

—Escúchame bien. A partir de ahora intenta actuar normal.

—¿Normal? —lo miro como si me hubiera pedido que vuele—. Nico, hace una hora estaba besándome contigo y ahora parece que el gobierno quiere analizar mi ADN.

—Precisamente por eso.

Hay calma en su voz, pero no tranquilidad. Eso es lo peor. Porque Nico no parece asustado. Parece acostumbrado. Y no sé qué es más inquietante.

Lo observo en silencio unos segundos. —¿Cuántas veces has visto esto?

Tarda demasiado en responder. —Las suficientes.

La respuesta me deja un sabor incómodo en el pecho. Porque de repente entiendo algo importante: Nico sabe moverse dentro de todo esto demasiado bien. Sabe qué hacer, qué decir, cómo reaccionar. Y todavía no sé si eso me tranquiliza o me asusta más.

La ciudad parece distinta al salir del edificio.

No más oscura. No más vacía. Solo distinta.

Como si alguien hubiera girado ligeramente el ángulo del mundo mientras yo no miraba.

Como si las calles que he recorrido cientos de veces se hubieran convertido de repente en un escenario que no había visto hasta ahora.

Camino junto a Nico intentando convencerme de que estoy exagerando.

De que todo esto no es para tanto. De que una notificación no significa nada.

Pero entonces empiezo a notar detalles que antes nunca me habían llamado la atención.

Cámaras en esquinas demasiado específicas.

Drones de supervisión desplazándose lentamente sobre las avenidas.

Pantallas públicas mostrando mensajes del Sistema sobre "salud genética y estabilidad social".

Siempre han estado ahí. Siempre. Simplemente nunca las había mirado de verdad. Nunca había querido verlas.

Nico me roza el brazo con los nudillos, un gesto mínimo, casi invisible para cualquiera que nos mire.

—No mires hacia arriba —murmura—. Mira al frente. Como si no pasara nada.

Nico nota cómo observo el entorno. Cómo mis ojos van de una cámara a otra, de un dron a una pantalla, de una pantalla a la siguiente cámara.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Mirarlo todo como si acabara de aparecer.

—Pero es que siento exactamente eso.

Nico me mira apenas un segundo. —Entonces todavía estás a tiempo de fingir.

La frase me produce un escalofrío mucho más fuerte de lo que debería. Porque no es una advertencia. Es un consejo de alguien que ya ha estado aquí antes. De alguien que sabe lo que pasa cuando dejas de fingir.

Cuando llego a casa, Clara abre la puerta antes incluso de que saque las llaves. Su expresión me borra el cansancio de golpe. No es su cara de "te has acostado con alguien y quiero detalles". Es su cara de "algo va mal". Y yo ya conozco esa cara.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Clara levanta el móvil sin responder. La pantalla muestra mi perfil del Sistema. O más bien, una versión distinta de mi perfil. Una que no había visto hasta ahora. Hay una franja amarilla bajo mi nombre.

Estado temporal: Compatibilidad bajo revisión.

Un vacío instantáneo en el estómago. De esos que te dejan sin aire y sin palabras al mismo tiempo.

—Eso antes no estaba.

—Ya lo sé —dice Clara rápidamente—. Llevo media hora refrescando la pantalla como una psicópata.

Dejo la chaqueta sobre el sofá despacio, sin apartar la vista del móvil.

—¿Todo el mundo puede verlo?

—Tus contactos cercanos sí.

—Perfecto.

Clara baja el teléfono. Y entonces me mira de verdad. De esa forma en que solo te mira una hermana cuando sabe que estás a punto de soltar algo gordo.

—¿Qué has hecho?

La pregunta no suena agresiva. Suena asustada. Y eso es peor. Mucho peor. Porque Clara no se asusta fácilmente. Clara es la que hace chistes cuando todo se va a la mierda. Clara es la que se ríe de mis decisiones cuestionables. Pero ahora no se ríe.

Me dejo caer en el sofá. Me paso una mano por el pelo. No sé por dónde empezar. ¿Cómo se resume una noche así? ¿Cómo se dice en voz alta que tu compatibilidad genética es del cien por cien y que eso te convierte en un objetivo?

Clara se sienta frente a mí despacio. —Elena.

Levanto la vista. Y por primera vez desde que empezó todo, siento auténtico miedo al responder. —Creo que el Sistema me está vigilando.

—¿Cómo que el Sistema te está vigilando? —su voz es más aguda de lo normal—. Elena, el Sistema no vigila a la gente. El Sistema empareja. El Sistema sugiere. El Sistema hace estadísticas y gráficos bonitos. No vigila.

—Clara...

—No. Espera. —Levanta una mano—. ¿Esto tiene que ver con Mateo?

—Sí. Y con Nico.

—¿Quién demonios es Nico?

Respiro hondo.

—Siéntate. Es largo.

—Vale... eso ya suena serio de verdad.

Y ahí, justo ahí, el ambiente cambia por completo.

Porque Clara es la persona más racional que conozco.

La más práctica. La que siempre encuentra una explicación lógica antes de dramatizar nada.

La que me dice "no exageres" y "estás sacando las cosas de quicio" y "seguro que tiene una explicación perfectamente normal".

Pero ahora mismo no dice nada de eso. Ahora mismo está nerviosa.

