4. Silencio estadístico
La vuelta a casa es tranquila. Demasiado tranquila para todo lo que acaba de pasar.
Mateo me acompaña hasta el portal caminando despacio, con esa calma casi irritante que sigue intacta incluso después de horas besándome como si el mundo fuera a acabarse al amanecer.
Y lo peor es que sigue siendo encantador.
Absolutamente encantador. ¿No puede tener un fallo? ¿Uno solo? ¿Algo sencillo?
En algún momento del trayecto llego a la conclusión incómoda de que habría sido más fácil si tuviera un defecto evidente.
Una risa horrible. Ego descontrolado. Una obsesión extraña con clasificar especias por orden alfabético.
Cualquier cosa. Pero no. Mateo sigue siendo atractivo, divertido, atento y peligrosamente fácil de querer. Esto no puede ser sano.
—Estás muy callada —dice mientras esperamos a que el semáforo cambie.
—Estoy procesando decisiones cuestionables.
—Ah, bien. Yo llevo haciendo eso desde que te invité al tiramisú.
Sonrío mirando al frente. Todavía siento el cuerpo extraño. Más sensible. Más consciente de él de lo normal. Como si algo hubiera cambiado silenciosamente durante la noche y todavía no sepa exactamente qué.
Cuando llegamos al edificio, Mateo se apoya ligeramente contra la pared del portal y me observa unos segundos sin hablar. Esa mirada vuelve a desordenarme el corazón de inmediato. Genial. Ya estamos otra vez.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Eso claramente significa que sí hay algo.
Sonríe apenas.
—Solo estaba pensando que esto ha ido muy rápido.
Se me forma un pequeño nudo en el estómago. Porque yo estoy pensando exactamente lo mismo. Y precisamente por eso necesito escuchar cómo lo dice él.
—¿Y eso te preocupa?
Tarda un segundo en responder.
—Un poco.
La sinceridad me sorprende. No porque sea negativa. Al contrario. Porque habría sido mucho más fácil si él hubiera actuado como alguien completamente seguro. Pero parece tan afectado como yo. Y eso hace que todo resulte todavía más real. Más peligroso. Más inevitable.
—A mí también —admito.
Mateo baja la vista unos instantes antes de volver a mirarme.
—Supongo que eso es mejor señal que si uno de los dos estuviera completamente indiferente.
—Sería una cita bastante deprimente.
—Exacto.
Suelto una risita. Y entonces él vuelve a besarme. Más despacio. Más suave. Como si ninguno de los dos quisiera romper todavía esa sensación cálida y peligrosa que se ha instalado entre nosotros desde el puerto.
Cuando por fin entro en casa, Clara sigue despierta en el sofá. Tiene una manta sobre las piernas y expresión de persona que lleva horas esperando información. Horas.
—Oh, Dios mío —dice inmediatamente al verme—. Tienes la cara exacta de alguien que ha tomado malas decisiones increíbles.
Dejo el bolso sobre la mesa intentando mantener algo de dignidad.
—No quiero hablar de ello.
—Eso significa que quiero hablar de ello todavía más.
Me rindo y me dejo caer junto a ella, riéndome. Y por primera vez en muchísimo tiempo, me siento feliz de una forma absurdamente simple. Sin ansiedad. Sin dudas reales. Solo feliz. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí así?
—Vale —dice Clara despacio—. Esa sonrisa ya da miedo.
Me tapo la cara con las dos manos. —Creo que me gusta muchísimo.
Clara se queda completamente quieta.
—Ah.
—¿Qué "ah"?
—Ese "ah" de "esto ya no es divertido, ahora hay sentimientos reales".
Suelto una risa cansada contra el cojín. —Odio que siempre tengas razón.
—No siempre. Solo en absolutamente todo.
Los dos días siguientes son extrañamente perfectos. Mateo me manda mensajes constantemente. Pequeñas bromas. Fotos absurdas. Comentarios irónicos sobre el Sistema. Conversaciones que empiezan hablando de cualquier tontería y terminan una hora después sin que yo entienda cómo ha pasado tanto tiempo.
Y otra vez aparece esa sensación incómoda: todo está funcionando demasiado bien. El Sistema debe de estar celebrándolo. Compatibilidad alta. Conexión rápida. Atracción física inmediata. Estabilidad emocional compartida. Exactamente lo que quieren. Somos su maldito anuncio.
Clara ya me mira con la paciencia resignada de alguien que observa cómo otra persona cae voluntariamente por un precipicio romántico.
—No puedes sonreírle al móvil así delante de mí —dice una noche mientras cenamos—. Me hace sentir profundamente soltera.
—Tú dejaste a Iván.
—Porque masticaba como si estuviera luchando contra la comida.
Me río mientras desbloqueo la pantalla otra vez. Mensaje de Mateo. Otra vez. Y ese es el problema: ya espero sus mensajes. Los espero demasiado.
Luego llega el silencio. El primer día ni siquiera le doy importancia. La gente trabaja. Tiene vida. Reuniones. Cosas normales. Además, Mateo no parece el tipo de hombre pegado constantemente a una pantalla. Todo perfectamente razonable.
El problema empieza cuando me descubro mirando el chat cada diez minutos.
Y después cada cinco. Y luego fingiendo que no estoy esperando nada.
A medianoche sigo sin mensajes. Dejo el móvil sobre la mesita intentando ignorar la sensación incómoda que me crece en el pecho.
Ridículo. Solo ha pasado un día. Eso no significa nada.
Pero al día siguiente tampoco escribe. Ni el siguiente. Y poco a poco, la tranquilidad se transforma en otra cosa. Algo más feo. Más inseguro. Algo que me niego a ponerle nombre pero que ya conozco. ¿Dónde estás, Mateo?
Porque cuanto más silencio hay, más insoportable se vuelve recordar lo bien que ha ido todo. Las risas. Los besos. La habitación del hotel. La manera en que me miró aquella noche como si realmente estuviera sintiendo lo mismo que yo. Todo parecía real. Entonces, ¿por qué demonios ha desaparecido?
El tercer día, Clara me encuentra en el sofá, mirando el chat vacío otra vez.
—Vale —dice, dejando la taza sobre la mesa con una lentitud que ya reconozco—. ¿Qué ha pasado?
Aparto la pantalla inmediatamente. Como si no estuviera haciendo nada. Como si no llevara tres días haciendo exactamente lo mismo.
—Nada.
—Elena.
Suspiro. —No me escribe.
Clara frunce ligeramente el ceño. —¿Desde cuándo?
—Tres días.
—Ah.
Y odio ese "ah". Lo odio profundamente. Porque suena exactamente igual que el mío cuando algo empieza a ir mal.
Ese "ah" que no es sorpresa. Es confirmación.
Es "ya me lo temía". Es "bienvenida al club de las que se ilusionaron demasiado rápido".
No digo nada. Pero por dentro, la sensación fea ya tiene nombre. Y el nombre me da rabia admitirlo.