6. Ruido en el sistema #4
El orgasmo me golpea en oleadas. Un gemido largo, casi un grito, se me escapa sin que pueda controlarlo.
Las piernas me tiemblan, el vientre se me contrae, y él no para.
Sigue. Me acompaña hasta el último espasmo, hasta que me quedo sin aire, hasta que mi cuerpo se relaja bajo el suyo con una satisfacción que me deja las ideas completamente desordenadas.
Cuando por fin recupero la respiración, Nico está encima de mí, apoyado sobre los antebrazos, con una sonrisa de las que significan problemas.
—No he terminado contigo —dice.
Y yo, que hace un segundo no podía ni hablar, siento cómo el calor vuelve a encenderse. Otra vez. Ya.
—Pues no te quedes mirando —le digo, y mi voz suena ronca, gastada, hambrienta.
Nico se incorpora lo justo para quitarse los bóxers. Su erección queda al descubierto y yo me incorporo sobre los codos para mirarlo. Para mirarlo de verdad. Es grande. Proporcionada. Perfecta. Y quiero tenerla dentro de mí ya.
Él se recoloca entre mis piernas y siento la punta rozándome apenas. Provocándome. Tentándome.
—¿Segura? —pregunta, y aunque su voz es firme, hay un temblor apenas perceptible que me dice que él también está al límite.
—Nunca he estado más segura de nada.
Entra despacio. Centímetro a centímetro. Y el placer es tan intenso que cierro los ojos, arqueo la espalda, me muerdo el labio hasta casi hacerme daño. Él me llena por completo. Justo donde lo necesito. Justo como lo necesito.
—Mírame —me pide, y su voz es un gruñido.
Abro los ojos. Los suyos están fijos en mí. Oscuros. Devorándome. Y entonces empieza a moverse y yo dejo de pensar. Dejo de existir fuera de esto. Fuera de él.
El ritmo es lento al principio. Profundo. Cada embestida me arranca un gemido distinto, uno que ni siquiera sabía que podía hacer. Nico me observa mientras se mueve dentro de mí, los ojos fijos en los míos, la mandíbula tensa, los músculos de los brazos marcados por el esfuerzo de contenerse.
—Más fuerte —le pido, y ya no me importa sonar desesperada. Porque lo estoy.
Nico obedece. Sus caderas aumentan el ritmo y el sonido de nuestros cuerpos chocando llena la habitación.
Húmedo. Carnal. Perfecto. Me agarra las caderas con más fuerza y tira de mí hacia abajo para encontrarse con cada embestida.
La nueva posición le permite llegar aún más hondo y yo suelto un grito ahogado que no intento disimular.
—Así —jadeo, clavándole las uñas en la espalda—. Justo así, no pares...
—No pienso parar.
Su voz es un gruñido contra mi oído. Me muerde el cuello, me chupa la piel justo donde el pulso me late desbocado, y yo me aferro a él como si fuera lo único que me mantiene en el mundo. Quizá lo es.
El ritmo se vuelve más urgente. Más animal. Las embestidas son más rápidas, más profundas, y yo siento que el segundo orgasmo se acumula en mi vientre bajo, creciendo, apretándose, amenazando con romperme otra vez.
—Estás cerca —dice él, y no es una pregunta. Lo sabe. Lo nota en cómo me tenso alrededor suyo, en cómo mis gemidos se vuelven más agudos, en cómo mis piernas lo envuelven con más fuerza.
—Sí... sí, Nico, por favor...
—Déjate ir.
Y me dejo. El orgasmo me arrasa. Más fuerte que el primero.
Más largo. Más profundo. Un grito roto se me escapa de los labios mientras mi cuerpo se convulsiona alrededor de él.
Nico me sigue apenas unos segundos después, enterrando el rostro en mi cuello, soltando un gemido ronco que me vibra contra la piel mientras se derrama dentro de mí.
Nos quedamos así un minuto eterno. Los dos jadeando. Los dos pegajosos de sudor. Su peso sobre mí y mis dedos recorriendo su espalda sin prisa, dibujando líneas invisibles sobre su piel caliente.
Nico se incorpora apenas para mirarme. Tiene el pelo revuelto, los labios hinchados, los ojos todavía oscuros. Y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa de chico malo que me promete que esto no ha terminado.
—¿Sigues pensando que es una mala idea? —pregunta.
—La peor —respondo, pero sonrío.
—Bien. Porque no pienso dejar que te escapes ahora.
Me río. Una risa agotada, satisfecha, de las que salen del fondo del pecho sin pedir permiso.
—¿Ah, no?
—No —dice, y se incorpora sobre los codos para mirarme mejor—. Ahora mismo eres la peor decisión que he tomado en mucho tiempo. Y pienso seguir tomándola hasta que deje de ser un error.
—Qué romántico.
Me vuelvo a reír. Y él también. Y es raro esto de estar desnuda, sudada, con el corazón todavía acelerado, riéndome como si no hubiera pasado los últimos días hecha un lío.
Nico se deja caer a mi lado y me atrae hacia su pecho sin preguntar. Su brazo me envuelve la cintura y yo apoyo la mejilla contra su piel. Su corazón late fuerte, pero se va calmando poco a poco. El mío también.
—Tengo que contarte algo —digo al fin, en voz baja.
—Suena serio.
—Lo es.
Nico no se tensa. No se aparta. Solo espera. Y eso, esa calma, esa capacidad de no presionarme, es lo que me hace decidir que se lo voy a contar todo.
—No soy un noventa y cuatro por ciento —digo—. Soy un cien.
Silencio. Un solo segundo. Luego Nico gira ligeramente la cabeza para mirarme.
—Explícame eso.
Y lo hago. Le cuento todo. Lo de Mateo. Lo de la compatibilidad.
Lo del ADN. Lo del hotel. Lo de los niños que no envejecen.
Lo del Sistema buscando parejas como nosotros.
Lo de la desaparición. Lo de no poder volver a vernos.
Todo. Sin adornos. Sin pausas. Como si vomitarlo fuera la única forma de sacármelo de dentro.
Cuando termino, Nico se queda callado un rato. Procesando. No parece asustado. No parece incrédulo. Solo... concentrado.
—Así que ese Mateo te dijo que si os descubren os separan —dice al fin.
—Sí.
—Y tú le crees.
—Vi su cara cuando me lo dijo. Estaba aterrorizado.
Nico asiente despacio. Luego se incorpora un poco, apoyándose en un codo, y me mira con esos ojos oscuros que no parpadean.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Solo uno?
—Uno principal. —Hace una pausa—. Que yo también quiero seguir viéndote. Y no pienso desaparecer.
Lo miro. Le miro de verdad. Y en sus ojos no hay duda. No hay miedo. Solo esa determinación tranquila que me desarma.
—Esto se va a poner feo —me advierte.
Me besa. Despacio. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si no hubiera un Sistema entero buscando a gente como yo. Como si no fuéramos una bomba a punto de estallar. Y por un rato, solo por un rato, consigo creérmelo.