6. Ruido en el sistema #2
Vale. Eso me ha gustado. Y me ha gustado de una forma que no debería gustarme. Porque no es un piropo barato. No es una frase ensayada. Es la verdad. Nico me ha estado prestando atención. Atención de verdad. De la que no busca impresionar sino entender.
—Eres más peligroso de lo que pareces —suelto, y esta vez sí hay una sonrisa en mi voz.
—Depende del día —dice, y se encoge de hombros otra vez—. Hay días en los que hablo demasiado.
—No me lo creo.
—Haces bien.
Me río. Y esta vez la risa sale sola, sin forzar, sin el escudo del sarcasmo. Algo se ha aflojado entre nosotros. La tensión inicial sigue ahí, pero ya no es una barrera rígida. Es más como una cuerda tensa entre dos puntos. Una cuerda que vibra pero no se rompe.
—No estoy aquí para impresionarte —dice Nico después de unos segundos.
—Eso lo estás haciendo peor de lo que crees.
La frase me sale antes de que pueda pensarla. Y en cuanto la suelto, noto ese calor incómodo que aparece cuando una broma dice más de lo que debería. Bajo la vista un instante. Pero ya es tarde. Ya la he soltado y él la ha oído.
Nico no parece incómodo. Me observa con calma. Demasiado atento. Sus ojos se quedan en los míos un segundo más de lo normal. —Eso ha sonado peligroso.
—¿El qué?
—Que empiezo a interesarte.
Abro la boca. La cierro. Busco algo rápido, algo ingenioso, algo que desvíe la conversación hacia terreno seguro.
Pero no encuentro nada. Porque no lo ha dicho como un desafío ni como una provocación arrogante.
Lo ha dicho con una naturalidad desconcertante, como si simplemente hubiera notado algo evidente.
Como quien mira al cielo y dice "va a llover".
Y lo peor es que quizá tiene razón.
—No te emociones —consigo decir al fin—. Solo he dicho que me impresionas. No que me gustes.
—Claro. Porque son cosas completamente distintas.
—Exacto.
—Y por eso sigues aquí sentada.
Me quedo callada. Me ha pillado. Y su sonrisa, esa media sonrisa de chico malo que no necesita esforzarse, me dice que él lo sabe perfectamente.
Hay un silencio breve. Pero esta vez no resulta incómodo.
El aire se ha enfriado un poco y aun así siento una especie de calor extraño bajo la piel.
No es la intensidad impulsiva que tenía con Mateo.
Con Nico todo va más despacio. Como si cada segundo tuviera tiempo suficiente para existir antes de desaparecer. Y sin darme cuenta, lo sigo mirando.
Nico no aparta la mirada. Y yo, por primera vez en días, no siento la necesidad inmediata de buscar otra cosa en la que pensar. Solo lo observo. A él. A sus ojos oscuros. A esa forma que tiene de estar aquí sin necesitar nada más.
—Eres bastante directo —murmuro al fin.
Nico se encoge apenas de hombros. —No tengo paciencia para fingir cosas obvias.
Sonrío levemente, casi sin querer. —Eso suena a problema.
—Lo es.
Me doy cuenta de que sigo mirándolo. Y esta vez no aparto la vista tan rápido. Porque, a diferencia de todo lo anterior, con Nico no siento que esté entrando en algo ya perfectamente diseñado. Siento que está ocurriendo. Aquí. Ahora. Sin plan. Sin Sistema. Sin porcentajes.
—Te ríes poco —comenta él.
Ladeo ligeramente la cabeza. —¿Y eso qué significa?
—Nada malo —Nico sonríe apenas, casi imperceptible—. Solo digo que cuando lo haces... merece la pena verlo.
La frase se queda suspendida un segundo más de lo normal.
Algo se me mueve en el estómago. No es desagradable.
Es distinto. Distinto a todo lo que sentía con Mateo.
Con él había inercia, caída rápida, esa sensación de estar siendo arrastrada por algo más grande que yo.
Con Nico todo es más consciente. Y me doy cuenta de que no quiero apartar la mirada.
—Eso ha sido casi un piropo —digo.
—Casi —concede—. No te acostumbres.
—¿Por qué? ¿Porque luego te echo de menos?
—Porque luego te crees que soy simpático. Y no lo soy.
Sonrío. Otra vez. Y él también. Y el silencio que viene después ya no es silencio: es otra cosa. Es un espacio donde cabemos los dos sin necesidad de llenarlo.
El viento mueve ligeramente las hojas de los árboles sobre la plaza. Hay una calma rara en este lugar, como si el mundo alrededor se hubiera olvidado de nosotros durante unos minutos. O como si nos hubiera concedido un respiro.
Nico se inclina un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas otra vez. Pero esta vez no se aparta. Me mira con una intensidad más directa, menos evasiva. Como si hubiera decidido algo.
—He visto tu perfil en el Sistema —dice al fin.
Parpadeo. El cuerpo se me tensa ligeramente. —¿Qué?
—Tranquila —añade, sin dramatismo—. No es nada ilegal. Solo… información básica.
Eso no termina de tranquilizarme del todo, pero lo dejo continuar. Porque quiero oír lo que tiene que decir. Porque algo en su tono me dice que esto no es una confesión trampa, sino un prólogo.
