Las 5 opciones 5. Compatibilidad absoluta #2
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5. Compatibilidad absoluta #2

Retrocedo medio paso sin darme cuenta. Mis pies han decidido moverse antes que mi cerebro.

—No.

—Elena…

—No, espera.

Levanto una mano. Necesito un segundo. Necesito procesar. Pero ya no hay nada que procesar. Ya está todo ahí. Ya lo he entendido. Solo que no quiero que sea real.

—¿Me estás diciendo que el gobierno secuestra personas compatibles para experimentar con sus hijos?

La frase suena absurda incluso al decirla.

Ridícula. De las que salen en películas malas de conspiración que pones un domingo a las tres de la mañana.

Pero Mateo no reacciona como alguien escuchando una locura.

Reacciona como alguien que ya ha visto demasiado.

Como alguien que se ha pasado noches enteras procesando esto y ha llegado al otro lado con una verdad que preferiría no tener.

—No lo llaman experimentación —dice en voz baja—. Lo llaman preservación genética.

El estómago se me revuelve. Literalmente. Como si alguien me lo hubiera agarrado con la mano y lo estuviera retorciendo.

—Eso es una locura.

—Lo sé.

—¿Y tú trabajas para esa gente?

La pregunta le golpea. Lo veo. Cierra los ojos un instante antes de responder.

—Sí.

Rabia inmediata. Rabia real. Porque de repente todo se mezcla en mi cabeza al mismo tiempo. La cita. El hotel. El ADN. Las miradas. Los besos. Su mano en mi cintura. Su risa contra mi cuello. Todo. Cada momento. Cada gesto. Cada palabra que me creí.

—¿Entonces qué fui exactamente? —mi voz me tiembla y la odio por temblar—. ¿Un proyecto? ¿Un análisis?

—No.

La respuesta sale tan rápido que casi suena desesperada. Da un paso hacia mí.

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Convertir esto en algo falso. Porque no lo fue.

—¡Me analizaste sin decírmelo!

—Porque tenía miedo.

Suelto una risa nerviosa. Incrédula. De las que te salen cuando ya no sabes si llorar o gritar o mandarlo todo a la mierda.

—Fantástico. Eso tranquiliza muchísimo.

Mateo vuelve a mirar alrededor antes de acercarse todavía más. Y ahora sí parece asustado de verdad. No incómodo. No culpable. Asustado.

—Escúchame. Necesitas entender esto. Si descubren tu perfil real, van a seguirte el resto de tu vida.

El corazón se me acelera otra vez. Como si esta noche no hubiera tenido suficiente.

—¿Por qué?

—Porque las parejas cien por cien producen hijos únicos.

—¿Únicos cómo?

Tarda un segundo demasiado largo en responder. Y en ese segundo me imagino todas las respuestas posibles. Todas malas. Todas peores que la anterior.

—Creen que podrían ser la clave para detener el envejecimiento celular.

Dejo de respirar un instante. Ahí está. La verdadera obsesión. No las superbacterias. No la estabilidad social ni la compatibilidad emocional. La eternidad. La inmortalidad. El sueño de todo poder que se niega a morir.

Mateo habla otra vez, más bajo todavía.

—Algunos de los primeros niños nacidos de compatibilidades absolutas siguen teniendo células biológicamente anómalas incluso décadas después. No envejecen al ritmo normal.

Vértigo. Eso es lo que siento ahora mismo. Vértigo.

—Eso no puede ser real.

—Ojalá no lo fuera.

—Entonces ¿qué pasaría si nos descubren?

Mateo se queda completamente quieto. La tensión en su cara responde antes que sus palabras.

—Nos separarían inmediatamente.

Trago saliva. —¿Y después?

—Te ofrecerían una vida perfecta.

La respuesta me desconcierta tanto que casi duele. Me esperaba mazmorras, laboratorios, agujas. No "una vida perfecta". Eso suena a catálogo. A anuncio. A lo que el Sistema llevaba vendiéndonos desde el principio pero con esteroides.

—¿Qué?

Mateo sonríe sin humor. Una sonrisa que no le llega a los ojos. Una sonrisa que dice "ojalá fuera tan sencillo como suena".

—Casa. Protección. Dinero. Atención médica ilimitada. Todo lo que quieras.

—Eso no suena precisamente horrible.

—Porque no te dirían la verdad completa.

Otro escalofrío. Ya son tantos que casi me he acostumbrado. Casi.

—¿Cuál es la verdad completa?

Me observa unos segundos antes de responder. Y cuando habla, su voz suena agotada. De un agotamiento que va más allá de esta noche. De esta conversación. De nosotros. Es el agotamiento de alguien que lleva años cargando con algo que no ha elegido.

—Que dejarías de pertenecerte a ti misma. Tu ubicación, tus contactos, tus decisiones, tus hijos. Todo pasaría a ser gestionado por el programa. Te convertirías en un activo biológico con habitación bonita.

Me quedo callada. Porque no tengo nada que decir. Porque todo lo que podría decir se me queda atascado en la garganta.

—Por eso alteré los resultados —continúa Mateo—. Para que no aparecieras en sus listas. Para que pudieras tener una oportunidad real. Conocer a alguien. Enamorarte. Tener una familia normal.

—¿Y por qué no simplemente desapareciste? —mi voz sale más frágil de lo que me gustaría—. ¿Por qué seguiste saliendo conmigo si sabías todo esto?

Mateo me mira y en sus ojos hay algo que no había visto antes. Algo que me desarma por completo.

—Porque soy un egoísta. Y en lugar de alejarme como debería haber hecho, quise conocerte. Quise saber cómo eras. Y luego ya fue demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para qué?

—Para no sentir nada.

El silencio vuelve. Pero ya no es incómodo. Es de los que lo cambian todo.

—No podemos seguir viéndonos —repite, y esta vez suena a sentencia—. Si alguien nos relaciona emocionalmente, tarde o temprano revisarán tu expediente genético y se darán cuenta de la alteración. Y entonces vendrán a por ti.