6. Ruido en el sistema
No duermo. Y no es de esas noches de insomnio romántico, de las que salen en las películas, con la protagonista mirando al techo y suspirando mientras suena una canción melancólica de fondo.
No. Esto es otra cosa. Más incómoda. Más ruidosa.
Como si mi propia cabeza hubiera decidido declararse en huelga y no dejarme en paz.
"Dejarías de pertenecerte a ti misma."
La frase de Mateo se repite una y otra vez. Siempre con la misma voz. Siempre con la misma calma inquietante. Como un eco que no se apaga. Como una alarma que suena bajito pero no para.
A las seis de la mañana, Clara sale de su habitación y me encuentra sentada en la cocina. Tengo una taza de café delante, intacta, fría desde hace horas. Ni la he tocado. Clara me mira y no necesita preguntar nada. Me conoce. Me conoce demasiado bien.
—Vale —dice simplemente—. Hoy tienes cara de problema serio.
No levanto la vista.
—Necesito ver a Mateo.
Clara suspira. Un suspiro que dice "ya me lo veía venir" y "esto no me gusta nada" al mismo tiempo.
—Eso no es una buena idea.
—No estoy pidiendo opinión.
—Ya, pero soy tu hermana, así que igual te la doy igual.
Apoyo los codos sobre la mesa. La taza de café tiembla ligeramente. Ni la miro.
—Me dijo que no podíamos seguir viéndonos.
Clara se queda en silencio un segundo. Solo uno. Pero pesa. —Eso es nuevo.
—No es eso lo que importa.
—Claro que lo es.
Por fin la miro. —No tiene sentido. Una noche antes estaba conmigo como si... —me detengo, busco las palabras y no las encuentro, así que suelto lo primero que me sale— como si todo fuera normal.
Clara arquea una ceja. —¿Y ahora?
Suelto aire. Mucho aire. Como si llevara horas conteniéndolo.
—Y ahora dice que si seguimos juntos dejaré de ser mía.
Clara deja la taza sobre la mesa. Despacio. Con esa calma que solo pone cuando algo le preocupa de verdad. —Eso suena a frase de alguien que está metido en algo muy grande.
Asiento sin ganas. —Por eso necesito verlo.
Clara frunce ligeramente el ceño. No con sorpresa exagerada. Con esa expresión de alguien que intenta encajar piezas que no quiere encajar del todo. Piezas incómodas. Piezas que no pintan bien.
—Mira —dice con más calma—. Si todo esto te está volviendo loca, lo peor que puedes hacer es quedarte encerrada pensando.
No contesto. Me quedo callada porque sé perfectamente lo que va a decir y no me apetece oírlo. Pero Clara es Clara.
—Sal otra vez —dice—. Con uno de ellos. El que no te esté generando este bucle mental constante.
Suelto una risa breve. Sin humor. De esas que salen cuando todo es demasiado absurdo.
—Eso no ayuda mucho a reducir opciones.
—Ayuda a ver con claridad —corrige ella, que nunca se rinde—. Ahora mismo estás mezclando miedo, obsesión y falta de sueño. Eso no es una ecuación fiable para tomar decisiones importantes.
Me quedo callada unos segundos más de lo necesario, mirando un punto fijo del suelo.
El punto no tiene nada interesante, pero sirve para no mirar a Clara mientras pienso.
Odio cuando tiene razón y además lo sabe.
Me molesta admitirlo, pero necesito algo que rompa el ruido mental, algo que me devuelva una referencia clara de la realidad aunque sea temporal.
Y Nico, por muy extraño que sea todo lo que suelta, sigue siendo la única persona que parece tener piezas del mismo rompecabezas. Piezas que a mí me faltan. Y eso me jode. Me jode porque no debería importarme tanto un tipo que conocí hace dos días. Pero aquí estoy.
—Vale —digo al fin.
Clara levanta ligeramente la cabeza. Noto su mirada sin necesidad de verla.
—¿Vale qué?
—Le escribiré.
Resoplo. Ya está. Lo he dicho.
El mensaje lo redacto tres veces. Las tres me parecen ridículas por motivos distintos. Demasiado entusiasta, demasiado fría, demasiado todo. Al final me limito a un simple: ¿Hablamos mañana?
La respuesta llega en menos de diez minutos.
“Podemos vernos mañana.”
Lo leo. Lo releo. No hay entusiasmo, no hay insistencia. Solo una aceptación seca, casi neutral. Como si no fuera una cita sino una reunión inevitable entre dos personas que ya han cruzado demasiadas líneas invisibles. Igual eso es exactamente lo que es.
Me pregunto qué esperaba sentir. No esto.
Esta mezcla rara de calma y alerta a la vez.
Con Mateo todo fue rápido, fluido, casi inevitable.
Un beso al final de la noche y las piernas temblándome sin pedir permiso.
Con Nico es distinto. Más pesado. Más mental.
Como si cada interacción viniera con una pregunta que aún no me han explicado.
Vale, respondo al final.
Y al darle a enviar noto algo incómodo en el estómago. Como si acabara de cerrar un paso que no entiendo del todo. Como si hubiera firmado algo sin leer la letra pequeña.