Nico baja un poco la mirada antes de volver a levantarla hacia mí.
—Sé que saliste primero con otro chico. Mateo.
Un pequeño pinchazo incómodo en el pecho al oír el nombre. Intento no mostrarlo, pero Nico ya me ha demostrado que se fija en todo, así que probablemente lo ha notado.
—Ya.
—No lo conozco —continúa con naturalidad—. Ni me interesa conocerlo.
Hay un breve silencio. Lo observo con más atención. ¿Adónde quiere ir a parar?
—Entonces… ¿por qué lo mencionas?
Nico suelta aire por la nariz, casi como una media sonrisa. —Porque quiero ser claro contigo.
Se inclina un poco más hacia mí. No invade mi espacio del todo, pero reduce la distancia de forma consciente. Y yo lo noto. Claro que lo noto.
—No estoy aquí comparándome con nadie —dice—. No me interesa competir con una asignación del Sistema.
No respondo de inmediato. Porque hay algo en su forma de decirlo que no suena arrogante. Suena directo. Despojado de cualquier pretensión. Como si me estuviera dando un dato, no vendiéndome un argumento.
Nico me mira un instante más largo. Y lo que dice a continuación me atraviesa:
—A mí me interesas tú, Elena. La persona que se muerde el labio cuando no sabe qué decir, no el porcentaje de idoneidad de tu expediente.
Sostiene la mirada con una intensidad desarmante.
—Desde que te vi, pienso que el Sistema comete un error imperdonable al intentar reducirte a una dichosa estadística.
Las palabras me golpean con la fuerza de un impacto físico.
No hay adornos poéticos. No hay promesas vacías.
Es una declaración cruda, real, desprovista de la pulcritud a la que estoy acostumbrada.
Me quedo sin defensas. Atrapada en la gravedad que él genera sin esfuerzo.
Y por primera vez en días, Mateo no ocupa mi cabeza. La ocupa él.
El silencio entre nosotros se vuelve otra vez distinto. Uno de esos silencios que ya no esperan conversación. Lo siento antes de entenderlo. Mi cuerpo lo sabe. Mi cuerpo lo ha sabido desde que Nico apareció caminando sin prisa como si el universo entero le debiera algo.
Nico se incorpora apenas. Reduce la distancia sin brusquedad. No hay prisa en su movimiento. No hay seguridad absoluta tampoco. Solo una decisión tomada en el momento exacto en que dejar de no hacer nada se vuelve inevitable.
No retrocedo. Y eso es suficiente.
—Esto es una mala idea —murmuro, más para mí misma que para él.
Nico me mira de cerca. —Probablemente.
La honestidad en su voz hace que algo en mí se relaje en lugar de tensarse.
Sostengo la mirada un segundo más. El mundo alrededor se vuelve más pequeño otra vez.
La plaza, los árboles, el ruido lejano...
todo queda en segundo plano sin desaparecer del todo.
Simplemente pierde importancia. Lo único importante ahora es este espacio mínimo entre su boca y la mía.
Nico recorre mi hombro con su mano con lentitud.
Como si me diera tiempo a cambiar de opinión incluso en el último instante.
Pero no me muevo. No quiero moverme. Y cuando sus labios encuentran los míos, no hay choque ni impulso descontrolado.
Es distinto. Más lento. Más consciente. Como si ambos estuviéramos comprobando algo en lugar de perder el control.
Como si fuera un experimento y un deseo al mismo tiempo.
Primero noto la tensión inicial. Esa resistencia mínima que dura apenas un instante antes de desaparecer.
Después llega el resto. El calor. La cercanía.
Su mano que ahora está en mi nuca y yo que ni siquiera sé cuándo la ha puesto ahí.
La sensación de que no hay guion, ni Sistema, ni estadística en este momento concreto.
Solo dos personas decidiendo no apartarse.
Cuando nos separamos, ninguno habla de inmediato. Nico no sonríe como Mateo. No hace ningún comentario ingenioso. Solo me observa, muy de cerca, como si estuviera midiendo el efecto exacto de lo que acaba de ocurrir. Como si yo fuera una ecuación que necesita resolver.
Y yo noto algo incómodo en el pecho. No es culpa. No es confusión total. Es algo más sutil. Claridad peligrosa. De la que no te deja excusas.
—Esto complica las cosas —digo al fin, en voz baja.
Nico asiente. —Sí.
Algo en el aire se tensa otra vez, pero esta vez no es duda ni análisis.
Es impulso. Una atracción que ya no se esconde detrás de conversaciones o teorías sobre el Sistema.
Es él. Soy yo. Es esto. Y sé, con una certeza que me asusta y me excita a partes iguales, que voy a besarlo otra vez antes de que termine esta noche.
Nico vuelve a acercarse primero. Esta vez sin la pausa anterior. Sin cálculo. Sin prudencia. Solo una certeza silenciosa que lo empuja hacia mí como si ya no tuviera sentido mantener el control. Y a mí me parece bien. Me parece perfecto.
Lo dejo acercarse. Y cuando sus labios vuelven a encontrar los míos, el beso ya no es una comprobación. Es una respuesta. Más profundo. Más firme. Más vivo.