Y ver a Clara nerviosa es como ver un edificio que siempre ha estado firme empezar a temblar.

El móvil me vibra otra vez.

Las dos miramos la pantalla al mismo tiempo. Como si fuera una serpiente a punto de morder. Como si supiéramos que lo que va a aparecer no nos va a gustar nada.

Notificación oficial del Sistema.

Convocatoria automática activada.

Preséntese mañana a las 09:30 para revisión de compatibilidad avanzada.

Debajo aparece una dirección. Un edificio administrativo en el centro. De esos grises, impersonales, con ventanas que no dejan ver nada y pasillos que huelen a desinfectante y a burocracia.

Me quedo mirando la pantalla. Clara también. Las dos en silencio. Las dos procesando.

—¿Revisión de compatibilidad avanzada? —leo en voz alta, como si decirlo lo hiciera más real. Y lo hace—. ¿Qué demonios significa eso?

Clara niega con la cabeza despacio. —No lo sé. Pero no me gusta.

—A mí tampoco.

Guardo el móvil en el bolsillo con manos que ya no me tiemblan. Porque ya no es nerviosismo. Es otra cosa. Es la calma rara que te entra cuando sabes que algo malo va a pasar y ya no puedes hacer nada para evitarlo.

—Mañana a las nueve y media —digo.

—Voy contigo.

—No.

—Elena.

—Clara, no. Si esto es lo que creo que es, no quiero que te metas

Clara se cruza de brazos. Conozco esa postura. Es la postura de "no pienso negociar".

—Vas a ir a un edificio del Sistema convocada por una revisión que acaba de aparecer de la nada. Sola no vas.

—No voy sola —respondo, y saco el móvil otra vez—. Voy a avisar a Nico.

Clara arquea una ceja.

—¿El chico nuevo? ¿El que te ha metido en esto?

—El que me está ayudando a salir.

No añado nada más. Porque no sé cómo explicarle a mi hermana que confío en un hombre que conozco solo unas horas, más de lo que he confiado en nadie en mucho tiempo.

No sé cómo explicarle que Nico me ha visto desnuda por dentro y por fuera y no ha salido corriendo.

Que me ha escuchado hablar del Sistema y de Mateo y sigue aquí.

Así que no lo intento. Solo escribo el mensaje.

“Me han convocado. Mañana a las 09:30. Edificio administrativo del centro.”

La respuesta de Nico llega en segundos.

“Lo sé. Te veo allí, en el Centro de Evaluación Genética Central.“

Algo frío me recorre lentamente la espalda. Es ese nombre. Ese maldito nombre que suena a hospital y a cárcel al mismo tiempo.

—¿Compatibilidad avanzada? —murmura Clara, leyendo por encima de mi hombro.

Abro el mensaje completo. No hay opción de rechazar la cita. Solo dos botones, brillando en la pantalla como si fueran una elección real, como si yo tuviera algún poder de decisión sobre esto.

Confirmar asistencia.

Solicitar incidencia médica.

Y abajo, en letras pequeñas. Tan pequeñas que casi no se leen. Tan pequeñas que sabes que están ahí para que no las leas:

La ausencia injustificada podrá afectar temporalmente a su estado reproductivo autorizado.

Dejo de respirar un instante. Solo uno. Pero suficiente.

Clara lee la frase y su voz cambia por completo. —Dios mío.

Ahora sí hay miedo en su voz. Miedo real. No del que se pasa con un chiste o con una taza de café. Del que se instala y ya no se va. Del que te recuerda que todo esto es mucho más grande que nosotras.

Vuelvo a mirar la pantalla. Esto ya no parece una recomendación.

Esto ya no es el Sistema sugiriendo parejas con gráficos bonitos y porcentajes optimistas.

Esto es otra cosa. Una amenaza elegante.

De las que no necesitan gritar porque el mensaje está claro: o vienes, o las consecuencias serán peores.

Más tarde, ya de madrugada, sigo despierta.

Mirado el techo de la habitación como si las grietas de la pintura pudieran darme alguna respuesta.

Como si existiera una forma de ordenar todo esto para que tuviera sentido.

Mateo. Nico. La alerta. La revisión. El Centro de Evaluación Genética.

Y la sensación constante de que algo enorme se está moviendo detrás de todo esto sin que yo pueda verlo todavía.

Como un animal grande bajo el agua. Como una sombra que todavía no tiene forma pero que ya proyecta su oscuridad sobre mí.

El móvil vibra una última vez sobre la mesita. Lo cojo inmediatamente. Mensaje privado. Número oculto. Solo una frase.

“No vayas sola.”

El corazón me da un golpe brutal en el pecho. Seco. Directo. De los que te dejan sin aire un segundo y luego te lo devuelven demasiado rápido.

No necesito preguntar quién lo ha enviado. Sé que es Mateo. Sé que sigue vigilándome. Sé que sabe dónde estoy, con quién estoy, qué estoy haciendo. Y sé que me está advirtiendo. Pero lo que no sé, lo que me revuelve el estómago a estas horas de la madrugada, es otra cosa.

Porque por primera vez desde que empezó todo... ya no sé cuál de los dos me da más miedo. El que desapareció para protegerme. O el que se quedó para enfrentarse a esto conmigo.