Quedamos en una zona distinta de la ciudad, lejos del río y de los sitios donde el Sistema muestra mayor actividad social.
Un barrio antiguo que casi no reconozco.
Edificios más bajos, calles menos intervenidas, y lo mejor de todo: menos pantallas informativas.
Se puede caminar tres manzanas sin que nada te recuerde al Sistema.
Eso me gusta. Me hace sentir que puedo respirar sin que me observen.
Llego unos minutos antes sin darme cuenta. Maldita manía de anticiparme a todo. Mi cuerpo siempre va por delante de mi cerebro, como si supiera cosas que yo todavía no he aceptado.
Nico aparece caminando sin prisa. Como si el universo entero estuviera esperando por él y él tuviera todo el tiempo del mundo.
Que conste: odio esa actitud. Odiaba. Hasta que lo veo acercarse y siento algo raro en el estómago.
Una traición en toda regla. Mi cuerpo decidido a jugar en mi contra sin consultarme primero.
—Has venido —dice cuando está lo suficientemente cerca. Esa voz tranquila que no parece necesitar validación de nadie. ¿Cómo lo hace? ¿Hay un curso para eso?
—No tenía muchas alternativas claras —respondo, encogiéndome de hombros, intentando parecer más despreocupada de lo que realmente estoy.
Nico asiente. Como si eso tuviera sentido en su extraña lógica interna.
Y no dice nada más. Empezamos a caminar sin rumbo fijo y, lo juro, el silencio no es incómodo.
Es de esos silencios raros que te hablan sin palabras.
De los que te dicen "hay cosas aquí que ninguno de los dos se atreve a decir en voz alta todavía".
Y no sé si me gusta o me inquieta. Probablemente las dos cosas.
—No confías en mí —dice de repente.
No es una pregunta. Obviamente no es una pregunta. Tardé un par de segundos en responder, porque ¿qué se supone que le dices a alguien que te lee la mente así, sin avisar, como quien comenta el tiempo?
—No confío en casi nada últimamente —admito.
Nico me mira de reojo. Y hay algo en esa mirada que me hace sentir desnuda. No de la forma sexy. De la otra. De la forma en que te sientes cuando alguien ve a través de todas tus capas de sarcasmo y defensas y llega justo donde no querías que llegara.
—Eso es más honesto de lo que parece —dice.
Seguimos caminando hasta una plaza pequeña.
Bancos de piedra. Árboles que parecen tener más años que yo.
Hay poca gente y nadie nos mira. Alivio.
No necesito público para mi crisis existencial del momento.
Nico se sienta primero. Yo lo hago después, dejando un espacio prudente entre nosotros.
Más por instinto que por otra cosa. Por si acaso.
El silencio se instala otra vez. Denso. Pesado.
Nada que ver con la facilidad que tenía con Mateo.
Esa ligereza de conversación que fluía como si lleváramos años hablando.
Esto es diferente. Más lento. Más consciente.
Como si cada palabra pesara un kilo y hubiera que elegirlas con cuidado.
O como si las palabras importantes todavía estuvieran por llegar y las de relleno no sirvieran para nada.
Lo miro de reojo sin querer. Y por primera vez me permito observarlo con atención.
Nico no tiene la perfección estética de Mateo.
No es ese tipo de belleza suave y segura que encaja perfectamente con los estándares del Sistema.
Hay algo más crudo en él. El pelo ligeramente despeinado.
La forma en que apoya los codos sobre las rodillas como si nunca terminara de relajarse del todo.
Esa mirada fija que no evita la mía cuando me pilla observándolo.
Y eso, de alguna forma incómoda, me descoloca más de lo que quiero admitir.
—Estás pensando demasiado otra vez —dice sin mirarme.
Parpadeo unos segundos. —¿Cómo sabes eso?
—Porque te quedas quieta antes de hablar. Siempre.
Suelto una risa, casi sin querer. —Eso es... muy específico. ¿Me estás escudriñando o qué?
—Te estoy observando —responde, encogiéndose de hombros con total naturalidad.
No lo dice con arrogancia. Ni con segundas intenciones evidentes. Solo como un hecho. Como si dijera "el cielo es azul" o "hoy hace frío". Y esa naturalidad me jode más que si hubiera sido un comentario provocador. Porque demuestra que no necesita aparentar nada. Simplemente es así. Y punto.
Aparto la vista hacia los árboles. Intento recuperar algo de control mental, pero mi cuerpo no sabe muy bien qué hacer. No estoy tensa, pero tampoco relajada. Es esa sensación extraña de no saber si debería estar a la defensiva o simplemente dejarme llevar.
—¿Y qué has observado exactamente? —pregunto, cruzándome de brazos. Mala señal. Cuando me cruzo de brazos es que estoy intentando protegerme de algo.
Nico se toma su tiempo. Apoya la espalda en el banco y me mira con esos ojos oscuros que no parpadean casi nunca.
—Que te ríes cuando estás nerviosa. Que cuando alguien te dice algo que te importa de verdad, te callas. Y que tienes una forma muy concreta de desviar las preguntas que no quieres contestar.
—Eso es un análisis bastante completo para alguien que solo ha compartido un paseo.
—No es análisis —responde, y esboza una media sonrisa que le cambia la cara por completo—. Es atención.