5. Compatibilidad absoluta
Cuarto día sin mensajes. He dejado de intentar parecer una persona razonable.
Hasta ahora todavía conservaba cierta dignidad.
Más o menos. La suficiente para fingir delante de Clara que no estaba comprobando el chat cada cinco minutos o repasando mentalmente cada conversación con Mateo buscando señales que no estaban allí.
Pero la dignidad emocional tiene un límite.
Y el silencio empieza a doler. No de forma dramática.
Peor. De esa forma lenta y estúpida en la que alguien empieza a ocuparte demasiado espacio en la cabeza sin pedir permiso.
Como un inquilino que no ha firmado contrato y ya se ha instalado en el sofá.
Estoy terminando un café frío en la cocina cuando la pantalla del salón vibra suavemente. Mi corazón reacciona antes que yo. Mateo. Por fin. Cojo el móvil tan rápido que casi se me cae al suelo. Casi.
Solo hay una frase. “Necesitamos hablar.”
Nada más. Sin bromas. Sin emojis absurdos. Sin esa calidez ligera que siempre acompañaba sus mensajes. El estómago se me tensa inmediatamente. Conozco esa frase. Todo el mundo conoce esa frase. Es la frase que aparece justo antes de que algo se rompa.
—Vale, esa cara ya no me gusta nada —dice Clara desde el sofá.
Apenas la escucho. “¿Qué pasa?”, escribo.
La respuesta tarda varios minutos. Demasiados.
“¿Puedes venir sola?”
Ahora sí. Ahora algo va mal de verdad. Me da una dirección al otro lado de la ciudad.
No es una cafetería. No es un restaurante.
Es un edificio antiguo cerca de la zona universitaria, en una calle demasiado tranquila para esta hora de la tarde.
¿Por qué allí? ¿Por qué no un sitio normal?
Estoy a punto de preguntarle directamente qué demonios ocurre, pero algo en la forma seca de sus mensajes me frena.
Porque suena asustado. Y Mateo no parece el tipo de persona que se asusta fácilmente.
Cuando llego, lo encuentro esperando junto a la entrada del edificio.
Manos en los bolsillos. Expresión agotada.
Durante un segundo siento un alivio inmediato solo por verlo otra vez.
Es ese alivio estúpido que llega antes de procesar nada más.
Luego entiendo algo peor: Mateo está distinto.
No físicamente. Es la forma de mirarme. La tensión en los hombros.
La manera en que revisa la calle antes de acercarse a mí.
Como si hubiera alguien mirando. Como si esto no fuera solo una conversación incómoda.
—Hola —digo despacio.
Tarda un instante en responder. —Hola.
Nada más. Ninguna sonrisa. Ningún comentario irónico. Y eso me provoca un vacío inmediato en el pecho. El mismo pecho que hace tres días no paraba de saltar cada vez que vibraba el móvil.
—Vale —me cruzo de brazos—. ¿Qué está pasando?
Mateo cierra los ojos un segundo antes de hablar.
—Necesito que me escuches hasta el final antes de enfadarte conmigo.
Todas mis alarmas mentales se activan al mismo tiempo. Esa frase. Esa maldita frase. La prima hermana de "tenemos que hablar" y la sobrina de "no eres tú, soy yo".
—Eso nunca precede a algo bueno.
Suelta aire despacio. Luego me mira directamente.
—No podemos seguir viéndonos.
El golpe es casi físico. Tan directo. Tan frío. Me quedo observándolo, esperando que sonría, que añada algo, que me dé una explicación lógica que arregle esto. Cualquier cosa. No ocurre.
—¿Qué...? —murmuro.
Mateo aparta la mirada hacia la calle. —Lo siento.
—No, ni se te ocurra hacer eso.
Mi voz sale más dura de lo que esperaba. Más dura de lo que querría. Pero es que no me da la gana contenerme.
—No desapareces cuatro días después de dormir conmigo y luego apareces diciendo "lo siento". Eso no funciona así.
Mateo tensa ligeramente la mandíbula. Y eso, curiosamente, hace que me enfade todavía más. Porque parece afectado. Parece sufrir de verdad. Entonces ¿qué demonios está haciendo? ¿Por qué está haciendo esto?
—Elena...
—No. Explícamelo.
El silencio dura varios segundos. Mateo parece estar tomando una decisión interna terrible. Algo le está costando. Algo le está pesando. Y yo no pienso ayudarle. Que le pese. Finalmente habla.
—¿Recuerdas que te dije que trabajo en diseño industrial?
Frunzo el ceño. —Sí.
—No era exactamente mentira.
Algo se me revuelve en el estómago. —Mateo.
Vuelve a mirar alrededor antes de acercarse un poco más. Y cuando habla otra vez, lo hace en voz mucho más baja. Demasiado baja.
—Trabajo para una división vinculada al Sistema.
Me quedo inmóvil. El ruido lejano de la ciudad parece apagarse ligeramente a nuestro alrededor. O a lo mejor soy yo, que he dejado de oír todo lo que no sea su voz.
—¿Qué clase de división?
Tarda demasiado en responder. —Análisis genético avanzado.
Un escalofrío inmediato. De los que te recorren entera y se te quedan en la nuca.
—No entiendo qué tiene que ver eso conmigo.
La expresión de Mateo cambia apenas. Culpa. Miedo. Las dos cosas mezcladas. Y no sé cuál de las dos me asusta más.
—Porque analicé tu ADN.
Parpadeo. Despacio. Muy despacio. —¿Qué?
—Necesitaba comprobar algo.
