Las 5 opciones 3. Compatibilidad alta #3
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3. Compatibilidad alta #3

No puedo pensar. Solo sentir. Sus manos me recorren con una seguridad que delata experiencia, pero también con una atención a mis reacciones que hace que cada caricia vaya exactamente donde más la necesito. Cuando sus dedos encuentran el borde de mis vaqueros, se detiene.

—¿Quieres seguir? —me mira a los ojos al preguntarlo.

Mi respuesta es desabrocharme los pantalones yo misma. Mateo sonríe. Y esa sonrisa es todo el permiso que necesito.

En segundos, mis vaqueros caen al suelo con un ruido sordo. Me quedo frente a él en braguitas negras, sintiendo su mirada recorrerme de arriba abajo como si estuviera saboreando cada centímetro. Y me gusta. Me gusta demasiado.

—Quítate eso tú también —digo, señalando su camisa con un gesto—. Quiero ver si el resto está a la altura de lo que promete.

Mateo suelta una risa baja y oscura mientras se desabrocha los últimos botones con una lentitud exasperante. La camisa se desliza por sus hombros y cae al suelo. Y lo que queda al descubierto es todo músculo definido, piel morena y ese surco profundo entre los abdominales que me hace tragar saliva.

Vale. El resto está a la altura. Maldita sea.

—¿A la altura? —repite, y se lleva una mano al pecho, deslizándola hacia abajo con una parsimonia que me pone de los nervios—. Dime tú misma.

Acepto el desafío. Doy un paso adelante y apoyo las manos sobre su torso.

Piel caliente. Músculos duros bajo los dedos.

Recorro despacio la línea de vello que desaparece bajo el borde de sus pantalones y, cuando rozo la protuberancia evidente bajo la tela, él inhala bruscamente.

Ese sonido. Ese maldito sonido. Quiero oírlo otra vez.

Me arrodillo frente a él sin apartar la mirada.

El gesto lo pilla por sorpresa y me encanta.

Sus ojos se oscurecen mientras desabrocho el cinturón, despacio.

El botón. La cremallera. Cuando mis dedos se enroscan alrededor de su miembro a través del bóxer, deja escapar un gemido que apenas puede contener.

—Elena…

—¿Demasiado? —pregunto con una sonrisa inocente que no engaña a nadie.

—Para nada.

Bajo el bóxer despacio y su erección queda al descubierto. Grande. Dura. Perfectamente proporcionada. Un calor inmediato se me instala entre las piernas. No pierdo el tiempo. Me inclino y paso la lengua lentamente por la punta, saboreando esa pequeña gota que ya ha empezado a formarse.

Mateo deja caer la cabeza hacia atrás. Su mano va instintivamente a mi pelo. Lo tomo en la boca, primero solo la punta, luego más, acostumbrándome a su tamaño, a su sabor, al sonido de sus gemidos cada vez más entrecortados. Y ese sonido es lo mejor que he oído en toda la noche.

—Joder, Elena —murmura, la voz rota—. Así, sí, no pares…

Acelero el ritmo. Una mano en la base, la boca moviéndose arriba y abajo. Encuentro un ritmo que hace que sus piernas tiemblen ligeramente y pienso: esto es poder. Esto es tener a un hombre completamente entregado y saberlo.

Cuando noto que está cerca, me detengo justo en el borde. Me aparto despacio, con una sonrisa.

—Todavía no —digo, limpiándome el labio con el dorso de la mano—. Quiero sentirte dentro de mí.

Me levanta del suelo como si no pesara nada. Suelto un grito ahogado que se convierte en risa, pero me calla depositándome sobre la cama. Se incorpora sobre mí, su cuerpo cubriendo el mío, y me besa profundo mientras una mano viaja hacia abajo, deslizándose bajo el elástico de mis braguitas.

—Estás mojada —murmura contra mis labios. Sus dedos me encuentran, me acarician con una precisión que me hace arquearme entera.

—Obviamente —respondo, mordiéndome el labio—. No me hagas esperar más.

Sonríe. Esa sonrisa peligrosa que ya empiezo a conocer. Se coloca entre mis piernas y siento su peso sobre mí, su piel ardiente contra la mía. Todo mi cuerpo se tensa anticipando lo que viene.

—¿Segura? —pregunta. Ya está alineado, la punta rozándome apenas, provocándome.

—Más que segura —engancho una pierna alrededor de su cintura y tiro de él hacia mí—. Deja de hablar.

Entra despacio al principio. Solo la punta. Se desliza con una facilidad que deja claro lo mojada que estoy, lo mucho que lo he estado deseando. Gimo, aprieto los ojos, lo siento llenarme centímetro a centímetro.

—Mírame —pide, con voz ronca.

Abro los ojos. Sus manos están a cada lado de mi cabeza, los músculos de sus brazos tensos mientras se sostiene sobre mí. Me mira y hay algo ahí que va más allá del deseo. Una conexión que me desarma. Que me deja sin defensas.

Entonces se mueve. La primera embestida es profunda, completa.

Se me escapa un gemido que no puedo contener.

Mateo encuentra un ritmo inmediato, lento al principio, cada movimiento calculado para rozar exactamente donde más lo necesito.

Sus caderas chocan contra las mías con un ritmo húmedo y perfecto que llena la habitación entera.

—Así —jadeo, clavándole las uñas en la espalda—. No pares, no pares...

—No pienso hacerlo —responde, y acelera.

La cama empieza a crujir bajo nosotros. Cada embestida me empuja más arriba en el colchón y él me sujeta por las caderas, tirando de mí hacia abajo para encontrarse con cada movimiento.

La posición le permite entrar aún más hondo y yo pierdo la noción del tiempo, del espacio, de todo lo que no sea él dentro de mí.

—Más fuerte —le pido, casi sin aliento.

Mateo obedece. Me agarra las caderas con más fuerza, marcándome la piel, y empieza a embestirme con una intensidad que convierte mis gemidos en gritos ahogados.

El sudor le brilla en el pecho, en la frente.

Cada músculo de su cuerpo se tensa con el esfuerzo de mantener el ritmo y yo solo puedo mirarlo, sentirlo, dejarme hacer.

—Elena —jadea, inclinándose para besarme—. Me estás volviendo loco.

No puedo responder. Solo sentir. Siento cómo me acerco al borde, cómo la presión crece dentro de mí con cada embestida. Mateo lo nota porque cambia ligeramente el ángulo, buscando ese punto exacto. Ese maldito punto que me va a deshacer.

—¿Ahí? —pregunta, viendo cómo se me desenfocan los ojos.

—Sí, ahí, no pares, Mateo, por favor...