3. Compatibilidad alta #4
—No voy a parar —dice, y acelera aún más. Cada embestida más profunda, más dura—. Quiero sentirte. Quiero sentir cómo te corres alrededor de mí.
Eso es suficiente. El orgasmo me golpea como una ola.
La espalda se me arquea, un grito largo y tembloroso se me escapa de los labios, el cuerpo se me tensa alrededor de él.
Mateo me sigue casi inmediatamente, entierra el rostro en mi cuello y se derrama dentro de mí con un gruñido ronco y profundo que me vibra contra la piel.
Durante largos segundos solo existe el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas. El olor a sexo y sudor. Su peso sobre mí, que no quiero que desaparezca.
Mateo se deja caer a mi lado sin soltarme y me atrae hacia su pecho. Apoyo la mejilla contra su piel sudada. Su corazón me late contra la oreja, todavía desbocado. El mío también.
—¿Sabes qué? —dice al fin, cuando recupera el aliento.
—¿Qué? —pregunto con una sonrisa cansada pero perfectamente satisfecha.
—Tenía razón.
—¿Sobre qué? —repito, arqueando una ceja.
—Que la realidad iba a superar cualquier fantasía. —Me mira a los ojos y hay algo en su mirada que va más allá del deseo—. Pero creo que me he quedado con ganas de más.
—¿Ya?
—Nunca me cansaría contigo.
Y antes de que pueda responder, rueda sobre mí otra vez, colocándose entre mis piernas.
Esta vez no hay prisas. Me besa despacio, saboreando cada rincón de mi boca.
Sus manos recorren mi cuerpo con una paciencia que contrasta con la urgencia de antes.
Baja por mi cuello, mordisquea suavemente la clavícula.
Sigue hacia abajo. Sus labios dejan un rastro húmedo sobre mis pechos, mi estómago, hasta llegar al vientre.
Y yo, que hace un rato no podía ni respirar, ya estoy lista para la segunda ronda. Qué peligro.
—¿Qué haces? —pregunto, la voz entrecortada.
—Voy a devolverte el favor —murmura contra mi piel.
Y cuando su boca encuentra el lugar exacto donde más lo necesito, suelto un gemido que resuena en toda la habitación. No me importa. Mateo me devora. No hay otra palabra.
Su lengua es paciente al principio. Casi como si estuviera aprendiendo.
Traza círculos lentos alrededor de donde soy más sensible, y cada pausa, cada retirada breve, me deja con la respiración cortada y las caderas levantándose solas hacia su boca.
Es un juego. Él lo sabe y yo lo sé. Pero no puedo evitar apretarle el hombro cuando su lengua se vuelve más firme, más precisa, y empieza a presionar justo donde el placer se convierte en algo casi insoportable.
Siento su respiración caliente mezclada con la humedad de su boca, y eso solo hace que todo sea más intenso.
Sus manos están en mis muslos, abriéndome más, manteniéndome quieta cuando mi cuerpo ya no obedece a nada.
Me muevo contra su cara sin vergüenza, buscando más, buscando todo, con los dedos enredados en su pelo y tirando de él como si pudiera controlar el ritmo. Pero no puedo. Él marca el ritmo.
Su lengua encuentra cada punto sensible, cada pliegue, cada lugar que hace que me retuerza y le tire del pelo sin control.
Cuando estoy al borde, cuando mi cuerpo tiembla y mis dedos se aferran a las sábanas como si fueran lo único que me sujeta a la tierra, él se detiene.
Justo en el momento exacto. Justo cuando estaba a punto de romperme en mil pedazos y gritar su nombre contra el techo. El muy ...
—No —protesto. Estoy casi llorando de frustración. Casi.
—Todavía no —corrige, subiendo despacio por mi cuerpo hasta quedar cara a cara—. Esta vez quiero verte. Quiero ver tu cara cuando te corras.
Y entonces entra en mí de nuevo. Más lento que antes. Más profundo. Cada movimiento es deliberado, casi cruel en su precisión. Me mira fijamente a los ojos mientras se mueve dentro de mí y yo me deshago bajo esa mirada. No puedo esconderme. No quiero.
—Eres increíble —murmura, inclinándose para besarme—. Joder, Elena, eres increíble.
No puedo responder. Solo aferrarme a él. Sentirlo moverse dentro de mí. Y cuando el orgasmo llega esta vez, es distinto. Más lento. Más profundo. Una ola que me arrastra sin prisa pero con una intensidad que me deja sin aliento, sin palabras, sin nada que no sea él.
Mateo me sigue poco después. Se derrama dentro de mí con un gemido que entierra en mi cuello.
Cuando terminamos, quedamos enredados el uno en el otro. Respiración entrecortada. Me besa el hombro, la nuca. Sus manos siguen recorriendo mi cuerpo como si no pudieran dejar de tocarme. Y a mí me parece bien. Me parece perfecto.
—¿Sabes qué más? —dice al fin, la voz apenas un susurro.
—¿Qué?
—Que quiero repetir mañana. Y pasado. Y todos los días.
Sonrío. Acomodo la cara contra su pecho. —Me parece un plan maravilloso.
Me quedo completamente quieta. Él empieza a sonreír despacio. Afuera, la noche sigue su curso, pero dentro de esta habitación, el tiempo se ha detenido.
Y yo, Elena, la que iba a seguir el proceso, la que iba a actuar con lógica, la que iba a conocer a todos los candidatos, acabo de darme cuenta de algo: ya no quiero conocer a nadie más.