—¿Cómo demonios...?
Entonces lo recuerdo. El hotel. Mateo apartándome un mechón de pelo de la cara. Un gesto tierno. Un gesto que me hizo sonreír como una idiota. El corazón me empieza a latir demasiado rápido. Demasiado fuerte.
—No... —murmuro.
Mateo cierra los ojos un instante. —Lo siento muchísimo.
—¿Qué comprobaste?
Tarda unos segundos más en responder. Y cuando lo hace, siento que el mundo entero cambia ligeramente de forma. Como si alguien hubiera movido todos los muebles de sitio y ya nada estuviera donde debería.
—No somos noventa y cuatro por ciento compatibles.
Apenas puedo respirar. Mateo me mira directamente.
—Somos cien por cien.
El silencio es absoluto. Durante un segundo pienso que esto no tiene sentido. Que debe de estar exagerando, o delirando, o jugando con algún tipo de teoría absurda. Pero Mateo no parece un hombre delirando. Parece un hombre aterrorizado. Y eso es lo que me hiela.
—Eso no existe —susurro.
—Sí existe.
—El Sistema nunca ha hablado de compatibilidades del cien por cien.
—Precisamente.
Empiezo a notar frío en las manos. Un frío que no tiene nada que ver con la temperatura.
—Mateo… ¿qué significa eso?
Baja la mirada un instante antes de responder. Y esa pequeña pausa me asusta más que cualquier cosa que haya dicho hasta ahora. Porque Mateo no duda. Mateo nunca duda. Y ahora mismo está dudando.
—Significa que si alguien descubre lo que eres… no volverás a tener una vida normal.
Un vacío brutal en el estómago. De esos que te dejan sin aire.
—¿Qué se supone que significa "lo que soy"?
Vuelve a mirar alrededor. Otra vez. Como si incluso aquí, en esta calle tranquila donde no hay nadie, tuviera miedo de que alguien pudiera escucharlo. Cuando habla de nuevo, su voz es apenas un murmullo.
—El Sistema lleva años buscando parejas cien por cien compatibles. No solo por las superbacterias.
No consigo apartar la mirada de él. No quiero. No puedo. —Entonces ¿por qué?
Mateo traga saliva despacio. —Porque sus hijos son diferentes.
Un escalofrío me recorre lentamente la espalda.
El ruido de la ciudad sigue allí. Coches.
Voces lejanas. Una bicicleta pasando al final de la calle.
Y aun así, todo parece extrañamente distante.
Como si el mundo se hubiera desplazado unos centímetros fuera de lugar y yo todavía no me hubiera recolocado.
—¿Diferentes cómo? —pregunto al fin.
Tarda unos segundos en responder. Parece estar escogiendo cuidadosamente cada palabra. Midiéndolas. Pesándolas. Como si una sola palabra equivocada pudiera hacer estallar algo.
—Hace años empezaron a aparecer casos aislados. Hijos de parejas extremadamente compatibles. Noventa y nueve coma algo. Compatibilidades casi imposibles.
Sigo mirándolo sin entender del todo hacia dónde va esto. Pero una parte de mí ya está llegando antes que el resto. Y no le gusta nada lo que encuentra.
—Y descubrieron algo raro en ellos.
—¿Qué clase de "algo raro"?
Mateo se pasa una mano por el pelo despacio. Está nervioso. Jamás lo había visto nervioso. Y eso, precisamente eso, es lo que me confirma que todo esto es real.
—Sus células se regeneraban más rápido. Resistián infecciones imposibles. Algunas enfermedades directamente no les afectaban.
Frunzo el ceño. —Eso podría ser simplemente evolución genética.
Mateo suelta una pequeña risa seca. Una risa que no tiene gracia. Una risa que dice "ojalá".
—Eso pensaron al principio. Pero después aparecieron los primeros hijos de parejas cien por cien compatibles.
—¿Cuántas parejas cien por cien existen? —pregunto en voz baja.
Mateo niega despacio con la cabeza. —Muy pocas. Poquísimas. El Sistema las detecta antes incluso de hacer públicas las asignaciones.
—Entonces… ¿por qué nosotros aparecimos?
Por primera vez desde que ha empezado esta conversación, Mateo parece realmente incómodo. Casi culpable. Y ese "casi" es lo que me hace sospechar.
—Porque yo alteré el resultado.
Parpadeo unos segundos. —¿Qué?
—Bajé artificialmente nuestro porcentaje.
La frase tarda unos segundos en asentarse en mi cabeza. Como si mi cerebro la hubiera recibido pero todavía estuviera desempaquetándola. Alteró. Artificialmente. Nuestro. Porcentaje.
—Espera… ¿qué demonios significa eso?
—Significa que oficialmente aparecemos como noventa y cuatro por ciento. Alta compatibilidad. Normal. Nada sospechoso.
—¿Y por qué harías eso?
Me mira directamente. —Porque cuando el Sistema encuentra un cien por cien… desaparecen.
Un vacío inmediato en el pecho. Otro más. Ya voy perdiendo la cuenta. —¿Desaparecen cómo?
Mateo traga saliva despacio. —Programas especiales. Reubicaciones. Protección estatal. Ese tipo de lenguaje elegante.
—¿Y la realidad?
Aparta la mirada un instante. Y eso basta. Porque entiendo inmediatamente que la realidad es muchísimo peor que el lenguaje elegante. Muchísimo peor que "protección estatal". Muchísimo peor que todo lo que me ha dicho hasta ahora.
—Los estudian —murmura—. A ellos y a sus hijos.