6. Ruido en el sistema #3
Siento cómo desaparece esa última capa de pensamiento que todavía intentaba analizar lo que está pasando. No hay Sistema en mi cabeza. No hay Mateo. No hay compatibilidades ni porcentajes. Solo Nico. Su olor. Su calor. Su mano que ahora se desliza por mi espalda como si ya conociera el camino.
Mi mano sube casi sin darme cuenta hasta su cuello.
Lo acerco más. Cualquier milímetro de distancia me parece innecesario, un desperdicio, un error que no pienso cometer.
Nico responde de inmediato. Apoya una mano en mi cintura con una seguridad distinta a la de Mateo.
Menos suave. Más directa. Más real. Más suya.
Se me escapa una exhalación entre el beso. Breve. Casi involuntaria. Y eso parece romper cualquier resto de contención que quedaba. Porque a partir de aquí dejan de haber pausas. A partir de aquí solo hay esto.
El mundo alrededor se difumina otra vez. La plaza, los árboles, el ruido lejano... todo pierde forma como si no tuviera permiso para existir en este momento. Como si el universo hubiera aceptado por fin que ahora mismo solo importamos nosotros dos.
Nico se separa apenas lo suficiente para mirarme un segundo. Como si necesitara asegurarse de algo. Pero no le doy espacio para dudar demasiado. Soy yo la que vuelve a acercarse. Esta vez con más decisión. Más hambre de entender lo que estoy sintiendo que de analizarlo.
El beso se vuelve más intenso. Más desordenado.
Con esa mezcla peligrosa de tensión acumulada y curiosidad que ya no pide permiso.
Sus manos me atraen otra vez hacia él y yo me dejo caer en esta cercanía sin resistirme.
Como si por fin hubiera dejado de intentar mantener el control. A la mierda el control.
No hay palabras. No hacen falta. Solo respiraciones entrecortadas. Movimientos que se buscan sin pensarlo. Y una sensación cada vez más clara de que todo lo anterior ha sido solo una preparación para algo que ahora empieza a tener sentido propio.
Cuando el aire deja de ser suficiente entre nosotros, ninguno de los dos se aparta de inmediato. Nos quedamos cerca. Demasiado cerca. Como si separarnos fuera, de repente, la decisión más difícil del mundo.
Apoyo la frente contra la de Nico. Todavía siento el pulso acelerado. Todavía no he ordenado del todo lo que acaba de pasar. Ni quiero hacerlo.
Nico cierra los ojos apenas un segundo. Y cuando los vuelve a abrir, me mira como si ya nada fuera tan simple como lo había sido antes. Como si yo acabara de cambiarle algo por dentro. Y eso me gusta. Me gusta demasiado.
—Esto... —empieza, pero no termina la frase.
Respiro hondo. Todavía demasiado cerca de él como para pensar con claridad. Y por primera vez en mucho tiempo, no intento hacerlo. No quiero pensar. Quiero quedarme aquí. Con él. Con esto. Y no me arrepiento de nada.
Nico me mira un instante largo. No se mueve. Y entonces lo dice, sin más: —¿Quieres venir a mi apartamento?
Así. Directo. Sin adornos. Sin presión. Podría ser una invitación a tomar un café, a seguir hablando, a lo que sea.
Pero los dos sabemos que no es solo eso.
Los dos sabemos lo que hay detrás de esas palabras.
Y aun así, no hay trampa. Si digo que no, no va a insistir.
Si digo que me voy ahora mismo, me dejará ir sin un solo gesto de reproche.
Y eso, precisamente eso, es lo que hace que me quede.
Tardo en responder. Porque la respuesta fácil sería decir que no, volver a casa, meterme en la cama y fingir que esta noche no ha pasado. Pero no quiero hacer eso. No quiero irme.
—Vale —digo al fin.
Solo eso. Vale. Una palabra. Y sin embargo lo cambia todo.
Nico asiente despacio. Como si ya lo supiera. Como si no necesitara más. —Entonces ven.
No hay dramatismo. Ni promesas. Ni intención de convencerme. Solo una certeza tranquila. Y yo, contra toda lógica reciente, lo sigo.
El apartamento de Nico no es perfecto. No es limpio en exceso. No parece diseñado para impresionar a nadie. Es real.
Hay libros abiertos sobre superficies distintas, ropa doblada sin mucha disciplina, una luz cálida que no intenta parecer más de lo que es.
Todo tiene una especie de desorden vivo, humano, que me resulta casi extraño después de tanto control externo.
Después de tanta pulcritud del Sistema. Después de Mateo y su camisa blanca perfectamente planchada.
Me quedo un momento en la entrada, observándolo todo. Y sin darme cuenta, estoy dejando de pensar en Mateo por primera vez en días. Por primera vez desde que desapareció. Por primera vez desde que me dijo que no podíamos seguir viéndonos.
—No parece que vivas bajo supervisión estatal —comento, intentando recuperar algo de normalidad.
Nico deja la chaqueta en una silla sin preocuparse demasiado. —No lo parezco mucho en general.
Suelto una risa pequeña. Más suave. Más natural de lo que esperaba sentir en este momento. Me giro hacia él. Y el aire cambia otra vez. No de forma brusca. De forma inevitable.
Nico no se acerca de inmediato. Primero me mira. Como si estuviera asegurándose de algo que no tiene que ver con el Sistema ni con ninguna lógica externa. Algo que solo tiene que ver conmigo.
—Esto sigue siendo una mala idea —digo, pero mi voz suena más a confesión que a advertencia.
Nico ladea ligeramente la cabeza. —Probablemente.
Esa leve sonrisa vuelve a aparecer. Apenas insinuada.
Y es suficiente. Porque esta vez soy yo la que se acerca.
Sin prisa. Sin duda. Como si todo lo anterior me hubiera estado empujando hasta aquí sin pedirme permiso.
Como si mi cuerpo ya hubiera tomado la decisión y mi cerebro acabara de recibir el comunicado.
Cuando nos encontramos a mitad del camino, ya no hay vuelta atrás. No sé quién da el último paso. Probablemente los dos al mismo tiempo. Probablemente ya no importa.
El beso estalla sin permiso. No es una comprobación ni un tanteo: es un incendio.
Su boca contra la mía y mi espalda contra la pared más cercana sin que recuerde cómo he llegado hasta aquí.
No me importa. Nico me sujeta por las caderas con esa seguridad que me vuelve loca, los dedos clavándose lo justo, como si ya supiera exactamente cuánta presión necesito sin que se lo diga.
Le quito la camiseta de un tirón. O lo intento.
Mis dedos son más torpes de lo que me gustaría admitir, pero él se ríe contra mi boca —una risa baja, oscura, que me vibra en los labios— y termina el trabajo él mismo.
La tela desaparece y lo que queda al descubierto es un torso moreno, definido, con esa mezcla de músculo trabajado y despreocupación que me hace apretar los muslos sin querer.
—Te estabas conteniendo —dice, y no es una pregunta.
—Ya no.
Mis manos recorren su pecho. Su abdomen. El surco que desaparece bajo el borde de sus pantalones. Quiero verlo entero. Quiero saborearlo. Quiero borrar de mi cabeza todo lo que no sea él dentro de mí.
Nico me observa mientras lo toco. No aparta la mirada. No parpadea casi. Tiene los ojos más oscuros que antes y la respiración se le ha vuelto irregular. Me gusta. Me gusta saber que yo puedo hacerle eso. Que no soy la única perdiendo el control.
Su mano sube por mi costado, lenta, deliberada, hasta rozar el borde de mi sujetador. No lo desabrocha todavía. Se detiene ahí, justo donde la tela se encuentra con la piel, y me mira como pidiendo permiso. O como disfrutando de la anticipación. O las dos cosas.
—Si te digo que no tengo condones —murmura, bajando la boca hasta mi cuello—, ¿te vas?
—No —la respuesta me sale sin pensar, casi sin aire—. Pero me enfadaré mucho mañana.
—Mañana no es ahora.
Tiene razón. Ahora es su boca bajando por mi clavícula. Ahora es el cierre de mi sujetador cediendo por fin. Ahora son sus manos las que me desabrochan los pantalones mientras yo me aferro a sus hombros porque las piernas ya no me responden como deberían.
Caemos en el sofá sin mucho estilo. Él encima de mí, su peso repartido entre sus brazos y mis caderas, su erección presionando justo donde más la necesito. Todavía hay demasiada ropa entre nosotros. Me impaciento. Tiro del botón de sus vaqueros con una urgencia que ni siquiera intento disimular.
—Eres impaciente —dice, pero su voz suena tan necesitada como la mía.
—Y tú demasiado lento.
Nico se ríe otra vez. Esa risa baja que me va a matar. Pero acelera. Por fin. Se deshace de los pantalones y yo de los míos, y cuando su cuerpo vuelve a caer sobre el mío solo hay piel y calor y ese roce que no termina de ser suficiente.
Su boca recorre mi pecho. Mi estómago. Se detiene justo donde las braguitas ya no esconden nada. Me mira desde ahí abajo, los ojos brillando con una mezcla de deseo y control que me hace gemir antes incluso de que me toque.
—Quiero oírte —dice.
Y me toca. Sus dedos me encuentran húmeda. Muy húmeda. La prueba de que llevo demasiado tiempo conteniéndome, de que mi cuerpo ya había decidido esto mucho antes de que mi cerebro diera permiso.
—Joder —murmura contra mi piel, y el sonido de su voz, esa sorpresa contenida, me excita todavía más.
No se apresura. Nico no hace nada con prisa.
Sus dedos se deslizan con una precisión que me arranca un gemido desde el fondo del pecho.
Me observa. Estudia cada reacción. Cada forma en que mi cuerpo responde a lo que él hace.
Y cuando encuentra el ritmo exacto, el punto exacto, la presión exacta, yo ya estoy perdida.
Mi espalda se arquea. Mis manos se aferran al cojín, a su pelo, a lo que sea. El calor se acumula en mi vientre bajo, esa tensión deliciosa que crece y crece y amenaza con romperme en cualquier momento.
—Más —consigo decir, y ni siquiera sé si es una palabra o un ruego.
Nico me entiende. Acelera. Su boca baja hasta mi pecho mientras sus dedos siguen trabajándome, y cuando su lengua encuentra mi pezón, cuando succiona con la presión justa, el mundo estalla.